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Antiobituario de Carlos Itoiz: el más discreto de los flamencos

Por Eduardo Laporte 25 septiembre, 2018 - 9:50

Amigo de Sabicas, flamenco por derecho, nada más justo que el reconocimiento que recibió el pasado agosto en la cita guitarrera del verano este guitarrista sin focos

El guitarrista pamplonés Carlos Itoiz, en una imagen tomada de su página de Dacebook.
El guitarrista pamplonés Carlos Itoiz, en una imagen tomada de su página de Dacebook.

Carlos Itoiz no sale en Spotify. Nacido en Pamplona antes de la guerra civil, calle Santo Domingo, año 1932, grabó al menos dos discos pero poco se sabe de ellos. Uno se titulaba ‘Crepúsculo’ y a veces lo veía en las extintas tiendas musicales. Como el doctor Pasavento de Vila-Matas, parece su sino era desaparecer. Vivir al margen de las caricias del ego y la vanidad, tan adictivas al principio como esclavas al final.

No recuerdo cómo me dio por el flamenco, quizá por jugar a los exotismos, allá por 1997, quizá por la influencia de ‘Omega’, el inmortal disco de Morente y Lagartija Nick, que tuvo a bien regalarme mi tía Blanca. Se lo comenté a Joaquín (Zabalza) con la boca pequeña. Me aseguró que era un gran guitarrista flamenco, de los mejores, pero noté que recelaba de sus métodos pedagógicos. Como comprobaría después, Itoiz era algo más caótico en su enseñar pero en eso residía también su gracia.

En lugar de la fantástica buhardilla, pequeño museo vivo, donde Joaquín impartía sus clases, Itoiz ofrecía una habitación más austera, aunque con parecidas quejicosas sillas de enea, en un piso de la calle Teobaldos, cercano a la plaza Merindades.

Entre mis filias inconfesables, la de consultar si tal persona vive. Durante los microsegundos que tarda Google en realizar la búsqueda, uno contiene la respiración. A veces, como este caso, uno encuentra gratas sorpresas: Carlos Itoiz no sólo está vivo, sino en plena forma, física y mental, y además Flamenco On Fire le dedicó un homenaje, como me enteré en esta currada entrevista. Lo que iba para obituario se convierte entonces en todo lo contrario, un antiobituario, que es una manera de celebrar la vida cuando aún dura ésta.

FRAGMENTOS DE SIEMPRE

El otro día me compré una guitarra en la clásica Guitarras Conde, en calle Atocha 53, Madrid, donde Leonard Cohen —no sé si exactamente en ese local— comprara la suya en los años setenta, como recordó en su discurso del Príncipe de Asturias. Lo primero que hice, en la tienda misma, fue tocar unos fragmentos de una pieza sin nombre que me enseñó hace 21 años. Es curioso cómo la mente es capaz de fijar en su memoria esos datos, esas notas, esos jirones de sonido que se despliegan cada cierto tiempo, sin desvanecerse. Al llegar a casa, me acordé de aquel profesor que entonces ya me parecía mayor y supuse que la biología había hecho su trabajo, en un discreto mutis que no hacía justicia a su biografía.

Qué alegría equivocarme y leer de la mano de Fernando Garayoa detalles sobre su vida, conocer a Mikel Laboa en un bar tan anodino como el Ganuza de San Gregorio, su amistad con la Kelly Familly, sus cartas con el universal Sabicas de la calle Mañueta, su pasaporte japonés y sus giras por ese país, la capital del flamenco más allá de las columnas de Hércules. Ahí le decían ‘Caldo’ en vez de Carlos y en ese lugar se sintió a gusto al poder usar los trenes de alta velocidad en lugar de los aviones, que siempre le han causado fobia.

Así como este es un antiobituario, quizá Carlos Itoiz sea la antiestrella de la música. Así lo reconoce en la citada entrevista, nunca le ha ido lo de la fama y quizá la timidez también pesó a la hora de lanzarse al mundo del faranduleo. O también puede ser que respondiera al perfil del verdadero flamenco, ese que huye de los focos y para el que subirse a un escenario ya constituye una traición a las esencias, que no son sino las de tocar para tus amigos, en un tablao improvisado, a lo sumo, y no dar a la música una proyección mayor a la de llegar al corazón de tus allegados. Algo de todo ello vivió, cuenta en el bar Viana de la calle Jarauta, cuando lo regentaba Dan Kelly, el carismático líder del famoso grupo, que tenía casa en Belascoain, donde murió por cierto Barbara Ann, la ‘Mama’, en 1982. 

Tuve otro profesor de flamenco, en una corrala de Madrid, que despreciaba a su hijo por fusionar rock con los palos clásicos. Era el guardián de las esencias desde la agresividad, los límites, las prohibiciones. Un dogmático peligroso. Nada que ver con un Carlos Itoiz que no hizo ascos a tocar, dijimos, con el mismo Mikel Laboa y colar su guitarra española por la Euskadi más profunda y etarrosa.

Itoiz, en lo que pude conocerlo, parecía estar colmado con la música. Recuerdo sus clases, la mayoría de las veces individuales porque no éramos muchos los flamencófilos por aquel entonces en Pamplona, como un constante ejercicio de aprendizaje. Los que nos sabemos leer música tenemos que aprender por el método a veces penoso de la repetición. Él tocaba un trocito y yo trataba de seguirle. Me corregía y me indicaba, aquí, no aquí, cuarto traste, tercero, subes, escalera, y vuelves.

Se establece una peculiar relación entre profesor y alumno. En realidad no es peculiar, sino bien sencilla: predomina un sentimiento de gratitud por ese ejercicio de paciencia sostenida en quien podría, como el inolvidable Joaquín Zabalza, andar corriéndola por el mundo haciéndose de oro y optó por compartir su magisterio con los demás. Quizá ese que se queda, que se oculta, como lo hizo también Joaquín, bajándose de la noria de las giras y los viajes, sea más músico. Porque lleva el arte dentro y se basta sólo, y solo, con su magia —«me pego horas con la guitarra»— y con compartirla con sus alumnos para llevar una vida lograda.

Una pena, no obstante, que no salga en Spotify.

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