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Sin chispa ni alma, el método naufraga y se hunde

Por José Mª Esparza 18 enero, 2018 - 23:06

Osasuna falló lo indecible, especialmente en el gol que regaló al Nàstic, y careció de recursos y alternativas para dar la vuelta a un partido que atascó él mismo.

Los jugadores de Osasuna se disponen a sacar de centro después de uno de los dos goles del equipo catalán. IÑIGO ALZUGARAY
Los jugadores de Osasuna se disponen a sacar de centro después de uno de los dos goles del equipo catalán. IÑIGO ALZUGARAY

Podría decirse que Osasuna salió ganar, que presionó de inicio, que creó ocasiones como para lograr los tres puntos, que falló de forma encadenada e inusual en el gol del Nàstic que condicionó el resto del partido… En fin, podrá argumentarse cuanto se quiera a favor del cuadro que maneja Diego Martínez, en un encuentro donde a la postre no acertó a proponer ni a realizar siquiera un gol y acabó recibiendo dos. Los números cantan y en este caso también sonrojan.  La visita de los tarraconenses desnudó muchas de las carencias del equipo navarro.

Osasuna perdió sus opciones tras las ocasiones del inicio del encuentro. El Nàstic pasó pronto de presionado a presionador, se plantó bien en defensa y cortocircuitaron el juego mientras  el equipo de Diego Martínez se atascó más y más, situación que a pesar de las paradas de Dimitrievski pesó como una losa durante toda la segunda mitad. En el cómputo global, los rojillos se asemejaron más a un conjunto de balonmano que pasa el balón de lado a lado y vuelta a empezar, que a uno de fútbol con mínimos recursos para desbordar, con un par de ideas con que sorprender a nadie.

Porque ésa es otra. El único capaz de intentar algo distinto, Kike Barja, casi se quedó inédito, porque apenas recibió balones, y menos todavía en condiciones de ser jugados. En cambio, por la banda izquierda, la de Clerc, la insistencia no pudo ser más reiterativa en un día que no resultó precisamente el mejor para el lateral izquierdo, que se hartó de mandar balones inocentes a la grada o a ninguna parte. En un partido donde el Nàstic se parapetó con nueve hombres dentro del área no hubo una sola jugada entre líneas. Ni disparos con peligro. Los que aparecen a cuenta gotas parecen más para quitarse el balón de encima.

Lo intentó el técnico vigués al dar entrada a sus dos fichajes de invierno, Borja Lasso y Róber Ibáñez, quienes efectivamente aportaron nuevas formas, pero tampoco era la cita ideal para ninguno de los dos, arrastrados ambos por el hundimiento generalizado que evidenció el segundo gol. No obstante, la nave ya hacía aguas mucho antes. Bastaba ver a Roberto Torres para comprobar que la brújula no funcionaba. El canterano no atraviesa su mejor momento, algo que ya le viene de bastante lejos. Su desacierto contagia además a hombres como Fran Mérida, con excesivas dificultades para meter balones, dejando al equipo partido en dos. 

Es todo un problema que un equipo quede dividido, separado, pero mucho más que resulte plano. En El Sadar se medían dos de los mejores resultadistas a domicilio, lo cual no esconde los problemas que sufren en casa, y ambos explicaron por qué. El Nàstic entregó el balón y el peso del partido a Osasuna, que respondió sin saber qué hacer con él. Por su parte, los tarraconenses se dedicaron a esperar, a abortar el juego a rojillo, a formar una barrera inexpugnable, y poco más. Pero les bastó. El equipo de Diego Martínez no acertó a perforarla porque encuentra demasiados problemas siempre que le toca proponer.

El técnico osasunista ha formado un equipo compacto, solidario, trabajador, entregado, ¡una máquina! Pero una máquina diésel, sin cintura ni marchas rápidas, sin chispa, sin resortes alternativos. Cuando esta máquina avanza sobre terreno propicio, no sufre ningún problema, pero cuando se le pide algo más deja bien claras sus limitaciones. Falta ver qué aportarán los nuevos fichajes de invierno. Veremos, pero de momento en el ánimo a futuro pesa más, mucho más, la más que posible baja de Aitor Buñuel. Si Diego Martínez consigue llegar a Primera, todo se dará por bueno. Si no…

Llegan dos partidos fundamentales, la visita de la Cultural y el viaje a Huesca, que darán la medida resultadista de este equipo, porque lo que son las hechuras de juego distan mucho del objetivo del ascenso. Osasuna no se comporta como un equipo de corazón grande sino chico, demasiado pequeño… y sin alma. Hasta su presidente empieza a lavarse las manos echando balones fuera al respecto.


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