• domingo, 09 de mayo de 2021
  • Actualizado 19:36

 

 
 

REPORTAJE

En el corazón de una residencia navarra ‘0 Covid’, tras once meses de pandemia y dos vacunas: “Quiero salir corriendo”

La libertad ya se respira en este centro navarro, ocho días después de la inoculación de la segunda dosis de la vacuna frente a la Covid-19. Un equipo de Navarra.com acompañó a los residentes y trabajadores durante el proceso.

FERMÍN TORRANO | MIGUEL OSÉS

De izquierda a derecha: María Ángeles, Rosalía, María Jesús y Arantza. FERMÍN TORRANO
De izquierda a derecha: María Ángeles, Rosalía, María Jesús y Arantza. FERMÍN TORRANO

Son tantas semanas que hay que calcularlas en meses. Son tantos meses, que Rosalía tiene que contar con los dedos arrugados de las dos manos el tiempo que lleva encerrada en un edificio en el que ordena, manda y dirige las conversaciones que surgen a su alrededor. Nada se le escapa a esta veterana de la vida y del centro residencial Amavir Betelu, al que entró cinco años atrás.

Desde entonces, hace y deshace a su gusto. Conversa con las gerontólogas, juega a cartas y lee para entretenerse. Hasta marzo del año pasado, también bajaba al bar y a algún comercio del municipio “para tener vida social”, algo que no ha podido hacer en los últimos once meses aunque, parece, pronto cambiará.

El pasado viernes, ella y los otros 43 usuarios de esta residencia en el norte de la Comunidad Foral, que colinda con Guipúzcoa, recibieron la segunda dosis de la vacuna en una jornada que compartieron con Navarra.com. Ahora, una semana después, tienen la tranquilidad de ser inmunes al SARS-CoV-2.

Distancia de seguridad y orden. Tampoco el día de la vacunación bajan la guardia en Amavir Betelu. MIGUEL OSÉS

Poco después de recibir el pinchazo en el brazo izquierdo, María Jesús, María Ángeles, Rosalía y Arantza se sientan mientras esperan la hora de la comida en una mesa con los platos del revés. Los hombres escapan al ascensor nada más ver a los periodistas, mientras ellas cuchichean sobre el trabajo que llevan dando los varones desde que el Gobierno decretara el estado de alarma.

— Las mujeres aquí somos más obedientes. Ellos comen y quieren marcharse en seguida, son otro estilo. Mira, en cambio, esta es muy buena persona —dice Rosalía señalando a María Jesús, una mujer de 97 años de edad, que se sienta a su derecha—. Es una suerte lo guapa que está y lo bien que se le ve con la edad que tiene.

—Me lo voy a creer al final. A mí me pasa que no puedo asimilar los años que tengo —responde María Jesús dejando escapar una sonrisa coqueta.

—De la edad no nos acordamos porque no interesa. Si una empieza dale que dale con los años que tiene, pues no es bueno. Mira, esta de ahí… es un poquito más rebelde —susurra Rosalía señalando a la compañera de enfrente, aunque no evita que toda la sala le escuche—. No es mala, pero sí un poquito más movida.

Arantza se quita la mascarilla y clava los ojos en una Rosalía que acapara toda la atención en una mañana en la que también ha atendido a la redactora de una revista local.

—Lo dice ella porque hay que obedecerle —contesta Arantza.

“Bueno, bueno, bueno…”. Una de las cuidadoras trata de poner paz, para que no salten las chispas de una convivencia que se ha acotado mucho en el espacio –quizás demasiado—desde la irrupción de la pandemia.

Son más de 320 días relacionándose de manera casi exclusiva con los mismos compañeros y trabajadores. Compartiendo las mismas paredes y cristales que hacen al mismo tiempo de muro y ventana al exterior. Por fortuna, las nuevas tecnologías han permitido de manera diaria videollamadas con las familias, ‘momenticos’ de oxígeno entre noticias de contagios, fallecimientos y vacunas.

El contacto con el exterior, el bar, los recuerdos... Son 11 meses de encierro en el centro. MIGUEL OSÉS

Y todo parece indicar que ha funcionado. En Amavir Betelu, repiten con orgullo, ningún trabajador o usuario ha pasado la enfermedad. Son un centro ‘cero covid’.

“Mi premio es no tener casos. Es mi gran satisfacción. No es cuestión de campeona, ni super dirección ni nada, pero de cara a las familias y residentes es una alegría después de un periodo de mucho cansancio”, explica la directora del centro Esmeralda Masó Cabezón.

