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Opinión / A mí no me líe

Una tarde navideña

Por Javier Ancín 26 diciembre, 2022 - 11:05

No es una historia alegre pero tampoco es triste, es lo que tiene que ser... no es ni extraordinaria, porque ocurre en todas las familias. Quizás esto sea la felicidad.

Una persona ayuda a una mujer mayor. AYUNTAMIENTO DE PAMPLONA copia
Una persona ayuda a una mujer mayor. AYUNTAMIENTO DE PAMPLONA copia

La casa está callada. La cocina huele a café recién hecho. Temo que el olor pueda despertar a todos. Sé cómo caminar de puntillas para no hacer ruido, pero no cómo te tienes que desplazar por el pasillo para que la taza humeante no delate tu presencia, camino del salón. Aún es muy temprano para un día de fiesta.

La raya del horizonte se vuelve perceptible, de negra a morada y de morada a rosa, y durante un instante no es de día pero tampoco es de noche. Las farolas están encendidas pero ya podrías caminar sin ellas solo con la luz que aún no es luz pero que ya no es oscuro silencio. ¿Cuánto dura un instante y dónde fijarlo concretamente?

Los puntos de inflexión son un misterio, se alejan a la misma velocidad que te acercas a ellos. Transitas del antes al después pero cuando quieres fijar el durante surgen nuevos antes y después que hace imposible fijar el centro exacto, el momento preciso donde todo cambia.

Ayer, 25 de diciembre, como cada 25 de diciembre desde que mi memoria alcanza, fui a visitar a un familiar que ya no me reconoció. Con mirada amable, con sonrisa afectuosa me hizo la pregunta más terrible que alguien con el que has transitado toda la vida puede hacerte: ¿Usted quién es?

"Un amigo de sus hijos, solo quería saludarla y darle un beso navideño. Está usted igual de guapa que como la recordaba y me alegro muchísimo de volver a verla después de tanto tiempo", le contesté. Una semana antes aún me había llamado por mi nombre. Aún la enfermedad no me había borrado de sus recuerdos.

Me serví una copa de vino y salí un poco fastidiado a ver el atardecer. El proceso inverso al de ahora mismo, cuando todo decrece con igual belleza.

Otro ciclo, la misma historia de siempre, ha comenzado de nuevo por primera vez en mi familia, cuando la anterior va terminándose, suavemente, y va surgiendo la que tendrá que recomendarnos cuando ya nosotros tampoco seamos capaces de hacerlo.

Y al tercer sorbo, cuando no era capaz de saber si ya era de noche o aún aguantaba el día, me tocó con la mano, me acercó una manta y me dijo, “señor, venga dentro, no se quede ahí fuera, que se va a enfriar”. Y entramos dentro, al calor del hogar.

Fue la de ayer una tarde memorable donde nos reímos mucho. Rememoramos historias disparatadas y enseñamos a los niños canciones nuevas, que como mis primos y yo hace 40 años, en el mismo lugar, luego cantaron y bailaron.

No es una historia alegre pero tampoco es triste, es lo que tiene que ser... no es ni extraordinaria, porque ocurre en todas las familias. Quizás esto sea la felicidad y no los fuegos artificiales de la juventud, el poderse tomar una copa de vino tranquilo en el punto exacto de inflexión entre lo antiguo y lo nuevo donde todo el mundo está contento. Quizás este privilegio de lo cotidiano es el mejor regalo navideño que se pueda recibir. Y eso es todo.


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