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Eusebius, un espíritu exótico en una ciudad dormida

Por Eduardo Laporte 12 Febrero, 2019 - 9:18

Daniel Ramírez García-Mina traza una completa y amena biografía de Eusebius, un relevante personaje huérfano hasta la fecha de un estudio en condiciones

Daniel Ramírez junto a Mayalen García-Mina, la hija de Eusebius, durante la presentación del libro la semana pasada en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Daniel Ramírez junto a Mayalen García-Mina, la hija de Eusebius, durante la presentación del libro la semana pasada en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

Como ya demostró en su entrega del ‘Baroja y yo’, Daniel Ramírez (García-Mina, como el propio Eusebio García-Mina, tío de su abuelo) se toma en serio eso de ser un plumilla, en el mejor sentido de la palabra. El que le daba el mismísimo Manuel Chaves Nogales a una profesión, oficio, vocación, etc, la de contar historias, con perdón por el tópico. Primero la calle, luego el escritorio, sea una redacción, sea una mesa llena de trastos en casa propia. La calle y el teléfono, porque pocos como él para despegar el auricular y rescatar los testimonios más valiosos de aquellos que pensaban irse al otro barrio con todo ese legado. Me consta que para su primer libro, una biografía de su abuelo, autoeditada para consumo familiar, Daniel entrevistó hasta el conserje de la Casa de la Misericordia. Cuando lo conocí, después de unos mensajes en que me comentaba que compartíamos temas comunes y por tanto debíamos conocernos, me comentó tan pancho que se había leído las obras completas de Ángel María Pascual. Creo que no había cumplido aún los 23.

Uno de esos logros está en convencer a la hija de Eusebius, con sus noventa y, a que viniera desde Sevilla a Pamplona a la presentación del libro. Como cuenta en el propio texto, no dudó en plantarse, en pleno agosto, en la capital andaluza, para pegarse nada menos que nueve horas de charleta con la buena mujer, de nombre Mayalen. «Conocer a Mayalen fue descubrir al Eusebius padre, humano y capitán de la nave de Baco, más allá del que mostraban los archivos, sus artículos, las conferencias y los objetos que fui recuperando», cuenta Ramírez, al tiempo que nos enseña cómo se monta una biografía.

Porque de Eusebius, de quien hablaremos ahora, había poco. Apenas un recopilatorio de artículos publicado por su viuda y el rastro de su trabajo en los distintos diarios navarros en que trabajó como crítico, sui generis, musical.

¿Que quién era Eusebius? Pues un procurador que nació en Zamora en 1890 (por estar su padre destinado allí) y que fue conocido por sus críticas musicales, su ingenio, su descaro, su carisma y la tertulia que animaba en el café Bearin, que contaba con fichajes de lujo como ese otro ‘raro’ como era el pintor Gustavo de Maeztu, «gitano espiritual» que, por entonces, años cuarenta, andaba instalado en Estella. Eusebius murió en Pamplona de una cirrosis, hablando rápido, en 1944. Antes, se tomó en serio ese papel de agitador cultural de una ciudad no diré mansa si no amansada, como demuestra uno de los muchos datos jugosos que el autor incluye en el libro, como el del hábito de pimplarse un pipermín a los ocho de la mañana, para empezar bien el día.

«Los que trabajaban, más o menos la mitad, brindaban con pipermín y se deseaban suerte para lo que quedaba del día. A partir de ahí, cada uno a lo suyo hasta la puesta del sol, guardando una hora para el café improvisado de después de comer en el Iruña o en el Casino. Por la noche, era el turno de Las Pocholas, Casa Marceliano y el Ginés (actual bar Anaitasuna)».

Uno de los varios logros de Daniel Ramírez al levantar este libro, es el de resucitar, con vocación rohmeriana nada menos, esa vida tan remota pero no tanto de los años cuarenta. Un tiempo que diría yo de discreto encanto de la burguesía si no se viniera de la devastación social y humana de la guerrica anterior. Muchos ni pincharon ni cortaron. El propio Eusebius, ya talludito para trincheras, vivió la guerra desde la barrera. Pero vio cómo fusilaban a seres queridos, como el republicano Natalio Cayuela y otros tantos, como Ramón Bergaray, admirado amigo del Orfeón, o Enrique Estévez-Ortega, esta vez en Madrid, a manos republicanas. «En Pamplona se murió y se mató con nombres y apellidos», apostilla Ramírez.

UNA CIUDAD A MEDIDA

Se me va la columna y no he hablado de esa plaza del Castillo que realmente ejercía como tal. Pienso en mi abuelo León, propietario del Ulzama de la calle San Nicolás, y en sus respectivas no sé si tertulias pero sí charlas de después de hacer la caja en el Kutz, el Suizo o el Iruña. Pacharanes y puros. Esa rutina de provincias con los encantos respectivos de las provincias: el de una vida de pueblo con hechuras cosmopolitas. Carromatos, pero también cines, avenidas y hasta un teatro, el Gayarre, al que Eusebius acudía siempre que había espectáculo. Sus comentarios acerados se esperaban con expectación al día siguiente. Porque tuvo fama de crítico-criticón, una suerte de Carlos Boyero sin remilgos para ser hater si la ocasión lo merecía: «¿Por qué suenan tanto y tan mal las trompetas?». Fue una de las siete preguntas, retóricas y censoras, con que dio por despachada su crítica de tal concierto. El título: ‘Los consejos de Eusebius’.

Pero más allá de eso, había un fino articulista que podría haber brillado en las páginas de cualquier cabecera nacional y que si no publicó más fue porque no sintió la necesidad. Porque había en él un talante a lo Ramón Gómez de la Serna, como demuestra con frases como esta: «Las puertas, ametralladoras de catarros».

Eusebius, que también tocaba el piano, cosa que lo ensalza como crítico de la cosa, hizo asimismo de programador. Se las ingenió para traer a Ravel, el del bolero, a tocar a Pamplona, como lo haría más tarde, y en varias ocasiones, con el cotizadísimo Arthur Rubinstein.

Un personaje que resulta atractivo como contrapunto a una sociedad instalada en la planicie, ya sea por la resaca de la guerra, como por un horizonte que no se prestaba a mucha jacaranda, más allá de unos Sanfermines que a nuestro hombre no le hacían demasiada gracia por cierto. Para empezar, porque la jarana no casa bien con la elevación del espíritu que requiere la música. Y para continuar, porque su sentimiento religioso no entendía que en honor a un santo toda una ciudad se entregara a la bacanal más desenfrenada (posible). Especial interés merece la visita que hace Eusebius a Amiens, demostrando ser más sanferminero que mucho casta vocinglero.

Se me acaba la columna. Lean las andanzas de Eusebius. Por el personaje, pero también por el contexto que narra su autor-resucitador, lleno de perlas entre la mies. Y por el heroísmo de hallar, por no decir abonar, las pepitas de oro de la cultura en lo que era un páramo.

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