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Sin un minuto de silencio en El Sadar

Por José Mª Esparza 08 marzo, 2020 - 17:32

Roberto Torres y Kike Barja celebran el gol anotado ante el Espanyol en El Sadar. MIGUEL OSÉS
Roberto Torres y Kike Barja celebran el gol anotado ante el Espanyol en El Sadar. MIGUEL OSÉS

Tres puntos más importantes que los de San Mamés, al suponer seis ante un rival directo. La salvación se acaricia. No valía ni siquiera el puntico de aquel empate de infausto recuerdo, pactado, como recordó algún testigo en la Audiencia. Osasuna necesitaba ayer y hoy los tres. Esta vez, en ningún momento se vieron peligrar, a excepción de un paradón de Rubén Martínez a Darder, pero igualmente en pocos momentos se vislumbró la forma de lograrlos, hasta que los trajo un penalti absurdo, es decir, una jugada fortuita, a balón parado. No es la primera vez, ni la última. Es lo que hay, pero tres puntos más. Importantísimos a la vista del calendario a corto plazo.

Un partido sin orden ni concierto, sin centro del campo. Urge recuperar a Fran Mérida. Tampoco el Espanyol, que se jugaba la vida pero que no lo demostró, excepto en su pánico escénico, equilibró la parcela ancha, por lo que el correcalles estaba asegurado, sobre todo en la primera mitad, en la que el balón nunca encontró un destino medianamente intencionado. A lo que saliera, a donde quisiera viajar. Pases trabados, pérdidas continuadas, ni una sucesión de tres pases. Los dos equipos se jugaban la vida. Podía el miedo. Hasta el minuto 20 no pisó campo ajeno el Espanyol, igualando entonces el juego al menos en cuanto a imprecisiones.

Osasuna siempre anduvo con las intenciones más claras, propuso con mayor constancia y regularidad. Dentro de lo mucho que también le pesaban las piernas, encontraba más recursos que su limitado oponente. Sobre todo, en la segunda parte, en la que hilvanó acciones claras en ataque, fabricó jugadas de gol que nadie supo aprovechar, hasta que una mano absurda de Víctor Sánchez dio ocasión a Roberto Torres a otro penalti de los suyos. También tras el descanso, dadas las prestaciones de Enric Gallego, hubo un cambio táctico llamado Darko Brasanac, que merece la pena comentar.

El nuevo delantero centro, Enric Gallego, no resulta precisamente un nueve estilista, ni rematador. Se trata más bien de un panzer que peina balones, empuja, se faja con los centrales, abre huecos, se abre camino entre la tempestad, pero no resuelve, ni encuentra a su lado a quien resuelva, o no lo sabe ver, o no existe. El caso es que en la segunda parte, a Darko se le vio empeñado en corregir la carencia. Dio tres pasos adelante y estuvo más cerca del portero rival que Gallego. Además, Brasanac movió al equipo, puso orden, pidió el aplauso de la grada para los sustituidos Barja (que encontró muchos problemas) y, precisamente, Gallego.

Con el diáfano adelantamiento de Brasanac ganó en claridad el juego, Osasuna estuvo mejor posicionado y el Espanyol se diluyó más todavía. Aridane se despreocupó de la marca personal del missing Raúl de Tomás, mientras que Embarba permutó de lado para probar mejor suerte con Pervis que con Facundo. Tuvo que ser sustituido. El equipo de Pitu Abelardo naufragaba estrepitosamente. Trató de sacar fuerzas de flaqueza tras encajar el penalti, pero, lejos de recomponerse, se fue al garete, y más con la desafortunada expulsión de Diego López, que recordó a la de Sergio Herrera en el Pizjuán. Injusta, pero real como la vida misma. El VAR manda.

El Espanyol estaba muerto, pero todavía con individualidades capaces de dar un disgusto serio. En tal tesitura, contra diez y un jugador de campo como portero, dado que Abelardo ya había realizado los tres cambios, los rojillos no pudieron meter en un apuro a Cabrera, el eventual guardameta perico. Tampoco Osasuna estaba para tirar cohetes. Tan agotado físicamente como los albiazules, lo importante era conservar la renta.

POST DATA. Osasuna es mucho más que lo futbolístico (27). Fernando Martínez de Murguía merecía un minuto de silencio. El otrora asesor deportivo con García Ganuza y después director deportivo con Ezcurra marcó durante 27 años el ascenso y consolidación en Primera, los éxitos de la UEFA o la época de Pedro Mari Zabalza, con sus fichajes, su política de cantera, el paso del fútbol tradicional al moderno, etc. Todo un personaje.

La Asociación de Veteranos, que cubrió el féretro de Fernando Murguía con una bandera de Osasuna, lo nombró Socio de Honor hace dos años por su gran trabajo realizado, pero el Club no ha sido capaz de dedicar un minuto de silencio a su memoria, para nada incompatible con el título del púgil Infierno, o reparto de bufandas. Mejor no buscar agravios comparativos. Un fallo, sí señor.


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