Opinión / A mí no me líe

Barkos también ataca a los Sanfermines

Por Javier Ancín 10 mayo, 2019 - 9:22

Ya van metiendo la cuña en otro pilar para que se resquebraje Navarra un poco más, quizás esta vez definitivamente. 

Uxue Barkos e Itziar Gómez, sobre la imagen de un encierro de Pamplona que les gustaría prohibir.. IÑIGO ALZUGARAY
Uxue Barkos e Itziar Gómez, sobre la imagen de un encierro de Pamplona que les gustaría prohibir.. IÑIGO ALZUGARAY

El nacionalismo vasco se ve fuerte para atacar al símbolo, quizás el único, que une a todos los navarros: las fiestas del San Fermín.

Leo que el nacionalismo vasco verbaliza ya un sueño que hasta ahora solo se atrevían a insinuarlo en secreto: prohibir los toros de Pamplona.

Todos sabemos que sin los encierros, los Sanfermines solo serían, por ejemplo, esa puta mierda de fiestas que tienen en Bilbao con una mamarracha hecha muñeca sacada al balcón y unos mamarrachos hechos txosnas en el Arenal, con sus carteles de etarras violadores de vidas colgando de las chabolas.

De la Semana grande donostiarra ni habló porque no existe, los de San Sebastián solo celebran la Tamborrada, la madrugada del 20 de enero... que eso sí que es echarle sapiencia a la fiesta, con el frío y agua que suele caer siempre. Allá cada cual.

Para una tradición viva que existe y que no es un pastiche medio inventado en el siglo XIX o XX de los que el nacionalismo vasco nos quiere colar como auténticos siempre, van y deciden que hay que suprimirlo. Cuando consigues quitar la identidad de una persona, cuando la vacías, puedes llenarla de la basura que quieras. Eso las sectas, incluida el nacionalismo vasco, lo conocen bien. Quieren hacer un zombi de Navarra para diluirla en su territorio trecho y fantasmagórico llamado Euskalerría sin resistencia.

Para una verdad que existe, el encierro es una de las pocas que existen, quieren prohibirla.

Desde hace décadas suelo leer al menos una vez al año Fiesta, el libro de Hemingway que nos hizo universales. Me gusta releerlo porque para mí ese libro encierra la esencia de lo que es la vida: dentro de la juerga el drama. La muerte rodeada de jolgorio: cuando morimos nada cesa, todo continúa trepidante alrededor de nuestro cadáver. No hay más...

Me gusta ese libro porque va al jodido puto centro de la existencia... y de la inexistencia. Y ese prodigio que solo se encuentra en Pamplona, los toros, quieren prohibirlo.

Un rito con el que poder abrir libremente las puertas del infierno unos segundos para cerrarlas, contarlo y almorzar de nuevo con los amigos para celebrarlo. La vida, sin la muerte... no tiene sentido. Lo que ocurre es que cuando estás muerto, no puedes preguntarte sobre ello, por eso necesitamos ritos como el encierro para mirar qué ocurre cuando ya no somos ni nosotros mismos porque no existimos.

Ese prodigio, lejos de ser atacado tendría que ser defendido por nuestros gobernantes como un tesoro, como una ceremonia completamente singular y a la vez, completamente nuestra, de Navarra y de Pamplona.

Toda la épica, la mística, la trascendencia de esos 2-3-4 minutos de carrera que nos hace únicos en el mundo, tan únicos que vienen a vernos de todos los rincones del planeta para participar del portento, cercenados de una tierra porque ellos, los nacionalistas vascos, que a Navarra sólo han venido a destrozarla, a caricaturizarla, a humillarla para someterla, les sale de los huevos. Pues nada, cojonudo.

Al final tendremos, si no nos defendemos de este nacionalismo vasco que nos corroe, lo que nos merecemos: unos Sanfermines completamente llenos de batucadas y conciertos de grupos que llaman a pegar mujeres –la Chula Potra ya es una clásica en Irroña- y quemar maderos, como ya está pasando. Y eso es todo.


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