Colaboradores

Nadie puede imaginarse un club donde, a espaldas de la directiva, el director general convoque una reunión para el grupo más ultra con el director deportivo, secretario técnico, ¡entrenador!, director financiero y un directivo que se va pero se queda porque le promete la presidencia.

Estamos perdiendo la costumbre de discutir, de intercambiar opiniones y escuchar al otro sin más intención que pasar un rato escuchando lo que tiene que decir. Estamos perdiendo el efecto bar. Y no me refiero ya a las tertulias del Café Gijón o el Café Comercial, sino más a las de Hemingway en el Iruña o en el Torino.

Contarán las crónicas que, corriendo el año del señor de 2018, azotada Pamplona por todos los males del nacionalismo vasco, el alcalde y obispo de esa euskocreencia de bandera inglesa pero con colores horteras, Asirón I de la mala rima, encontró un semicírculo de lienzo de los cimientos de un castillo en la plaza ídem y se puso estupendo.

Todo mal gobernante trata de controlar a los medios de comunicación. Premiar a las cabeceras de los amiguetes y castigar a los críticos. Asirón no iba a ser menos.

Si para ser político hace falta tener un cinismo bastante elevado, para ser un político del nacionalismo vasco lo de ser un cínico en grado superlativo es indispensable. Un político nacionalista vasco tiene unos niveles de cinismo tan potentes que podría poner él solo otro Tesla en órbita.

Sí, en plural, ya que hay tantos como realidades y  no me refiero a idiomas, no, sino al que ayuda a construir la realidad que nos interesa, y esto se hace en cualquier idioma, no nos engañemos.