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Hablemos de lo divino y lo huma… divino

Por Eduardo Laporte 31 diciembre, 2019 - 14:07

Mencionar la idea de Dios suena tan rancio que hasta en una serie de Netflix sobre dos papas eluden el tema.

Un momento de la película 'Los dos Papas', estrenada en Netflix.
Un momento de la película 'Los dos Papas', estrenada en Netflix.

Matones avejentados o pareja con aliento neurótico y gestión del ego y la vanidad deficiente. Tras las primeras etapas fuertes de la prueba navideña, me decido por ‘Los dos papas’, de Fernando Meirelles, autor poco sospechoso de meapilismo dogmático pero cuya cinta ya fue tildada por algunas voces de «panfleto». A mí me pareció un retrato amable de dos hombres muy concretos en una situación muy particular. Una historia más humana que divina, quizá por la cosa de recordar que, pese a ser los sucesores de Pedro y etc., los papas mean, cagan y beben cerveza, Quilmes o Franziskaner según origen, y fíjate que quizá había algo de profético en esa predilección cervecera de Benedicto XVI.

Dice mi amigo Recaredo Veredas que a la iglesia católica le ha sobrado siempre atrezzo. Que la protestante le parece más rotunda precisamente por esa ausencia de florituras que actuarían a la postre como distracciones. Árboles que no dejan ver el bosque, que no es otro que Dios. El Dios que se hizo también humano en la figura de Cristo pero también en la de todos nosotros y este artículo empieza a cobrar un tono pastoraloide, pero es lo que hay.

En ‘El Evangelio abreviado’, Lev Tolstói —cuya faceta más mística encontramos ahora en las librerías de la mano de Acantilado— apreciamos el esfuerzo ‘traductor’ de un hombre de una religiosidad tan pura que acabó siendo excomulgado. Se trata de volver a las ideas nucleares que hubieran quedado sepultadas por siglos de concilios, contrarreformas y lecturas interesadas del mensaje de Jesús. No así el concepto de razumenie, voz rusa que el autor de ‘Guerra y paz’ emplea para referirse a un conocimiento profundo de las cosas. Un potencial espiritual que albergarían todos los hombres y mujeres y que Cristo se encargó de mostrar a todo aquel que le saliera a su encuentro. Una conciencia «innata y divina», esa razumenie, que vendría a ser como una herencia de Dios, una facultad entregada por ese ente que el escritor ruso consideraba como «el límite extremo de la razón». La labor de Jesucristo, ese devolver la visión a los ciegos, sería tan simple y compleja como mostrar esa «porción divina» y enseñarles a vivir en arreglo a ella.

Hace unas semanas, en un acto público, le pregunté a Pablo d’Ors sobre su relación con el Vaticano tras cinco años como asesor en el Consejo Pontificio de la Cultura. Tuvo palabras de gratitud pero también insistió en que él ante todo era hombre de Dios y luego hombre de Iglesia. Es el mismo Pablo d’Ors que afirmó en televisión que la espiritualidad es el vino y la religión la copa; porque supongo que es necesaria cierta codificación y liturgia, incluso una manifestación física —la paz de ciertas monasterios que canta Battiato— para que el vino no se desparrame. Pero me gustó esa jerarquía.

«Cuando Jesús afirma ante los sacerdotes que es Hijo de Dios, en realidad les está diciendo que ellos, por ser hombres como él, también son hijos de Dios», leemos en el prólogo al citado libro tolstoiano. Quizá nada más revolucionario —una de las razones de su expulsión de la Iglesia, probablemente— que asumir que todos llevamos a Dios con nosotros y que, a través del silencio, de la empatía con el mundo, del amor incondicional, de la meditación, aflora. Es lo que de un modo quizá pomposo se llama ‘la gracia’ o ese vivir en-theo-siasmado que el propio D’Ors confiesa en su autoficticia ‘Entusiasmo’ (Galaxia Gutenberg).

Lo divino está en todas partes, también en un grano de arena, decía el pintor Caspar David Friedrich. También dentro de nosotros. Basta saber mirar, como lo hacemos, sin darnos cuenta, cuando miramos un cuadro o escuchamos cualquier música que se cuela de un modo misterioso en nosotros.

En la peli de Meirelles vi sobre todo a dos señores en la peliaguda pero humana situación de asegurarse la continuidad de esa copa que mantiene un vino sagrado. Una copa que, como denunciaría el propio Tolstói, acabaría incluso apartando el vino de los labios de los hombres, de tan elevada la subieron. Quizá un buen propósito para este 2020 y siguientes sea asumir que no sólo somos carne y que en ese descubrimiento hay una vía de felicidad nueva y accesible. Porque el paraíso está aquí, a nuestro alcance, aunque nos empeñemos en expulsarnos de él.

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