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El museo que nadie en España se atreve a crear

Por Eduardo Laporte 31 enero, 2017 - 7:00

Pamplona padece una sobredosis de museícos aquejados de un mal común: la ausencia de espectadores. ¿Y si inventamos uno potente de verdad?

montje guerra cvil
montje guerra cvil

La mayor performance sobre la soledad se encuentra en la Ciudadela de Pamplona. Con un horario más breve que un recital de haikus, atreverse a desfilar por las desoladoras estancias de la Sala de Armas, Mixtos, Polvorín u Horno es lo más parecido a emular a ‘El Renacido’ de Iñárritu. En su día llegué a pensar que toda aquella desolation row del arte no era sino un homenaje a la vacuité oteizarra y sus galimatías físico-estéticos sobre la plenitud de la oquedad de la esfera que hay que ser muy Txomin Badiola de la vida para entender. ¿Cuánta gente va de museos en lugar de juevintxos?

Según un reciente informe del Instituto del Ojo Cubero (IOC), «tirando a poquica por no decir nadie». Corren rumores de que el mítico espectador de espectadores amenaza con declararse en huelga si no aumenta el flujo de visitas a estos templos modernos a cuyos fieles tanto cuesta seducir. Porque, y perdonen lo descarnado de lo que viene a continuación, ni el Centro de Arte Contemporáneo Huarte es el Guggenheim, ni el flamante, digamos, Museo de la Universidad de Navarra parece que vaya a ser el MoMA, ni el Museo de Navarra —¿alguien visita el Museo de Navarra?— es el Prado, ni el Museo Jorge Oteiza es tampoco el Museo Picasso porque Oteiza es Oteiza y Picasso es Picasso, aunque bien está pero tampoco vemos autobuses de japoneses en el aparcamiento.

Sin embargo, cada vez que no se sabe qué hacer con un edificio se propone crear en su interior un museo. De pronto, han surgido, como salidos de un armario de la razón, un puñado de intelectuales, 13 nada menos, para mostrar su rechazo a un eventual derribo del Monumento a los Caídos. Si yo fuera intelectual, creo que también me opondría, y hasta he firmado algo por ahí, porque intuyo el proyecto de derribo no como una propuesta meditada, urbanística tal tal, sino que surge de lo que viene siendo el que-se-jodan-los-fachas y por ahí creo que no se llega a nada bueno.

Dice Jorge Nagore que esa zona de la ciudad tiene algo de esquina sombría y meada al final de una calle luminosa y no me parece que vaya mal encaminado. De pequeños, siempre rodeábamos ese lugar para ir a la piscina, también porque tenía algo de foco de drogatas, pederastas y salidos varios en torno al bar Rex. Pienso de pronto en que no dejaría de tener algo de performance derribar un edificio como se derriba una época tenebrosa. Claro que no dejaría de ser una suerte de guayada efímera a la que luego sobrevendría una plaza aséptica como con bancos de Mangado y, ah, ese museo, un nuevo museo, el Museo de la Nadería y el Popurrí (MNP).

EL 'EFEZTO' PAMPLONA 

Porque lo que proponen nuestros intelectuales no deja de ser, así en un primer contacto, un proyecto de una descafeinez considerable y sobre. Y si quieren convencernos con un documento en Times New Roman a tipografía 12 y título subrayado sobre las bondades de este simpático «Museo para la Ciudad» no sé si va a calar la cosa. «Pamplona, ciudad histórica fundada por Pompeyo Magno en el 74 a. C. sobre un núcleo vascón al que estructura urbanísticamente, carece de un Museo de la Ciudad que recoja y difunda su evolución como antiguo asentamiento humano a lo largo de los siglos», proponen. ¿Y el Museo de Navarra, con sus mosaicos y teselas? Aceptando esa necesidad de revisitarnos y reconocernos y redefinirnos históricamente y tal, ¿no serviría esa institución existente para tan nobles fines?

No sé qué fue de aquel proyecto de Museo de los Sanfermines. Tampoco si sería buena cosa museicificar algo tan vivo y espontáneo como las famosas fiestas y te recuerdo que un negocio tan entrañable —lo más parecido a un museo de la memoria local— que era Colecciones Iruña cerró bien cerrado. O sea, que tampoco iría ni Perry.

La guerra civil se gestó en Pamplona. Mola, Sanjurjo y compañía conspiraron a su antojo un plan rebelde que, leo por ahí, iba a estallar en Pamplona un 12 de julio. Lo mismo el hecho de que estuviéramos en Sanfermines motivó el golpe de Estado en Melilla.

Pero ‘El director’, como llamaban a Mola, había movido los hilos para forzar la entropía de violencia que vendría. Dicen que buscaba una dictadura militar pero sin salirse del molde republicano. A saber. Este tipo de cosas y, aquí viene la miga del artículo, trataría de esclarecer el Museo de la Guerra Civil. ¿En Pamplona? Sí. Por la estrecha vinculación, desconocida para muchos, de la ciudad con el origen de la guerra, con especial atención a los sucesos ocurridos aquí, durante y después, como los asesinatos de Sartaguda y demás felonías que se relatan en libros como El Escarmiento, porque lo local sirve para entender lo universal.

Nadie en España se atreve a erigir tan necesario museo, porque este museo iría dirigido a la España toda, la vacía y la llena. Y quizá sea lo que toca. No somos lo suficiente maduros como sociedad para enfrentarnos a una revisión sosegada de nuestro pasado reciente. Dirán que aún están calientes las heridas. Otros lo verían como un pelotazo cultural fenicio y hablarían del ‘efezto’ Pamplona, parodiando el exitoso y replicado efecto Guggenheim. Ese museo, con gentes como Juan Eslava Galán en el patronato, jamás se erigirá, porque tampoco los actuales gobernantes, con sus kosas de intramuros, lo fomentarían. Y será otra oportunidad perdida de colocar a Pamplona en el mapa cultural más allá de los Sanfermines. Mientras tanto, nos quedarán nuestros museícos para llorar y los pirulises de San Blas, plis, plas.

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