Opinión / A mí no me líe

Puigdemont ha sido un caganer

Por Javier Ancín 01 noviembre, 2017 - 7:21

Puigdemont, que no sé si se creía un Jean-Luc Godard trucho creando una neo Nouvelle vague política, va acabar tan mal, pero en plan risas está vez, como Jean-Paul Belmondo en “Al final de la escapada”.

Carles Puigdemont durante su comparecencia en Bruselas del martes. REUTERS
Carles Puigdemont durante su comparecencia en Bruselas del martes. REUTERS

Hay un chascarrillo delicioso, supongo que apócrifo porque algo tan bueno tiene que ser mentira a la fuerza, que se contaba en mi adolescencia, allá por los años 90 del milenio-siglo pasado. La historia es que un pobre estudiante que había suspendido todo, en uno de esos cursos de BUP que se ha llevado el tiempo, ante el miedo a la reacción familiar por el desastre académico, se presentó en el consulado que nadie sabe por qué tiene Italia en Pamplona y pidió asilo político para evitar el castigo paterno. Puigdemont está ahora por Bruselas haciendo una charlotada menos entrañable pero similar, con que si pide asilo o no o yo qué sé o si me doy mus o si meto órdago a grande con dos míseros ases pensando que puedo ganar.

Urkullu, que no se quiere independizar nunca pero tiene que disimular, se ha cogido la maleta y se ha marchado hasta Quebec. Supongo que por el cabreo que se ha agarrado con Puigdemont, para no saber nada del catalán ni de su desastrosa estrategia de despeñarse, y para seguir disimulando con el coñazo de siempre: exploramos vías para ser, para decidir ser un país ser un ser sin ser blablablá... patada a seguir. Hay que continuar amenazando con el despeñadero, a ver si sigue colando.

Urkullu medió a la desesperada para que Puigdemont convocara elecciones y así el estado no tuviera que aplicar el artículo 155. Si se aplica el artículo una vez, se pierde el miedo y se puede aplicar cuantas veces se quiera. Y esto a Urkullu le da terror. Y con razón, porque Urkullu es un derechista peneuvero malo, pero no tonto. La constatación de que cuando se aplica la ley no pasa nada, ni se abren los suelos ni se desploman los cielos -Cataluña está más en calma que antes del 155-, al nacionalista chantajista, valga la redundancia, le viene fatal para seguir sembrando cizaña.

Un nacionalista vive del cuidado con nosotros y los nuestros que estamos muy locos y la podemos liar parda si no nos dais lo que pedimos. Pero luego, cuando se aplica la ley y no la lían, porque la gente que tendría que liarla vive demasiado bien como para poner en peligro su existencia -la prosaica de coche, curro, familia y vacaciones-, se quedan desnudos, sin una baza perfecta, la de la amenaza de provocar el caos, para futuras negociaciones con el estado, siempre temeroso, y que hasta ahora les había concedido todos sus caprichos de niños pijos.

Si esto Rajoy lo gestiona bien, cosa que dudo porque a Rajoy lo que le molaría es volver a la situación de pacto anterior con el nacionalismo -es un antiguo-, nos libramos del sempiterno problema decimonónico rancio y casposo de los paisitos enanos homogéneos, folclóricos y xenófobos, alambiques estos sí del odio, alimentadores de las desigualdades entre ciudadanos, buscando siempre el privilegio de unos sobre otros, para 25 años.

Puigdemont, sin quererlo, ha sido el mejor aliado de la constitución, demostrando que cuando se aplican las leyes, lejos de empeorar la situación, la situación mejora siempre. Me ha recordado a Barry Marshall, que descubrió que la bacteria Helicobacter pylori, responsable de las úlceras estomacales, se cura con antibióticos inoculándose así mismo la bacteria antes de ponerse el tratamiento para demostrárselo al mundo. Esta osadía le valió el premio Nobel de medicina en 2005. A lo mejor la osadía de Puigdemont, obligando al estado a aplicar la constitución, demostrando que ha mejorado la convivencia en España, le vale para ganar el Príncipe de Asturias de la concordia de aquí a unos años. A saber. Y eso es todo.


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