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Interludio vacacional

Por Eduardo Laporte 11 agosto, 2020 - 10:06

El periodo que dista entre unas vacaciones y otras, para quien pueda disfrutar de ellas, vale a veces más incluso que las propias vacaciones.

Una imagen de la localidad catalana de Salou, cerca de la plaza Venus, en los años 60. AYUNTAMIENTO DE SALOU
Una imagen de la localidad catalana de Salou, cerca de la plaza Venus, en los años 60. AYUNTAMIENTO DE SALOU

Mientras los medios ponen el acento en lo malo dentro de lo malo, siendo lo malo malo pero no por ello constitutivo de delito disfrutar de la vida, por el riesgo, como decíamos hace poco, de olvidarnos de vivir, aquí hablaremos de las cosas buenas, esas perlas en peligro de extinción que cada vez cuesta más rescatar de entre la mierda.

Como lo que podríamos llamar el interludio vacacional, ese periodo mágico que se sucede entre que te vas a la montaña y luego a la playa con el verano de telón de fondo. Personalmente, dado que no sabemos si habrá más veranos, he decidido vivir este verano sin verano —como aquel en que Mary Shelley ideó a Frankenstein en aquel villorrio suizo— como el mejor verano posible, con respeto, como cantaría Silvio, por los muertos de mi felicidad.

El mejor verano posible es el que te lleva a la infancia. Aunque quizá sea mejor incorporar la infancia a la vida, aquel niño, a la vida adulta. Es entonces cuando ese ingenuo pero lúcido chavalín te guiña el ojo desde su puertita del Ministerio del Tiempo, contento de que no lo mataras, de que entendieras de qué iba eso de hacerse mayor.

Te planteas ahora si acaso los veranos de la infancia eran felices porque te brindaban la hoja de ruta de los futuros veranos. Como si tuvieran algo de presagio de un camino a ratos laberíntico en el que, si ponías de tu parte, podrías salir airoso.

Quizá el periodo que va entre los quince a los cuarenta sea una suerte de interludio vacacional; un tiempo que en sí no vale mucho, puesto que estás fuera de los escenarios en los que te gustaría estar, pero que, siendo consciente de ello, adquieren entonces su valor. La infancia y la madurez como los periodos en los que uno verdaderamente es. El resto, ensayo, búsqueda, afilar el hacha, un vivir esperando, con el sueño como motor y paliativo.

El interludio vacacional en sí, en el orden recuperado de la ciudad, resulta más ligero porque no se espera nada de él. Y la espera, entre los dos extremos gozosos, sabe bien pese a la impaciencia. Basta con dejar que pasen esos días sin vocación de protagonismo, que saben bien precisamente por eso, por su insignificancia, por su digno papel de subalternos, de meros vehículos del tiempo sin complejos. Días mullidos. Como aquellos que sucedían entre la Nochebuena y el día de Reyes, otros dos extremos felices de la Navidad infantil que los luteranos bulímicos del regalo ipsofactual no entenderán jamás.

Me sorprendo gratamente al descubrir que aquellas dulces sensaciones no están reñidas con la edad adulta. Nadie nos robará el verano, aunque la última primavera a punto estuvo de ser secuestrada al completo. Se deja uno mecer en el agosto madrileño por el masaje sensorial de los recuerdos aún frescos del anterior viaje a Lanzarote mientras deja que se acerque la próxima fecha de partida a otro territorio de marcada huella sentimental: San Juan de Luz. Y qué pena que la felicidad ajena genere a veces envidia y no más felicidad, felicidad ajena propia. El zen así lo recomienda cuando habla de la alegría empática, que se manifiesta en la alegría por el éxito ajeno, leo en ‘Siendo nadie, yendo a ninguna parte’, de Ayya Khema. Nada más natural que nos duela el éxito de los demás, porque eso significa que no es el nuestro; pues bien, tratemos de dar la vuelta a esa naturaleza. No todo lo natural es bueno. Tirarse de cabeza por un acantilado escocés puede ser natural pero tampoco es bueno.

De niños íbamos muchas veces en el mismo verano, como buenos pamplonicas, a Salou. Mis abuelos tenían ahí un piso de dos plantas, dos terrazas, en el edificio Iris, y mi padre una tienda que llevaba nuestra tía Té. No éramos turistas al uso, sino una especie de saloutarras que nos dejábamos querer por aquellos que vivían allí todo el año. Como la Maribel de Melissa y sus increíbles cafés espumosos y aquellos Donuts verdaderamente frescos (nunca volví a probar ninguno igual). Por ahí desfilaban Pablo, Emilio, María, David, Carmen, Lorenzo, Ana y otros cuantos amigos, entre ellos varios exiliados de los rigores de Foralia.

El verano se disfrutaba entonces como un sabio equilibrio entre lo dionisíaco de la playa y lo apolíneo de nuestra capital de provincias, donde se podía dormir sin pegarte a las sábanas, sin mosquitos y sin arenas por los pliegues.

La felicidad adquiría un ritmo estable, casi sin esfuerzo, como sabe hacer el corazón, sístole-diástole, y el único nubarrón en el horizonte era el regreso a las aulas, a la lluvia y a ese invierno que duraba desde el cambio de hora que entonces era por septiembre hasta los primeros soles de mayo. En el colegio no nos enseñaron que el otoño era la estación más valiosa, aquella en la que se saborea lo vivido, como un largo e intenso interludio vacacional, sin dejar por ello de vivir.

Paladear esa sensación, revisitarla, que dicen los tuiteros, me ha dejado muy buen cuerpo, para qué te voy a engañar.  Sólo espero no me linche nadie por permitirme el lujo de ejercer mi derecho a la felicidad y para más inri manifestarlo públicamente. No tener lectores también tiene sus ventajas. ‘Siendo nadie, yendo a ninguna parte’. En buena hora compré ese título en una librería de segunda mano. 

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