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La revolución de Martín duró doce minutos

Por José Mª Esparza 15 noviembre, 2015 - 22:32

El gigantón Milic abrió paso a Unai García y, por si fuera poco, el portero Cabrero dejó que entrara un disparo cruzado de Oier. La revolución de Martín parecía funcionar, pero no pasó de ahí. Osasuna acabó pidiendo la hora.

Hasta el segundo gol no se enteró el Mallorca. Tanto que el partido se prometía relajado, de goleada. Pero nada de nada. A partir del cuarto de hora Osasuna entregó el balón, y regresó a sus peores defectos. Perdió el centro del campo, no hilvanó tres pases seguidos y, esto es tanto o más preocupante, volvió a mostrar que su estado de forma dista del ideal. Le cuesta excesivamente mantener el ritmo, correr detrás del balón o anticiparse al rival. Las prestaciones van a menos hasta acabar fundidos y achicando balones. Sin duda, un líder con pies de barro pese a que la Segunda guarda paradojas como ésta.

Martín sorprendió durante la semana  con dos novedosas promesas. La primera hablaba de revolución, y la segunda de un objetivo a corto plazo. La primera reconocía que las cosas no iban bien, que el equipo no carrulaba, y no porque hubiera bajado el pistón en ganas y entrega, sino en ideas y recursos. Se había engullido a sí mismo con un sistema ultradefensivo y sin alternativas. El autobús con que salía a jugar carecía de rueda de repuesto en caso de pinchazo. La segunda sorprendió porque Martín no ha sido amigo de reconocer objetivos, porque compromete. Disfrutar la Navidad en el tercer puesto no deja ser una propuesta exigente y que contrasta con el sistema de juego que propone el míster. A ver como le sale.

Porque el esquema con que el técnico salió ante el Mallorca no dejó lugar a dudas. Estuvo bien eso de adelantar a Merino para dejarle mayor libertad creativa, algo que agradeció el joven centrocampista, omnipresente, el único con ideas sobre el césped. Pero, claro, lo de colocar a Lotiés de pivote no hace sino constatar que en realidad el equipo ha venido jugando con cuatro centrales, es decir, seis defensas. El francés no estuvo cómodo sino trompicado. Excepto en alguna de sus cabalgadas con balón, no encontró su sitio en un centro del campo que fue enteramente isleño, con el tudelano Javier Ros en plan estelar.

Los laterales gozaron de libertad para subir desde el minuto uno, pero obras son amores. Excepto un tiro de Nino que no supo enviar a la red, Osasuna ya no creó peligro en todo el partido. Estuvo a merced de un Mallorca sin otro picante que las ganas de Corominas para reivindicarse en El Sadar, el que fuera su campo. En cuanto al estreno de la titularidad de Martins  hay que apuntar sus dificultades para conservar su posición. A Unai García le debe por lo menos una cena. Sin el central guardándole de sus muchas ausencias, su banda se habría convertido en una autopista de tres carriles.

Tampoco resultó el estreno de Bogdan Milic. Impuso a la defensa balear  hasta que le conocieron. Gracias a él pudo adelantarse Unai García, pero le pesaron sus limitaciones. También gracias al montenegrino gozó Nino de más libertad como media punta correoso y menos responsabilidad de cara al gol, pero el almeriense no acaba de dejar claras sus prestaciones. Tampoco lo consigue Roberto Torres, enchufado y con detalles de calidad marca de la casa. El canterano reconoció en Elche que a los diez minutos no le iban las botas. Ante el Mallorca le ocurrió otro tanto y tuvo que ser sustituido.

El partido dejó una sensación rara, incluso amarga. Además, el árbitro Trujillo Suárez fue un amigo. Pudo enmudecer el estadio y sin derecho a réplica. En fin… se ganó, que es lo único que al final cuenta en la tabla clasificatoria, pero Martín necesita ahondar en su propuesta, o volver a reinventarse, a plantear una nueva revolución, porque la primera solo le ha durado doce minutos.

Y gracias.


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La revolución de Martín duró doce minutos