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Opinión / A mí no me líe

El sol también se pone en Pamplona

Por Javier Ancín 20 septiembre, 2016 - 23:30

La sombra que creía, detrás de mí, que era un gato era la sombra de un arbusto que se agitaba con el viento extrañamente cálido de septiembre. Es de noche. Aquí es todo posible.

Esto, donde escribo, es un rincón muy escondido de Pamplona, es un banco rojo. Si me atracaran o me desmayara no daban conmigo ni los perros que mi fantasía me dice que me buscarían pero para llevarme al infierno.

Pamplona no me gusta nada pero no escribir me gusta aún menos así que tendré que aprender a tolerar esta ciudad áspera y sucia y encantada de conocerse para poder seguir haciéndolo. Para ser justos, desde las esquinas oscuras se escribe como Dios y eso precisamente es a lo único que aspiro, a escribir desde mi rincón que me he buscado sin que me incordien, que yo no voy por las calles dando voces ni avasallando a nadie.

Si pudiera viviría en Nueva York y me dedicaría a escribir la gran novela navarra, pero no puedo porque no tengo un duro, así que no me queda otra que ciscarme una y otra vez en mi mala suerte, en mi mala sombra y en mis malas decisiones. ¿Cómo era aquel verso de Javier Echávarri? ‘Sabido era que un día iba a perderte como aquella ultima partida de ajedrez donde hice malos movimientos desde el principio’. Este verso me ha acompañado toda mi vida. ¿Qué habrá sido de él? Javier era un poeta pamplonés que conocí en los 90 y que por lo que veo en Internet no tiene más libros publicados que aquel poemario que me regaló y que tantas veces he leído.

Se lo ha tragado la ciudad. Más o menos tenía mi edad actual cuando coincidí con él y me dijo de una redacción de un chaval de 17 años que le enseñé que tenía un dominio sorprendente de las imágenes surrealistas y que si quisiera y con empeño podría escribir. Y aquí estoy, escribiendo, una cuestión ya de por sí completamente surrealista, la única ya que me queda. Pamplona se lo ha comido todo por el camino.

Pamplona todo lo arregla con un qué bien se vive en Pamplona y aquí paz y después más gloria egocéntrica. ¿Por qué se vive tan bien en Pamplona? Yo no lo sé. ¿Por qué Pamplona es tan cara? Serán las vistas al monte San Cristóbal, vete tú a saber, o por los mil días de gris y lluvia que lo único que consiguen es que te deprimas aún más, que te hundas más en unos barrios sin vida que solo tienen panaderías y bares como escombreras.

Estoy por tumbarme en este banco y dejar que el viento cálido me haga dormir para no pensar más en esta ciudad. Me tumbo, que coño, soy ya casi un cuarentón, y en el trance se me pone negra la pantalla del iPad y me veo en el reflejo como un grotesco Cristo de Mantegna agonizante y sin opción a resucitar o peor, como esas fotos de un Ché viejo y canoso y con los dientes feos, con los ojos acojonados, recién fusilado y tan poco icónico, tan real que parece que le apesta a mierda su boca. Presiono el botón para que se encienda de nuevo la tableta, asustado. Vienen tiempos de calamidad, presiento.

El invierno va a ser una puta mierda de lluvia y frío. El clima tampoco es una de las cosas que más nos envidian fuera, pienso. Una vez conté nueve días de lluvia continúa en esta ciudad de gris en el cielo y en la tierra. Nueve días donde solo paraba durante un ratillo para recargar y fusilar el suelo de nuevo con más fuerza. Pero oye, qué bien se vive en Pamplona, pagando pinchos a precio de menú de degustación pija en cualquier restaurante con aspiraciones de barrio caro de ciudad

decente. Pero qué bien, se lo repiten los lugareños mientras ves cómo mastican con dificultad esa cosa plástica por la que les van a cobrar como mínimo 3€. Hace tiempo que me aburrí de los pinchos recalentados de esta ciudad. Pamplona es un microondas, y todos felices en la mentira colectiva. Menos yo, que no me gustan ni los chicles ni las ciudades que van vestidas como el emperador de la fábula, en porretas.

Hay una bonita luna mellada en esta noche y los árboles agitados por el viento extraño parecen decir, para qué te meterás en jaleos con lo bien que se vive en Pamplona. Porque yo no vivo bien, vivo de puto culo, y me toca los cojones este juego de lo bien que se vive en esta ciudad.

Me toca los cojones que me cierren los bares en los que solía ir solo, con tilde y sin ella, a tomar café por las mañanas. Me toca los cojones en realidad que siempre sea así, que me expulsen sistemáticamente de mis pequeños rincones solitarios donde escribo. El viento sopla fuerte y mueve las ventanas. Se cortan las emisiones de radio. Este otoño me temo va a ser un largo invierno.

Ojalá escribir cosas bonitas de vez en cuando, pienso. Ojalá que algún día salga el sol. Cuando ustedes lean esto, escrito casi una semana antes, quizás ya haya empezado a llover hasta más allá de mayo. Yo Intentaré repetir la jugada cada semana, por hacer algo mientras todo pasa.


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El sol también se pone en Pamplona