Ella aterrizó en el complejo un par de meses antes del Estado de Alarma y ha dirigido con mano de hierro, pero también “mucho sentido común”, la situación: gestionó espacios seguros en la parte trasera de la residencia ante la falta de patio interior; ‘prohibió’ a la plantilla acudir a las no fiestas del municipio y estableció cuarentenas de diez días, además de prueba PCR, a todas aquellas personas que hubieran salido por algún motivo.

Mi premio es no tener casos. Es mi gran satisfacción.

Lo cuenta con una mezcla de orgullo y valentía, aunque con la cautela del que sabe que un único positivo podía haber generado una situación de caos como la que han vivido otras residencias que también cuidaron sus protocolos. No duda de que habrá tenido críticas a sus espaldas, sin embargo, insiste, siempre ha buscado preservar “la salud” desde “el sentido común”, lo que, ahora, parece, permitirá abrir una nueva etapa.

“Es una satisfacción, un momento de esperanza… una ilusión. No sé si se cumplirán las expectativas que nos dicen, pero es una sensación de libertad porque nos va a permitir encuentros con las familias como antes del Covid. Con la vacunación creemos que la pelota está en la responsabilidad de los familiares y los lugares a los que salgan los residentes cuando se permita”, explica Masó.

Algo parecido piensa Olga García Sánchez, enfermera que entró a trabajar durante la desescalada y que, como el resto del personal, también ha recibido esta mañana la segunda dosis. El equipo de vacunación del Gobierno de Navarra se ha presentado con dos horas de antelación, así que tendrá que administras la vacuna a las tres compañeras que no han llegado a tiempo

“Una vez pasado el periodo de incubación, aunque hubiera contagios, estaremos tranquilos. Lo peor ha sido tener a los abuelitos tan retenidos. Ellos notan muchos las visitas, los paseos… anímicamente les afecta mucho”, explica esta gaditana residente en Lecumberri.

Olga García (recibiendo la vacuna) es una de las dos enfermeras del centro. FERMÍN TORRANO

12 SOBRINOS Y UN CAFÉ

Las cuatro mujeres del piso de arriba siguen con la conversación que desvela alguna pequeña sordera y confirman lo que el resto del personal ha contado antes. Parte de los usuarios tomaron la iniciativa de pedir a los familiares evitar las visitas, aun con el riesgo de no volver a verles si algo salía mal dentro o fuera. También revela lo poco que necesita para vivir una generación que lleva nadando a contracorriente toda la vida

Lo peor ha sido tener a los abuelitos tan retenidos

—Mis hermanos son mayores y no he querido que vendría niiiiiinguno —confiesa Rosalía con el tono de un niño de San Ildefonso cantando la lotería—. A ver si iban a coger el coronavirus. Nietos no tengo, pero sobrinos sí, porque no sé si sabes que al que no tiene nietos, Dios le da sobrinos.

— ¿Muchos?

—Pues ay… me vas hacer ahora sacar la cuenta.  5, 6, 7, 8 … ¡12 lo menos! —exclama señalando la punta de los dedos.

— ¿Y qué es lo que más se echa en falta?

—Se agradece mucho cuando te ayudan. El cariño es importantísimo para los ancianos. Cuando llegas a esta edad es lo único que quieres que te den —reconoce Rosalía.

Sus tres compañeras asienten con la cabeza. Los tenues síes van llegando a la velocidad que la dentadura y la cabeza permiten. Ninguna de las cuatro echa en falta algo lejano, tampoco un viaje a un destino paradisíaco. Para Rosalía son los sobrinos, para Arantza los nietos. Para una Eugui, para otra Zarauz. Quizás más que el encierro, sea una vida pensando en los demás lo que permita verlo todo tan claro.

Rosalía Azparren entró en el centro el 19 de mayo de 2016. "Me sé la fecha de memoria", presume sonriente. FERMÍN TORRANO

— ¿Y qué es lo primero que harán ustedes al salir?

—Si mis hermanos me vienen a buscar, ir a comer a la Fonda [un establecimiento apenas a unos metros de la residencia]. Bueno —reflexiona Rosalía—, si podemos ir en coche, el hostal que está en Lecumberri también está muy bien.

—Un café, ponerme de pie y andar, aunque sea en el patio de abajo —responde María Ángeles que en un mes cumplirá 98 años.

— Si te da el bolsillo, también una comida. ¡Un café es poco! —ríe María Jesús.

— Pues yo —arranca Arantza con los ojos del que sueña un plan imposible— quiero salir corriendo de aquí.

MIGUEL OSÉS

 


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En el corazón de una residencia navarra ‘0 Covid’, tras once meses de pandemia y dos vacunas: “Quiero salir corriendo”