Opinión / Desde Baluarte

Crónica del recital 'Recordando a Debussy'

Por Ana Ramírez García-Mina 05 Enero, 2018 - 9:53

Para recordar al impresionista francés, Claude Debussy, el pianista italiano Stefano Ruiz de Ballesteros ofreció un recital en el Nuevo Casino de Pamplona.

Crónica del centenario de Debussy
Crónica del centenario de Debussy

FICHA:

30 de diciembre, sábado, a las 19:30 h. Sala del Nuevo Casino Principal. Recital “Recordando a Debussy” del pianista Stefano Ruiz de Ballesteros con motivo del centenario de la muerte del compositor francés.

Programa: Selección del primer libro de Préludes de Claude Debussy (1862-1918) Cinco preludios, op. 15, de Alexander Scriabin (1872-1915) Balada n. 1, op. 23, y Scherzo n. 2, op. 31, de Frédéric Chopin (1810-1849)

La Historia del Arte posee algo de coreografía. Los primeros pasos, torpes y oxidados, se van convirtiendo en un ballet saturado de convenciones estilísticas. Y en ese salón de proporciones áureas, uno se atreve a mover el pie cuando no toca. Otro, a reírse de los cánones. El de más allá, a cambiar el compás. Entonces se vuelve al óxido de los primeros pasos, siempre heridos de burla e incomprensión.

El pintor manierista Giorgio Vasari acuñó el término “Gótico” para referirse despectivamente (godos, bárbaros) al arte comprendido entre los siglos XII y XV. La palabra “Barroco” deriva del sustantivo “barrueco”, perla con taras y deformidades. El Impresionismo como movimiento comenzó en 1874, cuando el crítico de arte Louis Leroy acudió a una exposición de pinturas de Claude Monet. La humedad marina y el amanecer de uno de los cuadros, Impresión, sol naciente, provocaron las burlas de Leroy, que escribió un artículo titulado “La exhibición de los impresionistas”.

Aquellos fueron los primeros pasos de la corriente de los Nenúfares o La catedral de Rouen. En la música, su máximo representante fue Claude Debussy, de cuya muerte se cumplen ahora 100 años. Para recordar al impresionista francés, el pianista italiano Stefano Ruiz de Ballesteros ofreció un recital en el Nuevo Casino de Pamplona.

En primer lugar, el músico interpretó los Cinco preludios, op. 15, de Alexander Scriabin. Las obras para piano del posromántico ruso son una herencia de los 24 preludios de Frédéric Chopin. En forma y sonoridad, los pequeños Preludios son fundamentalmente líricos, aunque el lenguaje personal y cromático de Scriabin comienza a florecer en los dos últimos.

Ruiz de Ballesteros confeccionó las cinco obras con una profundidad que quizá no se correspondió con la capacidad del piano, un ejemplar de principios del siglo XX. De todos modos, los Preludios de Scriabin se desarrollaron con una sensibilidad acertada y cercana a la que después se escucharía en la Balada y el Scherzo del romántico polaco. En el más virtuoso de los Preludios, el segundo en Fa # menor, la técnica de Ballesteros fue solvente, aunque perjudicada por la sequedad del piano.

Después, la cumbre del Impresionismo musical: los Préludes de Claude Debussy. El compositor francés quiso proteger la imaginación del intérprete sobre la narrativa o la descripción. Por eso, los títulos de cada Prélude no aparecen hasta el final de la obra. Después de tocar el último compás, se pueden leer entre comillas y con puntos suspensivos, como el ocaso y el mar en los cuadros de Monet.

La interpretación del pianista italiano evolucionó con los Préludes. En el primero, “Le vent dans la plane” (“El viento en la llanura”), Ruiz de Ballesteros se mostró algo titubeante. Los planos sonoros de la pieza, tan importantes en la música impresionista (en la que el pedal del piano es “una especie de respirar”) no resultaron empastados.

Sin embargo, en “Ce qu’a vu le vent d’ouest” (“Lo que ha visto el viento del oeste”) el músico fue enérgico y brillante, para desembocar en “La fille aux cheveux de lin” (“La chica con los cabellos de lino”). Consciente de la naturaleza del preludio, Ruiz de Ballesteros muestra con serenidad los contrastes entre los distintos modos y escalas que acompañan a la misma melodía arpegiada de Debussy.

Sin duda, las dos últimas piezas, “La sérénade interrompue” (“La serenata interrumpida”) y “Minstrels” (“Juglares”) fueron las mejores de la noche. La técnica del pianista fue rotunda y solvente en dos de los preludios más complejos y célebres del Primer Libro. La interpretación fue acertada, con el carácter que las escalas frigias (típicas en la música española o flamenca) requieren.

Por último, Ruiz de Ballesteros ofreció la Balada n. 1, op. 23, y el Scherzo n. 2, op. 31, de Frédéric Chopin. Los 24 preludios del compositor polaco fueron una influencia fundamental para los de Scriabin y Debussy. Su forma de usar el pedal y su expresión lírica se adaptaron a las peculiaridades del piano. El músico italiano mostró aplomo tanto en su articulación como en su registro romántico. Como propinas, Playing love de Ennio Morricone y el Preludio en Fa mayor de George Gershwing.

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