Opinión / osasuNAvarra

¿Y ahora qué, Martín?

Por José Mª Esparza 22 octubre, 2016 - 0:20

Resulta difícil saber a qué jugó Osasuna en la primera parte. Al menos en la segunda hizo un derroche de corazón que trajo consigo el gol. Lo malo es que en ambas mitades Nauzet regaló el partido al Betis.

Martín hace gestos durante el Osasuna - Betis (1-2) en El Sadar. PABLO LASAOSA
Martín hace gestos durante el Osasuna - Betis (1-2) en El Sadar. PABLO LASAOSA

En Éibar jugó Osasuna como bloque, de acuerdo, pero escritó quedó que Enrique Martín Monreal debía hacer análisis de esa victoria o volvería a caer en los errores de siempre. Si quería que los tres puntos de Ipurua no resultaran pan para hoy y hambre para mañana debía ser consciente de que el equipo no coordinó tres pases seguidos y que metió más goles que ocasiones gozó, gracias a la habilidad individual de Sergio León y Roberto Torres en acciones aisladas, y al monumental error de Asier Riesgo.

Pero la autocrítica no llegó. Peor todavía. El entrenador sacó pecho y cargó contra tirios y troyanos, que han confabulado a todas las fuerzas del mal contra su persona. Hizo su enésimo discurso victimista incluyendo un canto a sus logros y al mérito que tiene trabajar con el presupuesto que le han dado.

Volvió a minimizar sus verdaderos problemas, que esconde a conciencia con su sibilina dialéctica, obviando que el equipo sigue en el mismo punto donde se encontraba, en construcción. Sin tener claro todavía un patrón de juego válido, acertado. Como esta vez evidenció un Betis que venía cargado de problemas.

En Ipurúa ese equipo que busca y no encuentra Martín dio un paso adelante en el trabajo de bloque, e incluso perfiló líneas , sobre todo la de adelante con Oriol Riera y Sergio León. En el centro del campo gustó la incorparción de Digard, pero, claro, en un partido de contención y trabajo oscuro. Recordar la ilusionante victoria de Éibar viene a cuento para comprender mejor la quinta derrota que deja el Betis.

El único triunfo  animó al técnico a repetir alineación, que es otro de sus problemas, encontrar una, en casa y ante un equipo completamente diferente. El caso es que una vez superada la salida inicial, los béticos se hicieron con el balón a través de un Joaquín imperial jugando a su libre albedrío, y a Osasuna le empezaron a salir los colores.

En esa primera mitad no creó una sola ocasión, a parte de un remate de cabeza a balón parado. Ni tampoco articuló tres combinaciones consecutivas, ni presionó. Hubo fases en el los verdiblancos dieron más de una veintena de pases sin oposición alguna. Ni De las Cuevas ni Torres acabaron de encontrar su sitio, y Digard no pudo esconder sus carencias con el balón en los pies. Acabará convertido en un cuarto central.

Así que fallando la sala de máquinas, el juego de conjunto resultó confuso. Se diluyó poco a poco en la nada. Había arrebatos de casta, y poco más. Ocasiones, lo que se dice ocasiones, ni una. El conjunto de Gustavo Poyet jugó demasiado cómodo. Luego, tras la reanudación, le costó más, pero buscó los tres puntos y se los llevó. Sobre la bocina y por medio de un regalo, pero de forma inampelable.

La salida fulgurante tras el descanso arregló momentáneamente la situación. Una acción de extremo pese a jugar de lateral, una jugada típica del mejor Berenguer, el más veloz y vertical, dio vida a los rojillos. El Sadar, incansable, colosal, vio otro equipo, que se hizo con el balón, presionaba al Betis, e insistía arriba. Pero  la ilusión resultó un espejismo. Los problemas se agudizaron.

El técnico quitó a Alex Berenguer primero, y después a Oriol Riera, que realiza un trabajo extenuante sin saber muy bien para quién, ni para qué. El equipo se quedó sin la banda que empezaba a funcionarle y desdibujó la punta de lanza con la entrada de Riviere, que en su tarjeta roja, tan estúpida como merecida, expresó la frustración de un conjunto que quiere y trabaja a destajo para lograrlo, pero no puede.

La casta, el empuje, la entrega, el trabajo pueden sumar muchos puntos, que tampoco es el caso, pero si no van acompañados de argumentos futbolísticos, acaban perdiendo la fe, que sí es el caso.  Definitivamente, Osasuna vuelve al punto de partida, es decir, a donde se encontraba.

Eso sí, “Martinito”, como se autodenominó él mismo tras el partido de Ipurúa, seguirá argumentando que perdemos por detalles, en este caso sendas pifias monumentales de Nauzet, que lo lógico de un presupuesto de doce millones es que sucumba ante otro de treinta, y que Osasuna y él saldrán adelante juntos de la manita. Pero la cruda realidad es que en nueve partidos sumar una victoria y tres empates sonrojan a cualquiera, que el equipo sigue en construcción. 

Por otra parte, también podrá hablarse de las malas sensaciones que dejaron el árbitro Carlos del Cerro Grande y sus errores de bulto. En fin, que excusas pueden encontrarse hasta debajo de las piedras, pero lo valiente no es ir a buscarlas sino reconocer que cuando uno no gana es porque no acierta a meter más goles que el contrario. Y punto.

Y mientras el responsable de la derrota no averigüe el porqué de la maldita ecuación, seguirá sin dar con la tecla. Tendrá más ganas que nadie de dejar al equipo en Primera, algo cierto a todas luces, tanto como la cruda realidad de la tabla clasificatoria. En la situación que se encuentra Osasuna no resulta nada de aconsejable ir de sobrado por la vida cuando hoy se gana pero mañana le Betis te puede pintar la cara. Nada más bonito que seguir en la nube, pero el fútbol es así de cruel.


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