Blog / Capital de tercer orden

¿Qué hacemos si ofenden a Navarra?

Por Eduardo Laporte 02 febrero, 2021 - 9:06

La indiferencia es elegante, cómoda, incluso, pero revela también cierta pusilanimidad identitaria. Ignacio Peyró suelta unos cuantos dardos antinavarros y no sé si ponerme en plan ofendidito foral o darle la razón.

Un arcoiris hace su aparición este lunes sobre la céntrica Plaza del Castillo de Pamplona en una jornada en la que el cielo estará cubierto con lluvias y chubascos en la capital navarra y la cota de nieve subirá a entre 1.000-1.200 metros. EFE/Villar López
Un arcoiris sobre la céntrica Plaza del Castillo de Pamplona. EFE/Villar López

Nada más navarro que meterse con Navarra. Que se lo digan a Javier Ancín. Pero, ay, cuando lo hace otro, alguien «de fuera». Entonces se abre la caja de los agravios, las ofensas y el navarro, hasta entonces con una identidad discreta a cuestas, defenderá cual Sancho el Fuerte ante el tenderete del mismísimo Muhammad An-Nasir, alias Miramalolín, su navarridad herida.

Colijo entonces que pocos navarros habrán leído los estupendos diarios de Ignacio Peyró, ‘Ya sentarás cabeza’ (Libros del Asteroide), en los que demuestra su desapego para con nuestra patria chica, en unas páginas que a más de uno sentarán a alcachofa quemada. Pero, cá, para eso están los diarios, para no casarse con nadie, para soltar nuestra bilis, nuestras caprichosas subjetividades, nuestras filias y fobias. Peyró, anyway, no puede evitar cierta fobia para con Pamplona, para con Navarra, y a las claras lo dice. Lo peor, y aquí me saldría de la clásica reacción a la defensiva, es que en algunos puntos estaríamos de acuerdo.

Primero, cuando al referirse a un navarro amigo suyo, le adjudica un sambenito que nos afectaría a todos: «La castración sentimental propia de los forales». No entendí bien a qué se refería, si a sí somos duros de amar, de dar amor, o si nuestra identidad, compleja, diversa, nos lleva a una cierta nebulosa identitaria, que diría Gómez de la Serna. En cualquier caso, algo raricos somos.

Peyró ha estado apenas dos veces en Pamplona, pero se le atraviesa. En la peli La boda de Rosa, acuden unos invitados. «Los de Pamplona». Quizá respondan a ese perfil de castrados sentimentales. Ceño fruncido a lo Pablo Antoñana, afición censora, historial de sonrisas breve. Obviamente, censuran esa boda, la de Rosa con la propia Rosa, y se vuelven indignados por donde han venido. ¿Somos así «los de Pamplona»?

LAS DOS NAVARRAS DE PEYRÓ

Es interesante, en cualquier caso, conocer las sensaciones que desprende Foralia allende nuestros límites. El decepcionado escritor madrileño se mete con el parque Yamaguchi, ciudad japonesa do llegara nuestro santo más universal un 15 de agosto de 1549, demostrando que el «id por todo el mundo» era más que un mantra de boquilla. Considero que don Ignacio Peyró debería replantearse otra visita a nuestro más exótico parque, que no se llama «Nagamichi». Puede volver por tierra, mar o aire, aunque el aeropuerto, «del tamaño de la estación de autobuses de Navalmoral de la Mata», tampoco sea de su agrado, dentro de su colección de «desencuentros navarrrensis». Todo sea por suavizar esos desaires.

Y eso que el autor de este tomazo diarístico no tiene ningún problema con los pamploneses (don Ignacio, los «pamplonicas» son los corredores del encierro, como dejó bien fijado en la memoria colectiva el clásico logotipo de la marca de chorizos homónima»). El problema, digamos, es que se quedó con las dos navarras y sus conspicuos representantes, y así es lógico salir echando pestes —yo mismo lo hice en su día—, de nuestra gloriosa ciudad. No tiene precio, en cualquier caso, la sociología irroñesa que lleva a cabo Peyró en sus diarios (página 307), con cuatro tipos de pamploneses, que a continuación reproducimos, amparándonos en el derecho a cita:

a) El filobatasuno

Acierta Peyró cuando lo tilda como ese ser de indumentaria marca Quechua, que parece venir de recoger setas o quemar autobuses. Cáustico, pero certero.

b) lo que podríamos llamar «clase media»

Se refiere aquí el autor a ese votante del PNV, en sus hídricas formaciones, «que va en chándal y sonríe mucho y dice pues». Su vida sentimental es como la de un bovino, remacha, no sin atinar. Son los Satur Goñis, esto es ya mío, que madrugan los domingos para ir a Ogipan y lanzarse al campo en cuanto tengan ocasión, bocata de tortilla de chistorra requemada en ristre. Sonríen mucho pero su vinagre interior puede resultar peligroso. Ojo. Ambos son miembros por derecho del clan de los aberchándales, como acuñó el ya citado Ancín.

c) Niñas emperifolladas, algo rubitas, vestidas siempre de un modo católico asfixiante.

Aquí daríamos el salto polarizante a la otra Navarra, la del como Dios manda, con chicas que encontrarían amistad con las internas andaluzas y aperladas de los goimendis y santaclaras de la UN. No le gustan tampoco a Peyró, y en eso también hay que darle la razón, manque nos pese, por aquello que tienen, o tenían, de «novias que no dejan acercarse». Son las jóvenes que respondían al acogedor nombre de Atiqueteimporta.

d) Sus equivalentes masculinos

Este punto me resultó curioso, en no siendo Ignacio Peyró un abanderado del hipsterismo más audaz recién llegado de Williamsburg, en un clasicismo estético del que pensé hacía gala. Porque se refiere a aquellos perfiles que ejercen «como profesores de derecho procesal o similar» y que gastan «mocasines burdeos, bien tapizados con jerséis de cuello de pico». Pero, don Ignacio, ¿acaso aloja en su interior a un Mario Vaquerizo que aún no ha sido presentado en sociedad?

Yo puedo entender los desencuentros navarrensis de Ignacio Peyró en su ‘Ya sentarás cabeza’, libro que se lee con gran deleite, por otra parte. Los entiendo, aunque no tanto como para aceptar que no pasaría nada «si en vez de Pamplona, tuviéramos allí en medio un cráter». Pero se comprende, ya digo, por no haber tocado el tuétano de un universo, con sus luces y sombras, como el propio coso taurino durante la feria de San Fermín (invitado queda), pero, sobre todo, por haber limitado la fauna foral a esa dicotomía, la de las dos navarras, que algunos tratamos humildemente de superar. Digamos que Peyró ejerció más de turista que de viajero en su breve visita a la capital del viejo Reyno, pero también que las dos navarras llaman demasiado la atención.

Cuento con usted para el acto inaugural de la plataforma cívica y foral La Tercera Navarra, que se celebrará, dónde si no, en Pamplona. Comeremos en Rodero. Invita Navarra, la tercera, generoso patrocinador, esperemos, mediante. Amaremos el cardo, la borraja, y también «al que los guisa».

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