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Opinión / A mí no me líe

La polla de la de Podemos

Por Javier Ancín 19 noviembre, 2021 - 8:37

¿Hace cuánto que la izquierda ya solo se dedica a las sandeces?, me dije antes de seguir leyendo, asqueado de tanta soplapollez, nunca mejor traído el término.

Mientras leía ‘No y yo’, un libro de la francesa Delphine de Vigan, que nos mete con dos hostias y sin miramientos, agarrándote de la pechera del abrigo, en la vida de una chavala sin techo, la vida suspendida en la nada, la existencia transparente a la que no le importa a nadie, me llegaba al móvil la nueva gilipollez que alteraba a mi izquierda intensita.

Una tía de Podemos en no sé qué tribuna de no sé qué parlamento blandiendo un móvil porque le habían mandado en alguna red social la foto de un pene, un ciruelo, lo que viene en llamarse una fotopolla, vamos, y que eso merecía que el mundo se parara para que le abrazaran y la consolaran, porque ya no hay problema mayor que nos invada, una violencia intolerable la sufrida por ella, dijo la podemita.

¿Hace cuánto que la izquierda ya solo se dedica a las sandeces?, me dije antes de seguir leyendo, asqueado de tanta soplapollez, nunca mejor traído el término.

En las redes sociales la gente intenta follar, sí, a veces con maniobras un tanto burdas. No sé si el mal gusto es violento pero puedes bloquearlo con solo pulsar un botón. Adiós. Ojalá en la vida real de la calle pudieras hacer lo mismo, bloquear para siempre lo que no te gusta.

Desde hace meses paso a diario por la puerta de un supermercado donde hay un tipo pidiendo con su vasito de plástico, agitando monedas. Cuando llevo suelto se las dejo dentro, pocas. Apenas uso dinero físico, me he dado cuenta después de meter el dedo en el bolsillo enano del vaquero y no encontrar nada la mayoría de los días.

Nos saludamos siempre, a la ida y a la vuelta. Hola y ya. Alguna vez que he intentado hablar con él, preguntarle si quería un café o simplemente intentar conocer su historia, es infranqueable. No sé si por vergüenza, pudor, enfermedad... por desidia, porque le caigo mal, porque solo soy un desconocido más que nada puedo hacer por su situación o por alguna otra razón que se me escapa, la comunicación es imposible.

Por lo general siempre contesta de forma educada, muchas hasta con la mueca de una sonrisa, pero a veces su voz sale desde una caverna, triste como el eco de un grito que nadie escucha, cuando pides ayuda. Su cara se derrumba, me mira sin mirarme y no soy capaz de traspasar esos ojos para comunicarme con él.

Me frustra y me entristece no poder, no saber o no querer ir más allá para ayudarle. Desconozco incluso si quiere mi ayuda o solo que le deje en paz. Desconozco incluso, seamos honestos, si le ayudaría más allá de lo formal si me lo pidiera. Yo no soy buena persona, los asumo, como la izquierda que nos machaca semanalmente con estupideces.

30.000 personas sin hogar he leído que hay en España. Y los que van a venir con los tiempos que tenemos de precios inasumibles para cada vez más gente. Y ante este panorama desquiciado, la izquierda gobernante que presume de una preocupación social que luego jamás se concreta en nada, resucita a Franco casi a diario para ver si consigue tenernos entretenidos un poco más con un dictador que lleva muerto medio siglo.

O sube a la tribuna de un parlamento a enseñarnos un pene en una pantalla de un móvil. Y le llama violencia... a eso, violencia, cuando no pasa de una anécdota para partirse el culo con los colegas. Mira qué me ha mandado un bestia, querrá que caiga rendida a sus pies. Y eso es todo.


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