Opinión / Desde Baluarte

Remacha, Prokofiev y Schumann: un refugio en común

Por Ana Ramírez García-Mina 14 enero, 2019 - 9:59

Viernes, 11 de enero de 2019 a las 20:00 h. en el Auditorio Baluarte. Sexto concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en Baluarte. PABLO LASAOSA
Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en Baluarte. PABLO LASAOSA

Muchos destacan el genio musical de Fernando Remacha y, por desgracia, el silencio injusto de sus obras. En 1947, el Ayuntamiento de Pamplona convocó un concurso de piezas para piano sobre temas regionales. El compositor tudelano, que entonces retomaba su actividad tras la Guerra Civil, presentó su Cartel de fiestas. La obra se estrenó en Bilbao ese mismo año y fue orquestada por el compositor poco después. La suite se compone de cuatro movimientos que plasman las fiestas de San Fermín: Chupinazo, Procesión, Señoritas a los toros y Jotas.

Con Remacha comenzó el concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en el Auditorio Baluarte. Tras el estreno de la Sinfonía a tres tiempos del compositor tudelano, brillante y silenciado, la Sinfónica continúa guardando en su programa un lugar para la música navarra.

Cartel de fiestas es una obra de su tiempo, con el rigor en la forma o la mezcla de ritmos y tonalidades del Neoclasicismo, pero que no deja de recordar al julio pamplonés. Los ecos de la txaranga y los txistus en Chupinazo, la solemnidad de la Procesión, la riqueza de timbres en los Toros y, para cerrar, una reinvención de la Jota.

Como Turina en sus Danzas fantásticas, Remacha utiliza los patrones rítmicos o melódicos populares. La batuta de Manuel Hernández-Silva y la Orquesta supieron recoger y explotar la brillante orquestación, efectista pero sincera.

Aunque la carrera musical de Fernando Remacha apuntaba a representar la música española de su tiempo, la Guerra Civil y el franquismo lo obligaron a vivir un “exilio” en su Tudela natal, trabajando en el negocio familiar y abandonando la composición hasta casi 1950. La convulsión política del XX también afectó al segundo compositor de la noche: Serguéi Prokofiev. En 1918, el compositor ruso viajó a Estados Unidos creyendo que la Revolución no acogería su rebeldía musical.

Una de las motivaciones para abandonar Moscú pudo ser la recepción de su Concierto para piano y orquesta nº 2. Las crónicas de su estreno recogieron el rechazo del público: “[Prokofiev] Se sentó al piano y parecía que ora sacudía el polvo del teclado, ora golpeaba notas al azar de un modo estridente y seco (…) se elevaron murmullos indignados: dos personas se levantaron y salieron rápidamente (…). El público estaba escandalizado y la mayoría silbó”.

El Concierto de Prokofiev se estrenó en 1913 y casi ninguna crítica recogió el valor de sus armonías disonantes, tétricas y novedosas. La pieza pone a prueba al solista, a la orquesta y a los oyentes por sus contrastes, la dificultad de sus ritmos y una intensidad que se debe mantener hasta el último acorde. En este caso, el pianista coreano Kun-Woo Paik y la Sinfónica de Navarra aprobaron con nota.

El Concierto comenzó con la melodía del piano, que se escuchó claramente sobre un mar de cuerdas con sordina. Aunque es una obra rompedora y exigente, parece que Paik rechazaba los aspavientos. Con la cabeza inclinada sobre el teclado, el surcoreano delineaba las melodías cubistas de Prokofiev con calma; comprendiéndolas y explicándolas. Lo llaman “el poeta del piano”.  

Pequeños rubatos y pausas colocadas con inteligencia, pero sin cálculo. Todo en Paik era orgánico e incluso en las cadencias más apasionadas mantenía esa serenidad suya. El pianista surcoreano destacó en sus ataques y la precisión rítmica imprescindibles para que el Concierto de Prokofiev brille.

La Orquesta Sinfónica de Navarra, a las órdenes de Manuel Hernández-Silva, estuvo a la altura del solista. En el segundo movimiento, Scherzo (vivace), la agilidad y la combinación de los timbres orquestales (el viento metal, el pizzicato, la percusión) son especialmente importantes para comprender la melodía compleja del solista. Hernández-Silva conversó con Paik, dialogó con los acordes oscuros y cromáticos del piano y envolvió las melodías más retorcidas.

La dificultad que quizá hizo flaquear tanto a solista como orquesta fue la intensidad y la precisión que requiere la obra, que en los dos últimos movimientos fueron algo más débiles.

El último compositor de la noche no sufrió represalias políticas, pero sí una enfermedad mental que lo atormentó hasta el final de sus días: Robert Schumann. Su Sinfonía nº 2 se compuso en Dresde cuando su mujer, la pianista Clara Wieck (en su nombre de soltera), tuvo que interrumpir una gira de conciertos por las alucinaciones del compositor alemán.

A pesar de la mente atormentada de Schumann, la Sinfonía tiene un carácter optimista. Él mismo declaró: “Es la resistencia del espíritu lo que aquí́ se manifiesta, en la lucha contra mi estado de salud”.

La obra del romántico alemán está repleta de referencias a otros grandes compositores. La pueblan destellos de Mozart, Bach o Mendelssohn. En su contrapunto, en la melodía del maravilloso Adagio o en las voces de las cuerdas se percibe el peso de la historia de la música.

La lectura de Hernández-Silva no fue romántica en exceso, pero sí consiguió extraer de la Sinfonía su brillantez. Así en el Scherzo, arriesgando en los cambios de tempo o de matices, con las consecuencias que ese riesgo conlleva: momentos de imprecisión en el ritmo o la afinación en la parte delicada de los violines, especialmente en el último movimiento.

En general, la sección de cuerda respondió sobradamente en los pasajes de contrapunto o de homofonía y los solos del viento madera (oboe, fagot y clarinete en el Adagio espressivo) fueron nobles y bien ejecutados.

La Sinfonía nº 2 rezuma optimismo y fue el contrapunto de Schumann para su enfermedad. Prokofiev desafió con su Concierto para piano nº 2 lo que después se convertiría en el canon de la composición soviética. El navarro Remacha superó su etapa de aislamiento en la dictadura hasta ganar otro Premio Nacional de Música en los últimos años de su vida. Para los tres, la música fue la vida misma y su refugio.

FICHA

Viernes, 11 de enero de 2019 a las 20:00 h. en el Auditorio Baluarte. Sexto concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Director: Manuel Hernández-Silva (artístico y titular)

Solista: Kun-Woo Paik, piano

Programa:

Cartel de fiestas, de Fernando Remacha (1898-1984)

Concierto para piano nº 2 en Sol menor, Op. 16, de Serguéi Prokofiev (1851-1953)

Sinfonía nº 2 en Do mayor, Op. 61, de Robert Schumann (1810-1856)


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