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Blog / Capital de tercer orden

Pamplona: la magdalena proustiana de Victor Hugo

Por Eduardo Laporte 29 noviembre, 2016 - 0:55

El célebre escritor francés dejó constancia en un diario de un paso por la ciudad que, si bien breve, dejó una huella honda en su espíritu.

victor hugo y pamplona
Víctor Hugo y Pamplona.

Victor Hugo, el mayor escritor francés, valga la redundancia, del siglo XIX, estuvo en Pamplona en pleno siglo XIX y ni tú ni yo lo sabíamos. Como tampoco sabías, y esto yo sí, que Robinson Crusoe, el personaje ficticio de Defoe, estuvo también en la capital navarra en la ficción de su novela. Era octubre de 1687 y había caído una gran nevada en la única noche que pasó el futuro náufrago en la ciudad.

Había unas 30 posadas, dijo aquí nada menos que Rafael Sánchez Mazas, lo que contradice lo que diremos a continuación. Porque a continuación diremos lo que señala Victor Hugo (1802-1885) sobre la actividad hostelera de la vieja Iruña: «En Tolosa y Pamplona, la fonda no tiene nombre ni muestra. Se llama simplemente la fonda: lo que indica claramente que es la única».

El autor de ‘Los miserables’, que se pegó sus buenas horas en la catedral, no sabemos qué Pamplona vio, pero cabe poner en tela de juicio su olfato para seguir el rastro del vino. Como extraño resulta pensar en que la misma y gloriosa ciudad sin presuntas fondas sería la que décadas después explotaría en la que sería la fiesta más desenfrenada del mundo, que no es otra que los Sanfermines.

Porque Victor Hugo llega también en la calma chicha de agosto, concretamente en 1843 (y no en vísperas, si me permite Miguel Sánchez-Ostiz que le corrija el dato extraído de esa joya de la pamplonología que es ‘Última estación, Pamplona’ [Pamiela]), donde es probable que toda fonda o mísera casa de vinachos estuviera cerrada a cal y canto.

Son apenas tres días los que pasa el ilustre escritor en la ciudad siendo apenas un cuarentañero, aunque la hiperestesia que rezuman sus páginas nos muestra un espíritu poco menos que veinteañero. Esa sobreexcitación cafeínica que le hace extasiarse con cualquier detalle y que te hacer ver el mundo poco menos que entre constantes exclamaciones. ¡Ha llovido! ¡Ha salido el sol! ¡Menudos garbanzos!

Feliz descubrimiento el de ‘Pamplona’, sobrio título que Victor Hugo dio a estas páginas diarísticas que la editorial Casimiro publicó recientemente. Se publicaron originalmente en 1890, cinco años tras la muerte del aclamado autor (a su funeral acudió más gente que a un concierto de Justin Bieber) y podrían haber sido más páginas si el viaje de verano no se hubiera truncado tras la muerte de su hija, ahogada en el Sena.

CRISTIANA Y ESPAÑOLA

Hay que preguntarse por qué estas cosas no se nos enseñaban en el colegio, institución a veces pensada para ensañar, más que el primer verbo y ejemplar verbo. No sé si las ikastolas actuales tendrán interés en rescatar estas hermosas páginas, pues la imagen que se traslada de la Pamplona dudo que sea el gusto de algunos de los redactores de las verdades oficiales del nacionalismo euskalerricoizante, lo cual, cómo no, es una pena. Si los profesores de dichos centros tienen la misma sensibilidad que los propietarios de la, ay, la Taberna Vienes (así, sin tilde), en cuyo antiguo y extinto Café Vienes colgaba por cierto un estupendo cartel de ‘La maison de Victor Hugo’, mal vamos.

Porque en dicho librito, leemos cosas como «Pamplona es la ciudad cristiana más antigua de España», cosa por otra parte no resulta descabellada, pues no en balde eligió san Josemaría Escrivá de Balaguer este feudo para fundar su imperio religioso y no por ejemplo Salou. «Esto es, realmente, la verdadera España», dice Victor Hugo el 11 de agosto de 1843, cuando le da una especie de síndrome Stenhal, o síndrome Proust y su magdalena, al percibir la España de su infancia (su padre estuvo al servicio de José Bonaparte en Madrid) reconcentrada en la primera carreta de bueyes que vio entonces.

Se ve a sí mismo en su pasado mágico de la infancia y recuerda su paso remoto por distintos rincones de la ciudad —imagino que parada obligada en los viajes entre Francia y Madrid—, para sorprenderse con el detalle nuclear de un viejo postigo, recuperado en su memoria. «Este postigo estaba hace treinta años, sin que yo me diera cuenta de ello, en un rincón de mi pensamiento. Y he dicho: ¡Toma! ¡Este es mi viejo postigo!». La magdalena de Proust, en versión Hugo y además hiperlocal. Como lo lees.

Por qué no se estudian estas cosas, como lo de Crusoe, es algo que siempre me dejará perplejo. Habrá quien vea en ello un ridículo chovinismo. A saber. Porque lo cierto es que Victor Hugo quedó si no enamorado muy agradecido de sus días en «la ciudad navarra de la cual la casa Evreux ha hecho una ciudad gótica, de la que la casa de Austria ha hecho una ciudad castellana y de la que el sol hace una ciudad oriental». Y una frase que si las bodegas, oficinas de turismo o instituciones en general conocieran, usarían sin duda para sus labores promocionales, así que esperemos no salga de aquí: «Pamplona es una ciudad que da mucho más de lo que promete».

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