Blog / Capital de tercer orden

Ser 'flâneur' en Pamplona es fácil (si sabes cómo)

Por Eduardo Laporte 07 septiembre, 2020 - 23:42

José Castells Archanco demuestra que la capital navarra, si uno se pone las gafas adecuadas, ofrece al curioso paseante un sinfín de sorpresas.

Una imagen nocturna de la ciudad tomada por el autor del libro junto a la portada de "El rincón del paseante".
Una imagen nocturna de la ciudad tomada por el autor del libro junto a la portada de "El rincón del paseante".

Este verano que ya acaba, mi amigo Mikel (Elizalde), churrero de la Mañueta y pelotari a partes iguales (se es churrero siempre, aunque se ejerza sólo unos días al año), me regaló ‘El rincón del paseante’, con las crónicas pamplonesas de Patricio Martínez Udobro. O lo que es lo mismo (je es un autre), José Castells Archanco, suerte de hombre del Renacimiento hiperlocal que toca varios palos y además con arte. Lo demuestra con las estupendas fotos que sube a las redes, pero también con su mano para la cocina de La Fogoneta, Culibar, del que sólo me han llegado buenas reseñas, y ahora con la pluma.

Hombre de prejuicios, no mostré gran entusiasmo ante el inesperado presente. Quizá esperaba encontrar textos tirando a costumbristas para una parroquia pamplonesa que me quedaría lejos, así como diálogos algo pereza con la charcutera del mercado, el castañero de Comedias o la dependienta de la librería Egoki, yo qué sé. Pero cuál fue mi sorpresa al dar no sólo con unos textos llenos de rasmia, que diría Chus Luengo, y una voz simpática que no campechanota, albardado todo ello con una erudición amable que ayuda a fijar todas esas cosicas sobre nuestra gloriosa ciudad que, como un frito de pimiento con un Inurrieta, pues entran muy bien.

Publicado en una excelente edición de factura propia, ‘El rincón del paseante’ debería estar, así te lo digo, como las recetas de Geno, presente en todas las casas de aquel que viva en Pamplona, así como el que exiliado que la añore por las noches. No sólo por esa vocación sanamente didáctica que hay en sus páginas, o por el amor a la ciudad que transmite quien ha vivido en ella 62 años, sino por el compendio de la pamplonitud, o pamplonología, que el libro representa. Arazuri, Ángel Mª Pascual o y demás cronistas de la villa estarían orgullosos de este volumen que guardaré con posesivo celo.

También porque, leyendo las andanzas de Martínez de Udobro, a uno le sobrevienen renovadas ganas de echarse a la calle, sea en Pamplona o en el Húmedo de León. Decía Louis Huart en su ‘Fisiología del flâneur’ (1841) que ese paseante ocioso y solitario (definición rápida del ‘flâneur’) es un «mortal virtuoso» y que hay mucho que se dice ‘flâneur’ pero en realidad no es sino un falso ‘flâneur’, incapaz de dar más de veinticinco pasos seguidos sin sentarse en un banco a la espera del almuerzo. Porque ese andarín libérrimo se caracteriza, entre otras cosas, por «no pensar en nada», y por tanto no pensar en nada malo.

El alter ego de Castells Archanco sale de su escondrijo en el Segundo Ensanche y parece que no piensa en nada y, por tanto, deja que el paisaje se pose en él, nunca mejor dicho en cuanto al poso que deja esa excursión. Este tipo de caminante urbano está abierto a la aventura, por eso es un viajero y no un turista, y la aventura tampoco te convierte en Indiana Jones sino que te define como alguien despierto y dispuesto a interactuar con lo que te salga al paso.

Puedo decir que he leído el libro un poco así; abriéndolo al azar y dejándome sorprender y, como en los buenos paseos, siempre te llevas algún detalle valioso. Ayuda también a refrescar esos conocimientos que nuestra educación errática situó de manera nebulosa en algún rincón de la memoria. Como cuando habla (en ‘De viajeros, vida y opiniones’) de la ubicación del ayuntamiento, sito ahí desde 1423, cuando el Privilegio de la Unión, dictado por Carlos III el Noble, «lo señalaba como lugar idóneo por estar en tierra de nadie y equidistante a los tres núcleos de población que se acaban de unir». Luego se refiere a Navarrería como «la ciudad», a San Nicolás como «la población» y a San Cernin como «el burgo», aspecto este que me gustaría que me aclarara. Qué poco sabemos de aquellas protociudades, de aquel tridente urbano tan cercano y enfrentado, de esa Pamplona prepamplonesa, embrionaria. ¿Cuál es tu burgo favorito? Qué dices, tío pelma.

Qué poco sabemos de todo y qué bien vienen libros como el José Castells Archanco para paliar esa enfermedad crónica que es la ignorancia. Lo repito: compren este libro (en Walden, por ejemplo, que lo luce elegante en su escaparate) y déjense de best-sellers ramplones. Impreso en mayo de 2020, su destino no puede ser otro que el de clásico moderno de las bibliotecas navarras. Metan, pues a este paseante en su rincón —la librería— y denle cancha alguna vez abriendo sus páginas al azar.

Por seguir cantando sus alabanzas, el autor se atreve a mezclar erudición con expresiones espontáneas contemporáneas («puto móvil»), así como con retazos de arqueología sentimental reciente del hiperlocalismo que bien valdrían una misa. Ahí estás las menciones a Radio Far, Casa Cambra, Café Cream, Negro Zumbón, la tintorería La Elegante (con ese logotipo fascinante y estelar), la tienda Maika y su menuda, algo enfurruñada, dependienta, supongo que llamada Maika (no lejana de aquella Endériz, donde comprábamos chucherías mil a pedir de boca, a dos entrañables viejecitos), la droguería López, Marpún (caza y pesca), el restaurante Mendi (ubicado en uno de esos puntos muertos pamploneses, aunque aún así sobrevivió años a base de bocatas), el bar Ona, el cine Rex, la tienda Saboya, el bar Atrio, Casa Arilla, Bazar J, Conocerte es Amarte Baby, El Sitio, y un largo etcétera. De sus cien entradas, subrayaría también una titulada ‘De Irigaray, Torrens y Vizcay’. Descanse en paz la segunda, la del txantxigorri de Proust y los «garbanzos de Fuentesaúco».

Como ya se dijo, el libro rezuma amor por la ciudad por los cuatro costados, pero sin caer en la empalagosez ni en el costumbrismo ranciete. Además, es una obra que alimenta nuevas lecturas, un libro muñeca rusa en el que se rescatan referencias interesantes, como ese Pamplona y los viajeros de otros siglos, de José María Iribarren.

Ser flâneur en Pamplona es fácil, si sabes cómo. ¿Y cómo? De la mano de José Castells Archanco y su alter ego Martínez de Udobro.

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