Blog / Capital de tercer orden

Ciudadanos o la España normal

Por Eduardo Laporte 30 abril, 2019 - 9:08

Una noche (electoral) en la ópera de Rivera y los suyos me confirma que un partido sin grandes emociones también puede prosperar en el país de las pasiones

El líder de Ciudadanos Albert Rivera (c), junto a Inés Arrimadas (i), valora los resultados electorales, este domingo en la sede del partido en Madrid. EFE/Chema Moya
El líder de Ciudadanos Albert Rivera (c), junto a Inés Arrimadas (i), valora los resultados electorales, este domingo en la sede del partido en Madrid. EFE/Chema Moya

David Jiménez, en su jugoso libro ‘El director’, donde narra su agridulce etapa como mandamás de ‘El Mundo’, siempre soñó con un periódico independiente y abierto,  insobornable, tolerante con todas las ideas y que apostara por las grandes historias. Lo llamaría ‘El Normal’.

Quizá Ciudadanos sea lo más parecido a un partido ‘normal’ que tenemos en España, aunque luego se les escapen tics no tan normales, como esa tirria barra odio, muy normal por otra parte, que Rivera le ha cogido a Sánchez, que es el rechazo de los competitivos que ven cómo pierden el partido a última hora, y Rivera lo es, competitivo, cosa por otra parte muy normal. A mí no me gusta ser competitivo. Excepto cuando gano.

Por aquello de tocar pelo político, me dejé caer en la sede de Ciudadanos, que es un edificio no muy normal, la verdad, tirando a espectacular, a tiro de piedra de Las Ventas, en la noche electoral. Ya desde fuera se nota potencial económico —el pastizal que pueden pagar y pagamos por tamaño inmueble podría sacar de la pobreza a varios países subsaharianos— y más que una sede política, las oficinas centrales me hicieron pensar en una clínica de cirugía estética de lujo.

No he estado en muchas sedes políticas, pero la de Ciudadanos me recordó más, ya digo, a  la sede de la Clínica Barbieri, operación de miopía con láser en una cómoda sesión, que a un lugar donde se cuecen ideologías. Espacios amplios, blanco nuclear tan sólo roto por los toques naranja Repsol en cuadros con fotos enmarcadas, algunas con tan poca épica como la de Villegas, con su aspecto de político normal, como normal es también Ángel Garrido, que se dejaba agasajar como estrellita de rock en ciudad de provincias, con su aspecto de doble de luces de actor de loción contra las canas, muy normal también.

¿Qué más? Alguna cita con aroma plagiario («Imposible es sólo una opinión») y un gran espacio central que se abre bajo un lucernario donde vemos las varias plantas de la sede, despachos y más despachos, del te pongo un pisito al te doy un despacho, donde descansan unos globos sobre una redecilla. Si los resultados acompañan, caerán bajo el júbilo naranja, como el confeti previsto a la salida en un mitin callejero que recuerda más a la estética de los combates de pressing catch de Telecinco que a un partido ubicado en tan taurino barrio. De fondo, suena Phil Collins. Lo normal.

Entre las nueve y diez de la noche, se empieza a notar cómo sube la temperatura (y desfilan las bandejas del cátering a la sala VIP, detrás de un monitor enorme) y se cantan los escaños como si fueran líneas de bingo. ¡54! ¡56! Pocas alegrías más normales, por otra parte, porque uno se puede alegrar por el gol de su equipo, que no es más que algo invisible, pero un escaño es otro de los tuyos que se ha colocado en la mullida silla del Congreso durante al menos cuatro años de saludable remuneración estatal. No me gustaría estar en el pellejo de Casado, que podría dedicarse ahora a las dietas milagro, véase esa impresionante ‘dipusucción’ que le deja con 66 tristes parlamentarios.

Está bien lo normal, las sonrisas profidén del líder cuando por fin salió (se hizo de rogar) a recibir a un grupo nutrido pero pequeñito de seguidores entregados a su limpia retórica de ‘runner’ que en noviembre cumple los cuarenta. Qué telegenia la del líder, como la de Begoña Villacís, embarazadísima y sonriente ella, en un encuentro con el electorado en la calle que bien podía ser el discurso de los directivos en esas jornadas en Peñíscola para celebrar con los empleados los buenos resultados del último ejercicio.

VALORES DAFO

«Haremos una oposición leal a la economía de mercado», clamó el bronceado Albert en uno de los eslóganes más normales y por tanto más poco ilusionantes que he escuchado jamás. Diré también que la primera bandera española que apareció por la sede fue ya pasadas las diez y apenas fueron dos o tres. Nunca he estado en la sede del PNV, pero imagino que no habrá un centímetro cúbico sin ikurriñas en jornadas como ésta.

¿Qué ofrece Ciudadanos? Normalidad. Una derecha moderna. «A ver si hacen algo», me respondió un ciudadano cualquiera que parecía sacado de una viñeta de Forges, con alientazo a vino de brik, pelo peinado con su propia grasa y aficionado taurino. Se levanta de madrugada para abonos y los vende más tarde en las taquillas de venta autorizada, un 20% más caras como es de ley. Que no hicieran cosas raras y que no le tocaran los toros, parecían ser sus prioridades. Al verme con la acreditación, y al responderle yo que era «de seguridad», un poco hasta las cejas de esperar al rutilante Albert tras cinco horas en su casa, me pidió un pin del partido. Luego se fue al César, el bar de José Tomás, cuyas entradas, me dijo, vende por mil pavos cuando tal. La España no tan normal. Las mil españas.

A mí no me desagrada que el personal vote sin el flipamiento sectario de la ideología hecha credo religioso ortodoxo. No me molesta que se apueste por unos tipos bien que exudan normalidad, esa normalidad española como de Antena 3, que encarnan periodistas como Albert Castillón, ahí presente por cierto, y que compran yogures Pascual, preparan masa de croquetas los domingos y tienen una cenefa con frutitas en la cocina. No me desagrada esa España que gasta traje de sombras de lunes a viernes y desprende un triunfo a agente inmobiliario de la zona de Tetuán; no me desagrada, pero tampoco me ilusiona. Veo gestores de cuentas de resultados, pero no ese liberalismo que es más un espíritu —a Chaves Nogales y su tercera España me remito— que una estrategia. La vida como modelo de negocio puede ser normal, pero le falta algo: el alma. O sea, unos valores más allá de ir a la contra: contra los indepes, contra Sánchez. Un amigo me confesó hace poco que abandonaba el partido por no comulgar con esa política de sumisión al líder. El arribismo hecho filosofía. Arriba España.

Dicho esto, más vale normal conocido, con su solvencia intelectual, que iluminado peligroso por conocer. Enhorabuena por esos 57 escaños y gracias por los canapés.

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