Opinión / Tribuna

Azaña ¿una pasión española?

Por José Ignacio Palacios Zuasti 21 diciembre, 2018 - 15:13

Recientemente, en el Museo Universidad de Navarra, se representó la obra teatral ‘Azaña, una pasión española’, en la que se muestra al que fuera ministro de la Guerra, presidente del Consejo de Ministros y presidente de la II República como un hombre probo, amante de la paz, de la libertad y de la independencia, y como un defensor de los derechos del pueblo.

José Luis Gómez, caracterizado como Azaña.
José Luis Gómez, caracterizado como Azaña.

Porque, como declaró el director y actor de ese monólogo, José Luis Gómez -que, por cierto, hace una magnífica representación-: «Azaña era un hombre extraordinariamente moderado. Tenía un concepto de Estado, de ciudadanía y de país que él expresaba como patriotismo republicano. Se comprometió con los derechos democráticos de una forma verdaderamente apasionada, y también tenía un proyecto colectivo muy sólido».

Pues bien, lo que en esa obra no se dice es que, en mayo de 1931, cuando se produce la quema de conventos, el Gobierno provisional de la República siguió la consigna de Azaña -«¡Todos los conventos de España no valen la uña de un solo republicano!»- por lo que, en esa apoteosis revolucionaria, el patrimonio artístico y cultural que se perdió, en ciudades como Madrid, Málaga o Sevilla, fue inmenso. Así, por ejemplo, en el convento de los Jesuitas de la calle de la Flor de Madrid el fuego devoró por completo su biblioteca, formada por ochenta mil volúmenes, entre ellos ediciones de Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca, y considerada la segunda de España, después de la Biblioteca Nacional; además de la urna de plata repujada que contenía el cuerpo incorrupto de san Francisco de Borja; de un Lignum Crucis, procedente de la casa ducal de Pastrana, regalo del Sumo Pontífice; del sepulcro del padre Diego Laínez y del retrato de San Ignacio de Loyola, obra de Sánchez Coello. En el palacio Arzobispal de Málaga se perdió el impresionante Cristo románico regalado a la diócesis por el infante don Fernando de Antequera, más tarde rey de Aragón; el retablo de plata, bronce y madera tallada que lo circundaba; el cuadro de Van Dyck de la Virgen y el Niño y toda la biblioteca y el Archivo Diocesano, que databa de la reconquista de Málaga a los moros. Y en Sevilla, piezas inapreciables de la imaginería de Pedro Mena y Martínez Montañés, el famoso Retablo de Pedro Roldán, los archivos del historiador padre García Villada, con más de 40.000 fichas, y los 20.000 volúmenes de su asombrosa biblioteca, que contenía joyas bibliográficas como la Germaniae Historica y el Corpus Inscriptionum Latinarum.

Lo que en esa obra no se dice es que, cuando el 13 (y martes) de octubre de 1931 se debatió en las Cortes el artículo 26 de la Constitución -ése por el que la Iglesia en general y las órdenes religiosas en particular quedaron sometidas a la total intervención y vigilancia del Estado, como si se tratara de «presuntos» delincuentes- inesperadamente se levantó de su escaño Azaña para pronunciar el discurso más sectario que oyeron las Cortes Constituyentes, en el que dijo: «España ha dejado de ser católica»; es intolerable «dejar la calle abierta a la muchedumbre de órdenes religiosas para que invadan la sociedad española» y «no me vengan a decir que esto es contrario a la libertad, porque esto es una cuestión de salud pública». Martínez Barrio, anticlerical y gran maestre de la masonería, dijo que esas «fueron palabras imprudentes, innecesarias y divorciadas de la realidad».

Lo que en esa obra no se dice es que, el 20 de octubre de 1931, Azaña presentó a las Cortes, para su tramitación y aprobación, por la vía de urgencia, la ley de Defensa de la República, con la que el Gobierno suspendió de un plumazo 130 periódicos.

Lo que en esa obra no se dice es que los militares no se oponían a la reforma del Ejército de Azaña, sino a las arbitrariedades que esas reformas llevaban consigo.

Lo que en esa obra no se dice es que en los sucesos, o masacre, de Casas Viejas (Cádiz), de enero de 1933, en los no hubo supervivientes, según declaró en el Congreso el capitán de la Guardia de Asalto, Bartolomé Barba, que fue el ejecutor de las órdenes recibidas, Manuel Azaña había dicho -tal y como consta en el Diario de Sesiones-: «No quiero heridos, ni prisioneros. ¡Tiros a la barriga!» Y, en efecto, sólo hubo muertos.

Lo que en esa obra no se dice es que después de las elecciones legislativas de noviembre de 1933, en las que triunfaron las derechas, cuando en octubre de 1934, entraron en el Gobierno tan sólo tres ministros de la CEDA, Azaña declaró: «que el hecho monstruoso de entregar el gobierno de la República a sus enemigos es una traición; rompe toda solidaridad con las instituciones actuales del régimen», al tiempo que afirmó «su decisión de acudir a todos los medios de defensa de la República». Y así fue como empezó la Revolución de Octubre.

Lo que en esa obra no se dice es que, en octubre de 1934, Azaña realizó un misterioso viaje a Barcelona en el que se entrevistó con el presidente de la Generalitat, Luis Companys, pocos días antes de que éste proclamase el Estat Català (la República Catalana Independiente) y el general Batet, siguiendo instrucciones del jefe del Gobierno para dominar la situación, declarase el Estado de Guerra. Momento en el que Azaña, a través de Radio Barcelona, «excitó a los catalanes a colocarse en pie de guerra contra el Ejército invasor que pudiera enviar el Gobierno faccioso de Lerroux, y dijo a los radioyentes que no hicieran caso de las palabras pronunciadas por el presidente de España, pues el pueblo entero de Cataluña estaba completamente de acuerdo con el paso que habían dado».

Lo que en esa obra no se dice es que Azaña era el presidente de la Republica cuando, en julio de 1936, el jefe de Gobierno, Giral, armó indiscriminadamente al pueblo de Madrid, que sembró el terror y desencadenó la persecución religiosa que sufrieron, entre otros, San Josemaría, el Beato Álvaro del Portillo y demás miembros del Opus Dei. Ese día el Gobierno de la República dejó de mandar en su zona y, por eso, ante la incapacidad de dominar a las turbas y parar las matanzas, Indalecio Prieto exclamó compungido: «¡Hoy hemos perdido la guerra!»

Lo que en esa obra no se dice es que Azaña, con el ministro de Hacienda, Juan Negrín, el 13 (y martes) de octubre de 1936, recién comenzada una guerra que lo mismo podía durar tres meses, que tres años o diez, realizó el expolio del oro del Banco de España y en Cartagena embarcó, en cuatro barcos rusos, 10.000 cajas con 650 toneladas de oro y 3.000 kilos de plata … ¡sin recibo!

Este fue Azaña. El mismo que en esa obra dice que «el Estado era muy débil, acababa casi de nacer», y el que en su día declaró que «la guerra civil fue la desembocadura trágica pero natural e inevitable de la República».

Cuando acabó esa representación teatral una cosa tenía yo muy clara: si Azaña y los suyos hubiesen ganado la guerra civil, esa obra no la habríamos podido ver en la Universidad de Navarra. Lisa y llanamente porque esa Universidad no existiría.


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