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La tercera Navarra

Por Eduardo Laporte 22 septiembre, 2020 - 9:26

La Navarra actual está agotada o dirigida hacia callejones sin salida política. Es hora de crear un espacio que aglutine a los desencantados.

La presidenta en funciones Uxue Barkos y la socialista María Chivite formalizan el traspaso de poderes del Gobierno de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
La presidenta en funciones Uxue Barkos y la socialista María Chivite formalizan el traspaso de poderes del Gobierno de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

Si uno busca “tercera Navarra” en internet, sólo encontrará partidos de fútbol de tercera regional. Me extraña que ningún plumilla, ensayista, cronista oficial de la villa o eruditillo cejijunto no haya jugueteado más con el concepto. Quizá sea preciso una búsqueda más afinada, pero si pones “las dos Navarras” sí encuentras al menos un artículo, de 2015, de la prensa nacional, de cuando el submarino del PNV, Geroa Bai, se hizo con el Gobierno foral y Bildu con el Ayuntamiento pamplonés.

Para mí que se habla poco también de esas dos navarras que se remontan a la noche de los tiempos, a saber, carlistas y liberales ensayando durante el siglo XIX el hermanicidio que vendría décadas después. En la peli ‘Handía’, de 2017, abordan el tema, el de la última guerra carlista (1872-1876), tan poco explotado cinematográficamente como trillado el de la (última) Guerra Civil. No la he visto.

La idea de la ‘tercera España’ sí ha generado ríos de tinta. Hay quien sostiene que fue Salvador de Madariaga quien la acuñó en su libro ‘Spain’ (1955), al referirse a un tercer Francisco (Giner de los Ríos) por el que abogarían aquellos partidarios de una España no regida por otros dos franciscos (Franco y Largo Caballero). No obstante, la idea estaba presente en tipos como Azaña o Chaves Nogales que, en su famoso prólogo de ‘A sangre y fuego’, ya avisa de que no aplaudirá a ninguno de los dos dictadores que salgan del combate. «¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. (…) Sea quien fuera será un traidor a la causa que hoy defiende». Habla ya en 1937, en un suburbio de París, como parte de esa tercera España efectiva y como miembro del grupo que se ha «apartado con miedo y asco de la lucha». Recluido en Montrouge, tocando el borde París, retoma poco a poco su trabajo («hombre de un solo oficio»), pero teme convertirse en un triste «desarraigado» y, aunque considere una afrenta ser español en esos momentos, se esfuerza en mantener una «ciudadanía española puramente espiritual, de la que blancos ni rojos pueden desposeerme».

Todo esto para decir que uno empezaría a estar hasta la coronilla de las dos navarras, de esos enconos empecinados cada vez más acerados que requerirían la aparición de un nuevo Carlos III, el Noble, que viniera a poner orden entre el habitual lanzamiento de rabiosas de todo tipo. Quedan tres años para la celebración del sexto centenario de la firma del Privilegio de la Unión. Tiempo más que prudencial para perfilar la idea de la tercera Navarra.

Porque la Navarra que confiaba en esa comunidad de cuentas eternamente saneadas y un nivel de vida que ni Suiza, con un paro residual y una Sanidad ejemplar que era la envidia de España y parte del extranjero ya no existe. Sea por la actual gestión chiviteril o por las razones que usted prefiera, Navarra se está demostrando desastrosa a la hora de plantar cara a la pandemia, por lo que serían razones más políticas que estrictamente sanitarias. Los datos indican que Foralia es la segunda región de la Unión Europea con más contagios, sólo por detrás de Madrid (503 afectados por cada 100K habitantes en la semana 37). Todo esto en un contexto en que la Sanidad foral no es lo que era, con hasta 180 días de espera para algunas intervenciones.

Mientras, el PNV que se presenta en Pamplona a cara descubierta para «seguir siendo la voz» de Navarra en Madrid, a pesar de no contar con diputados navarros en el Congreso. Forma parte de la hoja de ruta del nacionalismo vasco y su estrategia, con su relato, sus objetivos y el euskera como ariete político más que como riqueza lingüística y cultural, dentro de ese proyecto de vasquismo de «cartón piedra», que diría JC Baroja, que no obstante les da votos. A su vez, el navarrismo de viejo cuño pierde votos, lectores, presencia, desdibujado en una idea monolítica, más negadora que propositiva, de ser navarro que dudo tenga mucho predicamento entre los jóvenes. Entre los que se quedan, claro.  

Este verano me decía un amigo madrileño, instalado los veranos en Vera de Bidasoa, que para ellos, desde la ribera del Bidasoa, Pamplona se antojaba tan lejana como Soria. Insistía en que en ese punto del mapa la gente mira a Irún, a San Sebastián, donde tienen el médico de cabecera por diversos convenios, y que son de la Real, no de Osasuna. En Bera, el voto es claramente nacionalista (vasco), como demuestra el apabullante 72,6% de los votos que se llevaron GBai y EH Bildu en ese municipio en las autonómicas de 2019. Cosa en parte comprensible en cuanto que una de las dos navarras no ha sabido entender las sensibilidades y complejidades de esa parte de la comunidad.

A veces siento que Navarra no existe puesto que no hay un único paisaje que haga país, sino  varios, demasiados, generando una cohesión mental, senti-mental, imposible. Navarra como Bélgica. Luego pienso que las ideas están por encima de paisajes y que esa comunión espiritual, que diría Chaves Nogales, superaría a la cultura pegada a un terruño.

Llego al final del artículo sin adelantar apenas pinceladas sobre esa tercera Navarra. El lector atento, «penetrado», que se dice en Miranda, habrá intuido por dónde irían unas líneas generales que quizá desglosemos más adelante. Una Navarra, en cualquier caso, más preocupada en qué ser y no tanto en qué fuimos o qué quieren que seamos.

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