Blog / Capital de tercer orden

Me he olvidado de vivir

Por Eduardo Laporte 05 mayo, 2020 - 7:30

Tras más de cincuenta días de existencia congelada, asumo que el tono vital es como el muscular: no se recupera tan fácilmente.

Una mujer cruza un paso de cebra en Pamplona durante la desescalada tras el confinamiento por la crisis del coronavirus. PABLO LASAOSA
Una mujer cruza un paso de cebra en Pamplona durante la desescalada tras el confinamiento por la crisis del coronavirus. PABLO LASAOSA

Cuando el Gobierno anunció que a partir de esta semana podríamos salir a la calle, incluso cortarnos el pelo, concertar cita con nuestro fisioterapeuta de cabecera, comprar pollo asado para llevar y hasta hacernos con un libro nuevo, pensé que la vida volvería a correr como la primavera.

El lunes salí de nuevo al caer el día, aprovechando esta suerte de permiso penitenciario. Nunca España vivió de un modo tan parecido al cubano. Recuerdo, en La Habana aún de Fidel, ese toque de queda cuando daban las doce. Las farolillas tenues no invitaban a quedarse mucho por las calles de Centro Habana, donde uno esquivaba al llegar a la casa de alojamiento cabezas de cerdo, colchones combados y alguna que otra rata. El pueblo obedecía lo que el líder dictaba. Más o menos. Las conversaciones, siempre en torno a lo que se podía o no se podía hacer. La policía, los CDR o Comités de Defensa de la Revolución, por todas partes, siempre prestos a poner la oreja delatora, como animaba el régimen. Mejor no jugar con ellos. Recuerdo una juerga que nos corrimos con unos tipos, y en un ínterin, el chaval con el que compartía ron y risas me enseñó el pistolón y una placa. No tanto para imponer sino por hablar de algo. Para enseñarme cómo era realmente ese país.

Lo nuestro han sido cincuenta días que no años, pobres hermanos cubanos, de privación de libertad. Más de cincuenta días en que hemos aprendido a vivir para adentro y en los que, incluso los privilegiados del confinamiento, hemos sentido que la pantalla del juego ya la habíamos pasado. Dice Pablo d’Ors en su ‘Biografía del silencio’ que hay que tener menos experiencias pero tenerlas de calidad. Viajar menos, hacer menos cosas, incluso leer menos, revolucionario consejo en tiempos de postureo literario. Porque ese frenesí de la cresta constante de la ola nos impide ver un fondo donde se alojan increíbles pececitos de colores. Nos afanamos por la velocidad de la espuma y sus excitantes cabriolas pero nos perdemos el espectáculo de la naturaleza bajo nuestros pies. Pues bien, también es hora de conocer nuevos mares.

Éramos nuevos todos, el Gobierno, ay, también, en esto de los confinamientos y las cuarentenas, y supimos más o menos cómo entrar, pero nadie nos ha enseñado cómo salir. Yo esperaba una cosa tipo chupinazo y jolgorio y resulta (de) que no. Se nos expulsa del relativo paraíso de nuestras casas a un escenario a medio gas en el que de momento apenas nos llega la carcasa, pues las aplicaciones nos resultan complicadas y burocráticas. Salimos a la calle como ovejillas timoratas y nos encontramos gente tan desnortada como nosotros que no entiende el paseo si éste no lleva a la puerta de un amigo, a la barra de un bar, a la mesa de un café en el que pasar un buen rato con un libro y un café.

Todo eso llegará, pero lo preocupante es lo poco a que nos sabe, a mí al menos, esta existencia recuperada en monodosis. Entiendo que dejará de preocuparme cuando pienso que la vida es una droga a la que hay que volver poco a poco a engancharse. Nos sometimos a un programa forzoso de desintoxicación vital y hemos perdido el gusto, el hambre, el deseo. La alegría de vivir, vaya, que cantaba el visionario, DEP, Rafael Berrio. El paseo se convierte entonces en un divagar sin rumbo, porque la vida ahora mismo no tiene rumbo. Entonces nos atraviesa una incómoda punzada: la de ser portadores de una tristeza asintomática para la que no existieran tests. Y de la que pudiéramos contagiar y ser contagiados. Quizá mañana se consolide la figura del tipo que no se quitó jamás la mascarilla para ahorrarse el sonreír.

No hay jolgorio, no hay chupinazo posible. Lo ves en las ventanas, en los grupos tímidos de vecinos que se atreven a hablar haciendo un poquito de trampa; nos han robado el mes de abril, nos han robado la vida de miles de seres queridos que murieron como jamás deseó, imaginó, nadie, y el músculo vital tardará más de lo previsto en recuperar ese tono, pues las leyes del duelo son inescrutables, tan misteriosas que declararse racionalista es la mayor carta de estupidez posible. Mientras, no sabemos si somos futbolistas retirados, delanteros lesionados como el Chimy Ávila ansiosos por volver a marcar, o alevines con talento que no saben si algún ojeador se fijará en ellos nunca.

Me he olvidado de vivir, pero tendría delito no hacer un esfuerzo mnemotécnico de aquí  en adelante. Agentes de la autoridad que en ocasiones se han extralimitado en sus funciones, pónganme un multón si eso sucediera.

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