Opinión / A mí no me líe

Qué bien me suena el acuerdo de UPN con Ciudadanos

Por Javier Ancín 13 marzo, 2019 - 9:20

Desde que lo viejo se ha echado a perder por el oficialista euskorrancio malhumorado y por los bares cortados todos por el mismo aburrido patrón: bares de franquicia aún sin franquiciar sin más producto que el microondas, ha habido que buscarse la vida más allá de las fronteras tradicionales.

Javier Esparza y Albert Rivera cierran el pacto entre UPN y Ciudadanos para las próximas elecciones generales, autonómicas y municipales. IÑIGO ALZUGARAY
Javier Esparza y Albert Rivera cierran el pacto entre UPN y Ciudadanos para las próximas elecciones generales, autonómicas y municipales. IÑIGO ALZUGARAY

Si me lo llegan a decir de pequeñito, cuando iba a la consulta de la pediatra Oyarzabal en Conde de Rodezno, que el Ensanche iba a tener una vida nueva, me habría abierto de ojos, incrédulo, como lo hago hoy, aquí sentado, saboreando uno con leche como no había disfrutado en años, en un garito de cafés nuevo que han abierto en Castillo de Maya y que me apetecía probar.

En silencio surgen locales solo dedicados a vender lo mejor posible productos diferentes, cuidados, con buen gusto e imaginación. De la Baja Navarra a los Caídos, en todo ese trazado franquista ya defenestrado se está asentando algo nuevo que ilusiona. A lo mejor Pamplona no está tan muerta... El Ensanche se está poniendo de moda.

Anoto. Una clientela de moleskines e iPads, estudiantes, un tipo con aretes y cresta rubia, algún fachaleco, incluso allí al fondo un corbatas con una tipa con pashmina para picnic en Ascot, cercanos a los cincuenta, se rozan la mano a hurtadillas, como dos amantes de la misma oficina que parece que son. Una tía con patinete y casco y dos abuelas de la gauche divine zampando una tarta multicolor. Muy heterogéneo todo. Por fin la ventana abierta y aire fresco.

Incluso los acentos: argentino, eslavo, alemán... francés. Si a esta atmósfera le sumas la música que suena, comenzó con Nicole Atkins, puro terciopelo con chupito de whisky, y cuando me fui había descendido a un jazz de los 40, como de la peli de Woody Allen "Acordes y desacuerdos", apetece volver a este sosiego mil veces más, joder. Dos cuarentonas lectoras: Alianza y Anagrama. Y yo, otro cuarentón con zapatillas negras, escribiendo en un móvil con la pantalla rajada y bebiéndome este café que si eres zurdo, lo que te bebes es un higo, un culo o dos cojones colganderos. Qué manía de dibujar corazoncitos con la espuma. Por lo demás, un café cojonudo. Menudo oasis. Hay vida más allá de los locales de okupas.

Durante los dos que me bebí me reconcilié con Pamplona. O con una Pamplona que no es la euskoficial, la Irroña avinagrada que no deja de segregar bilis ni habiendo mandado sobre nosotros con puño de acero vizcaíno los últimos cuatro años. Veremos lo que me dura el idilio, por ahora el rollete mola.

Desde siempre tengo una botella de champán para descorchar cuando el nacionalismo vasco se pone de los nervios. Estas últimas semanas he abierto dos. Que se unan los partidos no nacionalistas vascos es para brindar. Algo está cambiando. Una ola se empieza a alzar en la calma chicha de esta ciudad aburrida. A ver si llega a la orilla y arrasa efervescente con tantos castillos de arena aberchándales que no nos dejan ver el horizonte.

El nacionalismo vasco lleva décadas teniéndolo claro sobre un asunto que hasta hace poco en Navarra parece que nadie quería darse por aludido. Aquí la dialéctica izquierda-derecha no opera. Aquí llevamos mucho tiempo moviéndonos en otro plano: nacionalismo vasco contra no nacionalismo vasco.

En Navarra que un partido de extrema derecha como el peneuve se entiende con otro como Batasuna de extrema izquierda pimpampún, era lo normal y nada había que criticar, pero que dos partidos de centro derecha-izquierda se alíen es intolerable y se monta un pollo de colorines entre esos aberchándales.

Eso es señal de que ha sido una maniobra perfecta, que les da miedo que se lleve por delante su txiringuito, que les pone nerviosos no controlar el presupuesto público con el que sobreviven y que, pese a que nunca los han votado vociferan desde sus medios que jamás los votarán, con la vena hinchada de rabia y terror. Pues muy bien, pues vale.

Qué bien me suena el pacto de UPN con C's. Los navarros han metido en el foralismo a los ciudadanos, que han visto la luz y renuncian a desmontar el constitucional régimen fiscal navarro, y los ciudadanos le inyectarán una dosis de modernidad cosmopolita del nuevo milenio a los upeneros que falta les hacía.

Ahora solo falta que Vox deje de molestar y no se presente para que mi felicidad sea plena. Sin el despiste de su discursito moral, su moral, puede que haya una oportunidad de mandar al imperialista nacionalismo vasco de vuelta a los despachos de los jardines de Albia, a la casa de Sabino el machista, en Bilbao, y empezar a construir la heterogénea -como siempre, somos tipos de frontera-, Navarra del siglo XXI, que ya toca. Y eso es todo.


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