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Osasuna - Getafe: Cuando nada funciona suceden estas cosas

Por José Mª Esparza 18 septiembre, 2022 - 17:45

Equipos como el Getafe deberían desaparecer del fútbol mundial. Si encima los árbitros les apoyan y el equipo rival cae en su rastrero planteamiento y el entrenador no lo remedia, mejor no ir al fútbol.

No acertó Arrasate en esta ocasión. A un equipo con cinco defensas, dos pivotes que te esperan con ellos, y adelante más pólvora que el Almería, no les puedes jugar igual, y menos caer en su trampa. Hay que intentarlo al menos desde fuera de la red tendida. Si caes en ella, estás perdido. Es lo que le ocurrió a Osasuna ante el Getafe, uno de esos equipos que deberían desaparecer por respeto al fútbol. Una cosa es que todos los planteamientos sean válidos y respetables, pero otra muy diferente la forma de ponerlo en práctica, al estilo más tradicional del anti fútbol burdo de Bordalás llevó a su máxima expresión, para entendernos.

Parece mentira que un equipo de Quique Sánchez Flores juegue de manera tan rastrera. A base de faltas continuadas, empujones, pérdidas de tiempo, simulaciones de asesinato e incineración y cuantas paralizaciones posibles sin que el señor Isidro Díaz Mera diga una palabra. Lo permitió todo-todo, y además perdonó a Luis Milla una segunda amarilla diez minutos antes de cuando se la enseñó. Una calamidad de arbitraje. Siete tarjetas amarillas y una roja a los de casa y, oiga, quedó con ganas de más.

Si a esto le sumamos que a Osasuna le costó espabilar tras los diez primeros minutos de salida en tromba del Getafe, y que se empeño después en atacarles donde más poblados andaban, el desastre se veía llegar. La crónica de una muerte anunciada. Hasta la defensa acabó liándose en medio del atasco general. La línea de tres que tanta personalidad presta a los rojillos quedó noqueada, envuelta en papel de estraza. El Chimy, que suele ser el que más recursos cuenta para navegar a contracorriente creó la ocasión más bonita, pero claro en su labor defensiva pasó la roja que pasó. 

A todo no se puede llegar. Que se lo pregunten a Budimir, obligado a defender, robar en banda y rematar los balones que nunca llegan, que nadie le pone, que no existen, que se estrellaban una y otra vez en los espacios achicados madrileños, por dentro, rara vez por fuera. Osasuna ayudó al Getafe a empequeñecer el campo, en lugar de abrirlo, de ensancharlo. Cuando salió Abde estaba claro que nada podría hacer para romper la triple muralla. La dinámica ya resultaba imposible de cambiar. Desde el principio del partido la fortaleza había comenzado a hacerse grande, y a falta de media hora resultaba sencillamente inexpugnable.

La grada terminó ciertamente desquiciada y con razón. Otra cosa es el equipo, que también, y eso ya resulta más cuestionable. De todas formas, una cosa es terminar desquiciado y otra hacerlo sin ideas, impotente, abandonado a la suerte. Eso sí, luchando hasta el final, pero para qué…


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