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Las contradicciones de Albert Rivera

Por José Mª Esparza 22 Mayo, 2019 - 9:33

El líder de Ciudadanos volvió a cargar en Estella contra el PSN, única opción posible para Navarra Suma, mientras que él y sólo él obliga a Sánchez a pactar con los nacionalistas. Condena lo que él mismo provoca

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera saluda a un efectivo de la Guardia Civil al termino del mitin que dicha formación política ha realizado este sábado en la localidad navarra de Estella. EFE/ Jesús Diges
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera saluda a un efectivo de la Guardia Civil al termino del mitin que dicha formación política ha realizado este sábado en la localidad navarra de Estella. EFE/ Jesús Diges

No me gustan éstas elecciones. Ni las anteriores, también un gritar y gritar más que el vecino. Así, imposible entenderse, escuchar o pensar. Los partidos mandan titulares cortoplacistas, alejados del ciudadano, siempre contra el adversario político, negativos, a la contra, a favor del interés personal. Y así les va.

La formación que todos querían hundir, a la que llevaron a este guirigay de elecciones eternizadas, el Partido Sanchista Obrero Español (PSOE), es la única que sale fortalecida del envite. A su líder apenas le ha bastado transmitir estabilidad, a la postre lo que quiere el ciudadano, en medio del circo de colores montado.

Todo lo contrario que, por ejemplo, el osado Albert Rivera. Pega a diestro y siniestro hasta caer hundido en contradicciones. Denuncia cuanto él mismo provoca con su inmaduro ego. “Cada voto que vaya al PSN va a ser un voto al nacionalismo" aseguró en Estella el pasado sábado sin cortarse un pelo. Hizo un montón de kilómetros para gozar de su minuto de gloria, soltar semejante algoritmo y marcharse tan tranquilo. Señor Rivera: o tiende usted puentes al PSN, o Navarra seguirá con Gobierno nacionalista muy a pesar de sus votantes.

Rivera echa por tierra el esfuerzo de, como ahora se dice, compañeras y compañeros que dejan la piel en una campaña que él manda a la perdición. Sí señor, Rivera, un titánico esfuerzo electoral que usted y su empecinado ego condenan al fracaso. Se ve jefe de la oposición y no lo es. Prefiere invertir cuatro años para emerger en la tribuna, en lugar de condicionar el programa de Sánchez con el suyo, si es que lo tiene. O cambia, es decir, o comienza a eliminar líneas rojas y olvidarse de su interés particular, o mandará al garete las ilusiones de sus votantes, también en Navarra.

En Estella coronó su intervención con todo un alarde de visión política: “Si depende de Pedro Sánchez y del PSOE, van a entregar Navarra al nacionalismo", aseguró igual de florido, a la par que realizaba una vez más su tic de allanarse la corbata, quizás para disimular su incipiente curva de la felicidad sin cumplir los cuarenta. Lleva en política más de doce años y todavía no ha percibido que la política de laboratorio, de la que viene, acaba en estrepitoso fracaso si no la confronta con la realidad ciudadana de la que tanto presume.

Las pasadas elecciones solo dejaron en Madrid una opción presidenciable, la de Pedro Sánchez, a quien a su vez apenas conceden de salida dos opciones: la que pasa por entenderse con Ciudadanos o la de caer en el maremoto de nacionalistas y Podemos. Y no hay más. Cualquier intento de gobierno pasa por ahí. Intentar cualquier otra vía equivale a cuadrar el círculo, algo que ya intentó Yolanda Barcina gobernando con el PSN a la par que se echaba en los brazos del PP de Rajoy. De aquellas lluvias vienen estos lodos al centroderecha navarro.

Nadie duda que Navarra Suma no sacará mayoría absoluta. Ni Javier Esparza lo imagina en sus sueños más felices. Cualquier resultado que obtenga le obligará a pactar con el PSN. Sí o sí, bai edo bai, en castellano y en euskera. No tiene otra. Si los partidos constitucionales no se entienden en Madrid, más difícil todavía lo tendrán en Navarra, donde confluyen multitud de fuegos encontrados con el PSN en medio de todos. Podrán argumentar los ‘ciudadanos y ciudadanas’ que el PP, y también UPN, juegan a lo mismo. Y es cierto, pero ninguno de los dos han tenido ni tendrán el ofrecimiento que recibió y despreció Albert Rivera en Madrid.

Nadie sabe, tampoco las encuestas, qué ocurrirá el domingo próximo en Navarra; pero hasta el más tonto adivina que, aunque María Chivite no haya empatado con casi nadie, cualquier intento de formar Gobierno en Navarra, o en Pamplona, pasa por entenderse con ella. Por tanto, mejor dejarla en paz y dedicarse cada cual a vender lo suyo, que es donde realmente está el problema de partida y llegada.


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