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Opinión / Director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET).

Locos y cuerdos

Por Juanfer F. Calderín 02 noviembre, 2015 - 23:48

En la Historia hay innumerables ejemplos de personajes públicos o de movimientos sociales que en su camino hacia un determinado objetivo –no tiene por qué ser ilegítimo– introducen en sus respectivo discursos una variante peligrosa.

En aras de una pretensión noble –dicen– deciden deliberadamente hacer algo con lo que hasta ese momento no comulgan. Desde robar hasta matar, cualquier acción contra la naturaleza humana ha sido disfrazada con un manto de honorabilidad.

En ese punto, aparecen el lenguaje y las estrategias de discurso para presentar una realidad siniestra como algo no solo justificable, sino hasta honrado. Allí, en esos rincones sin luz, el quebrantamiento de la legítima ley se convierte en resistencia, el atraco se entiende como justicia social y el asesinato como defensa propia.

Aunque no siempre es así.

Una de las últimas agrupaciones terroristas que se definió a sí misma como tal fue una organización criminal judía de los años 40 conocida como Lehi (acrónimo hebreo de Lohamei Herut Israel, que puede traducirse como Luchadores por la Libertad de Israel). Rompiendo un patrón tipo, se dejaron de tonterías y no presentaron sus acciones criminales como activismo contra la opresión. “Es terrorismo y punto”, podría haber defendido hoy, fusil en mano y sentado en un tronco de un monte vasco, el Pernando Barrena de turno que militase en Lehi en los 40, frente a un preocupado Jordi Évole.

Hoy el problema no es el fusil. Tampoco un degenerado moral que, con una camisa de fuerza fluorescente, llama psicópatas a policías que detienen a criminales. Hoy en ese tronco perdido de la mano de Dios está sentada la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos. Nadie la fuerza a decir algo que no quiere porque, supuestamente, los bolsillos de su ética son de cristal. No es así.

Su ahora mano derecha y portavoz Ana Ollo lo dejó muy claro en un reciente encuentro con la presidente de COVITE, Consuelo Ordóñez, que se produjo a petición del Ejecutivo foral. Con la supuesta credibilidad que da el hecho de no haber pegado nunca un tiro ni haber llamado “soñadores” a los corruptos morales del hacha y la serpiente, Ollo quiso trasladar que la apuesta del Gobierno era clara, que el Ejecutivo foral sabe que los de ETA son los malos y que los buenos son otros.

Desde COVITE se insistió en que, pese a que las palabras son importantes, es clave que el Gobierno de Barkos pida públicamente a la izquierda abertzale que condene el asesinato selectivo de seres humanos perpetrado por ETA. También se instó a que la propia Barkos llame al pistolero verbal Adolfo Araiz –así le hubiera llamado hoy Gregorio Ordóñez y a los referentes hay que hacerles caso– para pedirle amablemente que colabore en el esclarecimiento de los 13 asesinatos perpetrados por ETA en Navarra y que aún están sin resolver.

Primero, el Ejecutivo se desmarcó y dejó claro que condenar el terrorismo es responsabilidad de cada partido. A renglón seguido, volvió a informar de que el Gobierno trabaja por la paz, la “convivencia” y la “reconciliación”. COVITE insistió: apoyarse en quienes justifican el asesinato selectivo de seres humanos para acceder al Gobierno de un territorio no solo deja en agua de borrajas la condena del historial de ETA de Geroa Bai, sino que resquebraja la responsabilidad que todo Gobierno tiene de no fomentar la radicalización violenta entre los jóvenes, a los que se les confunde legitimando a pistoleros verbales.

El planteamiento que hoy adopta el Gobierno de Navarra es idéntico al que un criminal de Lehi podría haber puesto en valor frente al periodista que, en los 40, le hubiera interpelado por sus acciones. Si hace años sorprendió que un terrorista dijera que sí, que asesinar de modo selectivo para imponer un proyecto político es terrorismo, hoy la sorpresa gira en torno a cómo un Gobierno te cuenta que sí, que todo es por el cargo, por la Presidencia de una comunidad.

La política es el arte de representar, de hablar en nombre de cientos de miles. Hoy nuestro país vive un momento de efervescencia política que produce que aquí y allá todo aquel que busca hacerse un hueco en la arena parlamentaria apela una y otra vez a la falta de dignidad de quienes, desde las instituciones, renuncian a representar a la ciudadanía para, simplemente, representarse a sí mismos.  

A quienes militan o militaron en organizaciones terroristas como ETA, así como a quienes ejercen de voceros de robavidas, se les debe desradicalizar para que, cuanto antes, caigan en la cuenta de que ninguna pretensión política merece una bala en la nuca desnuda de un concejal. A esos y aquellos, solo queda reformarles y formarles en derechos humanos. Sin embargo, el verdadero problema al que hoy nos enfrentamos no es que los locos hagan y digan locuras, sino que los cuerdos les rían las gracias. Más si el loco pretende pudrir las mentes de las nuevas generaciones a cambio de que el cuerdo gane unas simples elecciones.


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