Opinión / A mí no me líe

Los vasos de los bares de Pamplona

Por Javier Ancín 23 diciembre, 2016 - 8:30

Como ya es casi Navidad, voy a hacer un esfuerzo y buscar algo en lo que Pamplona haya mejorado. Algo tiene que haber, piensa Ancín, joder... piensa. Sé positivo con la ciudad que te vio nacer y que tanto detestas.

Un fin tonic preparado en un vaso de sidra gordo
Un fin tonic preparado en un vaso de sidra gordo

Vale, ya sé. Pamplona ha sufrido una mejora evolutiva en las últimas décadas espectacular en algo: los vasos de los bares.

Al principio todo era tinieblas, bueno, ésas nos han acompañado siempre en el periplo nocturno: tinieblas y humo, tinieblas y humo y vasos de tubo. El vaso de tubo es el infierno. ¿Qué mente perversa ideó ese recipiente? Debería estar encarcelado, o desenterrado si está ya muerto y llevado a los Caídos para desenterrarlo otra vez o algo. No sé... sacarlo feo en el cuadro de Amaiur junto al alcalde guaperasirón. Lo que sea.

Vasos de tubo que recuerdo en el Bar Los Portales en la Plaza de los Ajos o en el bar Sai Koba en la calle Jarauta. Mis primeros bares. Ay... con aquellos ilegales 16 o 17 años. Qué tiempos más trepidantes. Todo era complicado con esos vasos, hasta emborracharse. Un drama. Cogías ese receptáculo hasta arriba de hielos y con una cantidad de alcohol insignificante por un lado y por otro la mirinda para irla mezclando conforme sorbías fuego. En ningún momento el gintonic, es un decir, porque de las guarradas que he bebido hablaremos otro día, era un gintonic. Si no sabía demasiado a ginebra, sabía demasiado a tónica o sabía demasiado a agua.

El gintonic era nuestra utopía, nuestra patria soñada. No lo conocimos nunca. Parecíamos nacionalistas, coño. Qué turra dábamos. De todas formas, es un milagro que hayamos mantenido ese gusto por los combinados, para que luego digan que la juventud, la nuestra al menos, no tenía la perseverancia entre sus cualidades.

Pero eso un día cambió, primero fueron llegando unos vasos de tubo más anchotes, más humanos, más como Dios manda incluso. Unos vasos de tubo que al menos en los bares a los que iba, solo te los ponía el camarero si le caías bien o si eras un cliente habitual. Un vaso de tubo ancho era un galón, una medalla en la pechera, un corazón púrpura que te hacía respetable dentro del garito. Cuidado, lleva un vaso de tubo ancho, ése se ha bebido al menos 42 de los 43 licores del Licor ídem. En realidad llevábamos más mili, estábamos por el 99 de los 103 del brandy.

Luego fueron abolidos esos fueros, a tomar por saco los privilegios, viva la socialdemocracia o yo qué sé, y vimos los estantes de la vajilla llenarse de vasos de pinta de cerveza, para todos, de los de pub inglés, de los que tenían un reborde en forma de michelín para que si se te escurría, tuvieras una última oportunidad de agarrarlo fuerte y evitar la hecatombe. No saben ni poco estos ingleses en cuestión de pedos salvajes... años de ventaja nos llevan para algunas cosas. Años.

Más tarde, supongo que por darle el toque identitario al asunto, fueron cambiados por los vasos de sidra. Pero no fue fácil esta transición, hubo problemas, lloros, bucles melancólicos. Como siempre suele ocurrir con estas cosas folclóricas, chocas con la realidad, tozuda ella, que en este caso era un cristal muy fino que se rompía a la mínima que el camarero soltaba los hielos con un poco más de fuerza.

La de pasta que se tuvieron que dejar en esta gilipollez, bueno, un poco como ahora el Gobierno de Navarra, supongo, con otras gilipolleces también folclóricas. Ahora nos suben los impuestos y antes los precios de los cubatas y arreglado. El barman y Barkos nunca pierden. La solución en el caso de los bares fue sencilla, se compraron vasos de sidra más bastorros, con cristal gordo pero gordo-gordo y santas pascuas.

A callar y todos contentos, como la política del Gobierno de Navarra y Ayuntamiento de Pamplona. Ya saben de dónde vienen los referentes del cuatripartito que nos gobierna. Quizás no de todos sus miembros, ojo, que la señora presidenta del parlamento, ésa que llama a su despacho del director a los escritores de artículos que no le gustan, para castigarles sin recreo, digo, no sé, prefiere beber a morro directamente del tirador de cerveza.

Tendría que ser delito ecológico esa práctica por derrochar un bien natural tan escaso, siempre tan escaso, como la cerveza. Señora Aznárez, nunca he estado en el parlamento, ¿me invita a su despacho? Yo pongo las cervezas en botellín, incluso podemos decirle que se venga a su compi de farras y confidencias parlamentarias, Maiorga. Nos podemos montar un fiestón democrático de colorines. Por cierto, alguna vez que he visto a Maiorga de jarana en el antiguo Monte Rojo (ese nombre hoy estaría prohibido, seguro, y lo habrían obligado a cambiar por Taberna Óculo Mágico o Taberna Mendigorria) es lo más cerca que he estado de la política Navarra en mi vida.

Afortunadamente hasta este pequeño paso atrás pasó y en algunos sitios, clandestinos ellos, disidentes, dicen que se han empezado a ver copas de balón de cristal fino en la que todo sabe mejor: gintonics con su carga justa de hielos, ginebra de la buena, tónica de calidad y las especias que quieras echarle, que algunas le dan un toque muy rico. Putos snobs de lo anti snob, convertíos y dejad de dar la murga contra el progreso.

El pepino en el gintonic es el futuro. Probadlo y opinar. Una tercera vía se abre camino, la tercera Pamplona que todos sabemos que existe y que todos la quieren ocultar. Estoy por montarme un speakeasy para dar de beber en condiciones a la resistencia e invitar a tocar a todos los grupos alejados del oficialismo político rampante que hay en esta ciudad.

Podemos hasta invitar a Belako, folclore vasco de calidad, para que se marquen en nuestro garito esa versión sublime que hacen del Sinnerman de Nina Simone para una marca de cervezas (a sus pies señora Aznárez) gallega. Búsquenla en YouTube. Llevo loco con esa canción y con esa batería estéticamente perfecta una buena temporada. Aún hay esperanza, aunque esté tan amenazada. Tiene que haberla, copón. ¡Felices fiestas navideñas y larga vida a la tercera, moderna y futura Pamplona! Y eso es todo.


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