Blog / Capital de tercer orden

Una Cuesta de Moyano para Pamplona

Por Eduardo Laporte 20 octubre, 2020 - 10:15

Paseando por esa emblemática colección de casetas que culmina en el Retiro, eché en falta un similar invento para la capital de Foralia

Un hombre pasea por los puestos en el Mercado de libros de la Cuesta Moyano. Eduardo Parra / Europa Press
Un hombre pasea por los puestos en el Mercado de libros de la Cuesta Moyano. Eduardo Parra / Europa Press

Proliferan las actividades librescas que aportan algo de vida a ciudades ávidas de ajetreo, algo que habrá que plantearse también en Pamplona una vez levanten el inminente estado de alarma metaperiforal sin bares ni autopistas de Navarra. Porque del libro no se come, pero sí de las actividades en torno a él, a saber, los cochinillos que se sirven a decenas en los días en que Segovia celebra su Hay Festival.

Algún libro, con la coña, también se vende, como sucede en Urueña, la única Villa del Libro, hasta la fecha, que ha convertido en esa aldehuela fortificada del corazón de Valladolid en un reclamo bien simpático. Casi una decena de librerías que no envidiarían a ninguna de una gran ciudad y hasta un restaurante, el Real, donde sirven platos modernos. «Demasiado sotisficados», nos avisaría una lugareña. Buen recuerdo también el conejo aromatizado al tomillo que tomamos en un local más del terruño.

Se cumplen cien años del nacimiento de Delibes, precisamente, y me voy haciendo con muchos de esos títulos que llegan en el mejor momento, es decir, cuando uno ha cultivado el paladar literario de modo que se pueda disfrutar como merecen obras tan valiosas como Las ratas. Conminado a abandonar la dirección de El norte de Castilla por indicación de Fraga, molesto por los artículos en que denunciaba la lamentable situación de Castilla, pues no va el tío y se saca de la manga esa obrita contundente, en donde se menciona la dieta roedora, con unas gotas de vinagre, de no pocos castellanos en apuros en aquellos años aciagos. Aquello le valió que se aprobaran unas medidas agrarias que contribuyeron a aliviar el ahogo castellano. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, recordemos.

Voy haciéndome la biblioteca Delibes con ejemplares de bolsillo, de Austral, a menos de dos dígitos la unidad, pero también de libros que encuentro en librerías de segunda mano o en la citada Cuesta de Moyano, monumento cultural que, gracias al buen hacer de sus defensores, como la asociación Soy de la Cuesta, contará este año con ayudas para su supervivencia.

Qué gusto hacerse con dos o tres libros por lo que te costaría un gintónic desangelado de cuando había bares abiertos en Pamplona (daos prisa, quedan literalmente dos telediarios para levantar vidrio en barra fija). Esos libros que uno adquiere por el gusto de atesorar, esa compañía del alma, se lean o no. Despensa literaria para estados de alarma chivitescos o chiribitescos, en los que caben títulos misceláneos, como ese Un mundo que agoniza, con fragmentos de su visionario discurso de ingreso en la RAE, en el que denuncia cómo la avaricia y el progreso mal entendido esclerotizarán formas de vida que hoy ya son mero esqueleto sociocultural. Ojalá más voces sensatas, empáticas, bondadosas, como la de don Miguel, hoy, ay.

¿Dónde están las tiendas de segunda mano en Pamplona? No conocí aquella Abárzuza, ni tampoco me he dejado caer por Iratxe, en la calle del Carmen, donde me consta que se puede practicar aquello de la husma literaria. En mis pesquisas tras las recetas de Geno, descubrí el buen surtido de libros de ocasión que tienen en el Txoko París 365, en calle Mayor 75. Me hizo gracia ver un ejemplar de Las cucañas, de Manuel Sánchez-Hostil, al precio tan democrático de un euro. Ah! y La gran decepción y El corazón de la bilis, títulos fundamentales de tan expansivo autor.

En Zapatería está Re-Read, donde han tenido el detalle de dedicar un altarcito a don Pío Baroja, de quien adquirí La sensualidad pervertida, por aquello de los juegos que hace con Pamplona, travestida como Villazar, que no sale bien parada, por cierto, como podemos leer: «Yo creo que no soy naturalmente brutal, pero tuve que serlo, porque entre los chicos de Villazar, el que no amenazaba y se pegaba estaba fastidiado para siempre».

Seguro que me dejo unos cuentos lugares donde se pueden encontrar libros de segunda mano a buenos precios, pero lo que brilla por su ausencia, y aquí es donde quería llegar, es una Cuesta de Moyano. Un pasadizo de San Ginés. Una ribera del Sena vertebrada por ese rosario de bouquinistes en los que encontrar el libro que te salve la tarde. Si bien estos datan del siglo XVI y la Cuesta de Moyano de tiempos de la Segunda República, nunca es tarde si la dicha es buena. Y perdonen estas frivolidades en tiempos alarmantes de reclusión forzosa, pero no todo va a ser llorar. Imaginemos un puente de la Magdalena forrado de libros de viejo el primer domingo de cada mes. No es mal horizonte.

Casetas, estructuras poligonales como las de los vendedores del Sena, mesas de quitaipón como las que según un misterioso calendario a veces se montan en los soportales de la plaza del Castillo… Lo difícil sería elegir el emplazamiento. ¿Ronda del obispo Barbazán? ¿Plazuela de san José? ¿Paseo del Redín? ¿Sala de Armas de la Ciudadela?

La tercera Navarra, por no hablar de la tercera Pamplona, confinada o no, necesita de una Cuesta de Moyano a su medida. En su cúspide, así como en Madrid se sitúa la estatua de Baroja, aquí pondríamos al Príncipe de Viana, tal como lo pintó Moreno Carbonero. Su figura, a falta de otras más sólidas, representa con holgura el amor por los libros y la sed de conocimiento que no siempre caracterizó a aquella Villazar embrutecida, hoy noticia por su desastre sanitario y, entiendo, desde la distancia, que político.

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