Opinión / Desde Baluarte

Gergiev y el Orfeón vuelven a Baluarte

Por Ana Ramírez García-Mina 21 Marzo, 2019 - 9:23

Crítica del concierto de "La condenación de Fausto" interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinski y el Orfeón Pamplonés.

Valery Gergiev durante el concierto de "La condenación de Fausto" interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinski y el Orfeón Pamplonés. FOTOS: IÑAKI ZALDUA - BALUARTE
Valery Gergiev durante el concierto de "La condenación de Fausto" interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinski y el Orfeón Pamplonés. FOTOS: IÑAKI ZALDUA - BALUARTE

“¿Qué mayor inutilidad que unir unos ruidos con otros ruidos que no expresan directamente nada y que pueden ser interpretados de mil distintas maneras según el estado de ánimo de quien los escuche? ¿A quién alimenta eso? ¿A quién abriga? ¿A quién cobija? ¡A nadie!”.

La protagonista de Los renglones torcidos de Dios razonaba así por qué la música le parece la más grande de todas las artes. El personaje creado por Torcuato Luca de Tena no concebía la figuración en los sonidos, las melodías que pudieran referirse a una realidad externa como los cuadros o la poesía. Para ella, todo en la música es intelecto o espiritualidad.

Es cierto que los ruidos que vibran en el aire, por mucho mundo que quieran plasmar, nunca tendrán el rigor documental de la pintura, la literatura o el cine. Y eso es lo mejor. Hector Berlioz fue uno de los compositores románticos que apostó por la fusión de la música y la narrativa. En su Condenación de Fausto, la abstracción del sonido no es un obstáculo para bucear en la historia; es su mejor arma.

El ejército de militares que se acerca, la taberna abarrotada, los caballos negros de Mefistófeles cabalgando y, finalmente, el infierno. De la composición de Berlioz emanan imágenes continuamente. La interpretación de la Orquesta del Teatro Mariinski y el Orfeón Pamplonés en el Auditorio Baluarte fue prueba de ello.

En el 150 aniversario de la muerte de Berlioz, Valery Gergiev regresa al Auditorio con La condenación de Fausto: una obra de dos horas delicadísimas en las que la intención lo es todo. Su batuta es peculiar y puede resultar incomprensible desde las butacas, pero la respuesta de la orquesta fue extraordinaria. Gergiev supo fraguar un efectismo calculado, un diálogo real entre las secciones, un carácter para cada escena.

La Orquesta del Teatro Mariinski funcionó con exactitud y mantuvo en todo momento la tensión de la trama y del director. Las intervenciones solistas de viola en la canción del Rey de Thule empastaron con la mezzosoprano a la perfección.

La interpretación del Orfeón Pamplonés tampoco quedó atrás. Aunque el timbre de las sopranos destacara demasiado a veces y se escucharan titubeos en algunas entradas del coro, el resultado general fue más que notable.

Los momentos más delicados de la obra se resolvieron con creces: la fuga burlona de los hombres en la taberna, los gritos de niños y mujeres a las puertas del infierno o la redención para el alma de Margarita en el final de la obra. El Orfeón Pamplonés respondió con altura a las indicaciones de Gergiev.

El tenor Alexander Mikhailov encarnó a Fausto. El protagonista de la obra posee un gran arco de evolución, comienza al borde del suicidio y termina vendiendo su alma por amor. Esta transformación no se percibió del todo en la interpretación de Mikhailov, excepto en diálogo con otras voces. Aunque su Fausto fue correcto, quizá una falta de colocación hizo que la orquesta llegara a tapar su voz.

La Margarita de la mezzosoprano Yulia Matochkina fue equilibrada en sus cualidades: expresiva sin excesos, con una proyección más que suficiente y una técnica cuidada. A dúo con Mikhailov, contagiaba su intención al tenor y alcanzaba los momentos álgidos de la noche.

El barítono Mikhail Petrenko interpretó a un Mefistófeles menos aterrador de lo habitual. Su proyección fue indiscutible y, de los cuatro solistas de la noche, resultó el más arriesgado en su actuación. En general el resultado fue estupendo, pero el barítono cojeó en los puntos que requieren solemnidad para infundir terror. Merece una mención el Brander del bajo Oleg Sychov, que posee una voz más interesante que lo requerido por el pequeño papel.

La unión entre Valery Gergiev y el Orfeón Pamplonés se consolida en este nuevo encuentro, y ojalá las paradas en Pamplona se conviertan en una tradición para la gira de la Orquesta del Teatro Mariinski. El año pasado, con la cantata Alexander Nevsky de Prokofiev. Esta temporada, con una obra todavía más exigente para el coro.

Puede que uno de los grandes aciertos del Fausto de Berlioz sea su epílogo. Para representar la entrada al infierno, el compositor francés emplea un coro masculino cantando en un idioma incomprensible y demoníaco.

Los condenados reciben a Fausto, que grita de horror por el engaño de Mefistófeles. El protagonista observa esqueletos bailando a su alrededor, gritos de mujeres y niños, una lluvia de sangre, las trompetas de la muerte… 

Pero el momento más terrorífico de la obra llega cuando “el infierno se hace silencio”. Berlioz detiene el estruendo de la orquesta y un coro solitario canta al misterio del horror bajo la tierra. Paradójicamente, el compositor no propone una imagen para el castigo de Fausto: que cada cual le dé el suyo. A veces, la abstracción puede ser aterradora.

FICHA

Sábado 16 de marzo, a las 20.00 h. en el Auditorio Baluarte. Concierto enmarcado en la temporada de la Fundación Baluarte.

Orquesta del Teatro Mariinski y Orfeón Pamplonés.

Director: Valery Gergiev. Director del coro: Igor Ijurra.

Programa:

La condenación de Fausto, de Hector Berlioz (1803-1869).


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