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Muera Halloween y que vivan los muertos

Por Carlos Marañón 31 octubre, 2017 - 7:25

Este martes celebraremos Halloween, ese rito pagano que según tradición arraiga en los Celtas y que significa el final del verano.

El cementerio de Pamplona, durante la celebración de Todos los Santos en 2016. IÑIGO ALZUGARAY
El cementerio de Pamplona, durante la celebración de Todos los Santos en 2016. IÑIGO ALZUGARAY

Una creencia que se basaba en pensar que la línea entre la oscuridad y la luz se estrechaba lo suficiente para poder pasar los espíritus de un lado al otro.

Las ancestrales tradiciones de los Celtas buscaban, mediante fiestas y rituales, invitar a los espíritus benévolos a quedarse y espantar a los malignos, como en muchos carnavales rurales de nuestra querida Navarra.

Pero no es hasta 1921, cuando Halloween empieza a celebrarse en Norteamérica y a extenderse masivamente por todo el mundo en las últimas décadas. Una velocidad de contagio que no quisiera vivir para la próxima mutación de la gripe española.

Y, como buen virus, fagocita todo lo que encuentra, lo arrasa a su paso, lentamente, seguro de su poder, sin compasión ni caridad. Un virus que, en muchos casos, es alimentado voluntariamente por los propios enfermos.

Ir al cementerio a visitar las tumbas de nuestros familiares muertos, a adecentar sus enterramientos, a rezarles y tener un recuerdo de ellos, a soltar la lagrimica y besar con afecto el número del nicho de nuestro padre no vende.

No se puede comparar esta rancia tradición con la de ponerse un disfraz de enfermera sexy, fantasma, novia cadáver, vampiro o zombie y pedir caramelos al grito de ¿truco o trato?

¿Sabían ustedes que al ritmo de propagación de este “virus de Halloween” en pocos años se celebrará más que la Navidad?

Recapacitemos un poco, no renunciemos a Halloween pero, por favor, tampoco renuncien a bajar a los cementerios a honrar a sus muertos. Visiten el pueblo y encuéntrense con ese vecino que solo lo vemos de Todos los Santos a fiestas del pueblo.

Y disfruten vacunándose de Halloween con la gastronomía de Todos los Santos, con sus buñuelos, con sus huesos de santo, con sus pestiños, tomando castañas con aguardiente como en Málaga, con las hojuelas, con pastas de piñones o empiñonados, o con leche frita y otras delicias dulces de miles de ciudades, villas, pueblos y casas.

Recuerdo con cariño como, en mi casa, se guardaba celosamente algo de ropa para estrenar ese día para ir al cementerio e ir después a tomar unos vermús de bar en bar con toda la familia antes de ir a comer bien a algún restaurante, bien a casa.

Y terminar todos los vivos alrededor de una mesa con buenas viandas, excelentes postres y ricos vinos en donde intuías que la Navidad estaba cerca, en donde recordabas anécdotas de los muertos de la familia sin esperar interrupciones en el timbre de la puerta al grito de ¿truco o trato?

Ni truco, ni trato. Prefiero honrar a los muertos en el cementerio y gozar de un día familiar de los de coscada en el sillón después de una ovípara comida como manda la tradición.

¡Que vivan los muertos!

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