Blog / Capital de tercer orden

Café o taberna. Y tú, ¿de quién eres?

Por Eduardo Laporte 09 agosto, 2016 - 8:07

La conversión del antiguo Café Vienés, de espíritu centroeuropeo y refinado, en “taberna” se puede entender como un triunfo de cierta cosmovisión

Taberna Vienés, en la Taconera de Pamplona.
Taberna Vienés, en la Taconera de Pamplona.

Hace unos días veíamos el ‘fotoensayo’, ojo, de Pierre Gonnord titulado ‘Fuerza vasca’ en el suplemento dominical de Cebrián. Hombres bizarros, musculados por la acción de su vida ruda: hachas, yunques y corderos trasladados a hombros. El herri kirolak no es para damiselas con tutús de muselina.

Se levantan piedras que pesan lo que un toro, se cortan troncos de perímetros insondables, se tira de una soga hasta sangrar la mano. Se choca la pelota contra la pared desnuda, ‘la piel contra la piedra’, que decía el cineasta. El deporte vasco es la quintaesencia del minimalismo y también la máxima expresión de la fuerza, primahermana de lo bruto y, por tanto, lo tosco. ¿Es lo vasco tosco y bruto? Fijémonos en su tipografía, anchota,  lejos del alambicamiento palaciego de una letra inglesa, edwardian.

El caserío, con su propensión a lo romo, implica una manera de estar en el mundo. El olentzero es un carbonero de lo más profundo del bosque, tiznado, chato, nada que ver con el lujo oriental y estilizado de trajes estrellados y oblongas barbas de los Melchor y compañía. Los propios atuendos de ‘casherico’ con los que desde la irrupción de las ikastolas se viste a los niños en los días festivos constituyen un canto a lo costumbrista, a lo sencillo. No se les viste de Sarasate o de frac con chistera, como la corporación municipal en vísperas de San Fermín, lo cual no sería tan raro de asumir, habida cuenta de que en las comuniones los niños van de marinerito con galones y las niñas de novia en miniatura.

Habrá quien diga, emulando al controvertido Sarmiento del ‘Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas’ y metiéndose en un jardín considerable, maniqueo y seguramente tontorrón, que en Navarra sobrevuela la dicotomía entre lo refinado y lo sencillo, entre lo urbano y lo rural, entre lo burgués y lo popular.

¿También entre el café y la taberna? Es probable. Y como en la vida es complicada la convivencia armoniosa de dos opciones, sobre todo cuando cursan con soterrado conflicto, parece que toca elegir. Y en este caso, el personal parece haber elegido la taberna. Al menos, en lo tocante al Café Vienés tal-y-como-lo-conocíamos-hasta-ahora.

Un amigo me hace el favor de tirarme unas fotos de la ahora rebautizada, ay, como Taberna Vienés, por aquello de no dejarme llevar por mis prejuicios. Pero la realidad supera mis peores expectativas y aún tengo agujetas en mis delicadas retinas tras la visión del extinto Vienés, tal y como lo habíamos conocido. Mesas como de sidrería de polígono industrial, bidones de cerveza amontonados al fondo, donde antaño colgaba aquel evocador cartel de ‘La maison de Victor Hugo’, cerca de la cafetera dorada donde bebíamos tibios cafés ‘melange’ o copitas de Oporto en animada charla de corte filosificoide. Muerte de un café. ¿Dónde enviamos la esquela? Estoy muy triste. No era cualquier café. Era un puto oasis.

MUERTO ENTRE TODOS

A los desayunos de entonces, con su huevo pasado por agua, tartas caseras y zumos recién exprimidos, supongo que se habrá sumado una carta de bocata de txistorra y copazo de pacharán Zoco. Eso también, nos guste o no, es lo que somos. Café y taberna. Al Vienés de antes lo enterramos entre todos, así que tenemos la taberna que nos merecemos.

Las lecturas sosegadas de la prensa bajo el sol de la primera primavera con música clásica, siempre tenue, de fondo, se cambiarán por partidas de mus y reuniones de la cuadrilla. ¿Café o taberna?

Durante años, ese aspecto brutote que yo veía en la cultura vasca ancestral me generaba cierto rechazo. Lo veía como un mundo cerril y basto. Luego empecé a apreciar la belleza de una txalaparta, por ejemplo, y la pureza de ciertas formas, de ciertos hábitos. Descubrí al Picasso más interesado por las máscaras tribales que por evocar los salones parisinos del Segundo Imperio. Me interesaron más los carnavales de Lanz o el ritmo hipnótico de los ‘joaldunak’ en los desfiles de Ituren y Zubieta que una ópera de Verdi en el mismísimo Teatro Real. Caí en cierto menosprecio de corte y alabanza de aldea, seguramente para compensar ese yo finolis que escuchaba a Vivaldi, Händel y Battiato y le pedía a su madre corbatas sin haber cumplido los siete años.

Hoy creo que tanto el café y la taberna son compatibles, aunque cada uno tengamos una tendencia hacia uno u otro. Durante toda mi vida, fui un crítico pertinaz contra el grasabar, el bar Manolo de barra metálico y torreznos bajo las cámaras; hoy, sin embargo, y quizá por estar en vías de extinción, los defiendo como parte del patrimonio cultural español.

Bienvenidas sean las tabernas, la cuajada en su kaiku de madera de roble y las esencias de lo que perdura, como decía Perurena en aquella entrevista, pero, joder, ¿tenía que ser en el Café Vienés de la Taconera?

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