Blog / Capital de tercer orden

Y vio el cadáver de Rivera pasar

Por Eduardo Laporte 11 noviembre, 2019 - 21:34

En las elecciones posmodernas no queda claro quién gana pero sí, al menos en estas, quién fue el mayor derrotado. Ni en sus mejores sueños podía esperar Sánchez tal regalo del destino.

Pedro Sánchez celebra los resultados del partido durante la noche electoral del 10N. EUROPA PRESS
Pedro Sánchez celebra los resultados del partido durante la noche electoral del 10N. EUROPA PRESS

Parece que fue hace un año cuando escribíamos desde la sede de Ciudadanos, ese partido llamado a dirigirse a la España normal que entonces era todo risas y jacarandas. Pero tal ha sido su escoramiento hacia otro tipo de españas, más estridentes y murcianas, que su electorado le ha dado la espalda.

O bien para irse a la marca de la derecha original o bien para entregarse a la opción pata negra del españolismo de aluvión. Y, mientras, de aquellos joviales 57 escaños —era abril, el verano por delante, un horizonte con la Moncloa de fondo—, al descalabro inapelable. Alguien decía en la radio que se estudiará en los libros de Historia como ejemplo de debacle política. De 57 a 10 en seis meses y medio.

Cuando me acerqué a Ferraz, el 10N, pasadas las once y media a ver qué decía Sánchez, ni el propio candidato socialista podía imaginar un final tan cruel para su enemigo político. Quizá por eso su discurso fue tan ramplón, tan chulesco, tan de quien sabe que aunque la suerte esté muy cotizada quizá él tenga un boleto más que el resto. El quinto de los cinco ‘Reúnas’ de la tómbola para el frasco de yemas de espárrago del menú de gobierno. También dijo alguien que ‘contra Vox’ Sánchez se crecerá, mientras el PP —y esto lo digo yo—, se encogerá, porque entre las derechas está como feo leerse la cartilla, lo que colocará a Casado en una incómoda tierra de nadie de la moderación centrista recibida como premio de consolación.

Hacía un frío nuevo en la ciudad, mezcla de noche saharaui y humedad de Nueva Inglaterra, cuando me mezclé en algo que, como diría Javier Krahe de su público, me pareció una considerable ‘poquedumbre’. Muchas chicas jóvenes, que explicarían no pocos escaños de los 120 logrados. «Hemos venido porque vivimos cerca y para apoyarle a él, faltaría más». A pesar de ese jersey granate sacado de los años sesenta del armario de Zipi y Zape, y de esas chaquetas que parece siempre le quedan cortas, Sánchez causa su reseñable sensación entre la juvenalia electoral con sus andares de Geyperman y su voz de presentador antiguo. También seduce, como chico previsor, incluso a las votantes futuras; hablé con un par que me reconocieron con dolor que «eran de noviembre» (de 2001), por lo que aún no podían darle su voto. Me recordó también a aquellos animadores socioculturales de las barracas de Pamplona que sorteaban La Chochona y animaban al respetable a participar.

«¿Pero me vais a dejar hablar? Ha, ha, ha».

Africanos vendiendo banderas de España a tres euros, «bandera, tres euros, bandera tres euros», la reportera portuguesa que resumió los malos de España en un minuto, una chica que soñaba con pasar a la historia gráfica de España con su cartel de «Sánchez, a la tercera nos vencerán. No seas cómplice», y señoras que comentaban la jornada electoral con mensajes de wasap en Arial 50.

La noche cae fría bajo la luna casi llena y aquello me recuerda a la Cabalgata, a los porches del Iruña. ¡Que viene, que viene, eh, eh! Y llega, yeah, The President, Now, Now, Spain, Now, Government. Is He. He-Man. El hombre. Coge el micro y nada de gracias por venir, un domingo de noviembre casi a la medianoche, qué va. Nada de gracias por aguantar seis meses de desgobierno con los presupuestos de Montoro aún a cuestas. Nada de nos vimos forzados a repetir elecciones, a nuestro pesar, conscientes de los perjuicios que ocasionábamos a la ciudadanía. Nada de nos encontramos con un bloqueo político que nos llevó a un callejón sin salida. Ha sido duro y esperemos que haya merecido la pena. Nada de eso. Nada de autocrítica por perder casi un millón de votos. O permitir que Vox pase de anécdota estrafalaria a ser una quinta parte del Congreso.

En lugar de eso, ya lo he dicho, un discurso de todo a cien de la oratoria, entre formal y sobrao, que sólo las ganas de irse a su presidencial hogar a descansar de una vez pueden justificar. Cuando despertó, Albert Rivera ya no seguía allí y Sánchez sonrió frente al espejo. Siéntate a la puerta de tu casa y verás a tu enemigo pasar. Ya había conseguido todo lo que se proponía. El 10N fue el único ganador, junto con Abascal. Quizá ahora, logradas sus prioridades, se empiece a ocupar de España.

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