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El muro de Pamplona

Por Eduardo Laporte 01 octubre, 2019 - 8:22

En un futuro no muy lejano, un alcalde sin paciencia y con una mayoría más bien absolutista decreta la creación de un muro que dividirá la ciudad en dos. «Con los burgos se vivía mejor», dirá.

Una vista aérea de Pamplona durante los pasados Sanfermines en Pamplona en un recorrido en el helecóptero de la Policía Nacional. MIGUEL OSÉS
Una vista aérea de Pamplona durante los pasados Sanfermines en Pamplona en un recorrido en el helecóptero de la Policía Nacional. MIGUEL OSÉS

‘Viento de libertad’, la película, recrea la epopeya de las familias Streizek y Wetzel, de la Alemania Oriental o RDA. Hartos de una vida comunista al otro lado del muro que les resultaba limitante, decidieron escapar «por razones ideológicas». Para ello, montaron durante año y medio la lona de un globo aerostático con el que pensaban atravesar la frontera, cuando las fronteras fueron más fronteras que nunca. Antes, se habían hecho con una casa situada a tan solo veinte kilómetros de distancia. Vean la película. No tanto por la épica, que también, como la recreación de esos años tan raros como los del telón de acero.


No sé si se ha escrito mucho pero yo desde luego he leído poco sobre la vida cotidiana en la RDA, carencia ésta que pienso remediar poco a poco. Los libros de Historia fijan el marco, como mucho, pero son las novelas y las películas las que luego dan sentido a esos datos. Porque al final lo que importa no son los tratados, las cumbres y los acuerdos sino la vida de la gente y esto me ha quedado muy como de discurso del neonato Más País. 

¿Cómo sería un muro en Pamplona? ¿Qué motivos llevarían a la construcción de una pared que dividiera la ciudad entre, no sé, euskalherristas y pannavarristas? ¿El fin de la convivencia pacífica de una población cada vez más polarizada, encastillada? Aberchándales a un lado y barbouristas con fachaleco debajo por otro. ¿Dónde se trazaría la línea para esa ciudad dividida y cercada que recordare aquello de JM Iribarren de «ciudad de humo dormido, ciudad doliente de campanas y lluvia». Aunque la lluvia, qué lírico estoy hoy, por suerte o por desgracia, tampoco entiende de fronteras (bueno, si son montañosas a veces sí).

El futuro tiranillo hiperlocal trazaría el kilómetro cero de su muro de la vergoña en el mismísimo quiosco de la plaza del Castillo. Con la calle Chapitela y Ezpoz y Mina como eje vertebrador. A un lado, el hotel La Perla, el Windsor y el Baviera. Al otro, el Iruña, el-estanco-de-toda-la-vida (que merecería un artículo propio) y Casa Baleztena, cuyos moradores no quedarían del todo satisfechos con el reparto de lindes. Un poco insulso ese lado, por cierto, que a principios del XXI tenía como gran atractivo una pizzería de comida prefabricada y vio morir su más famosa librería, cuando antaño lucían el café Kutz, Suizo y el famoso Bearín de las tertulias de Eusebius y la Nave de Baco. Y a todo esto, el encierro a tomar por culo, con un muro que guillotina Mercaderes y que acaba de raíz con las ya insoportablemente polémicas fiestas de San Fermín pero que sin embargo daría paso, con el tiempo, a dos Sanfermines (sin toros): El Auténtico y El De Verdad.

Adiós, si te quedaste en el lado aberchándal, a disfrutar de los churros de la Mañueta, de los conciertos de jazz en Caballo Negro y de esa cafetería que todavía no conozco a la ribera del Arga. Adiós, si te quedaste en el lado fachalequil, a los paseos por la Taconera que, por otra parte, buena parte de sus antiguos visitantes evitaban toda vez que su antiguo café había trocado la delicadeza vienesa por la ramplonería más deprimente de una taberna de hechuras poligoneras y baskorras. Txotx!

Era dura la vida en la Pamplona del Muro. Irroña por un lado, Nueva Pompaelo por otro. Aunque dentro de la desgracia siempre se encuentran pliegues afortunados, como aquellos vecinos de tal lado de la ciudad que ya no tenían que soportar las insípidas a la par que empalagosas (jamás hubo oxímoron repostero más paradójico) pastas de Layana. Los aberchándales, por su parte, gozaron durante años de la exclusividad del estadio del Sadar hasta que, inversión extranjera mediante, se construyó uno en plan intersección entre Irroña y Nueva Pompaelo. La medular del campo era a su vez la línea divisoria entre aquellos dos mundos enfrentados y los jugadores del equipo de la ciudad, única institución que había permanecido incólume al afán fragmentador, serían los únicos privilegiados de poder acceder, al menos durante 45 minutos, unos metros al otro lado. El público en cambio no podría salvar la gran descomunal verja de acero y granito que ni demoliciones Eri Berri (Olite) sería capaz de echar abajo.

Fuera del estadio, con las napias pegadas a uno de los vomitorios del mismo, una olvidada estatua de Carlos III, cuya gesta de unir los otrora tres burgos independientes y vueltos sobre sí mismos nadie recordaba. Como si esa actitud de tumbar muros propia de aquel remoto rey al que por algo denominan ‘El Noble’ se hubiera extinguido con más fuerza que los propios dinosaurios.  

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