Opinión / A mí no me líe

La planificación es una utopía absurda

Por Javier Ancín 23 noviembre, 2016 - 8:02

Al final madrugamos y nos echamos a la calle porque, conforme cumples años, pasear es de las pocas cosas que te hacen sentir vivo.

Taberna Vienés, en la Taconera de Pamplona.
Taberna Vienés, en la Taconera de Pamplona.

Pasear y ver la luz. Estar metido en mitad de la vida te hace sentir invulnerable, eterno. ¿Cómo voy a dejar de ser engranaje de esta sociedad que se mueve, cómo voy a morir ahora con tanta vida a mi alrededor?

Un repartidor de refrescos apila las cajas a mi paso, con un gran estruendo, que parece un despertador. Tantos años persiguiendo la noche y la oscuridad de los bares para terminar así, mirando como quien mira todo por primera vez, de par de mañana. El frescor matutino activa el cuerpo. Apetece hasta respirar. Apetece que nada de esto termine, que no llegue el aperitivo, que siga siempre todo el suelo regado y limpio, que todo esté aún por hacer, que se pueda volver a empezar. La ciudad por la mañana, temprano, aún no está cabreada. Es imposible morir en un escenario así, todo tiene que salir bien. Pero vamos al bar que hace ganas de café.

En un cafetería de la plaza del Consejo la gente pregunta por cafés con leche sin lactosa y con leche de soja mientras yo pido un café con leche del montón. ¿Cómo quieres la leche?, me pregunta la camarera, y solo acierto a contestar, acojonado, no muy caliente, por favor. Soy un explorador de bares y este me gusta, pero la clientela se pasa tres pueblos de moderna. Salvo con mis amigos me siento siempre fuera de lugar. Si no fuera por mis amigos que me anclan a la realidad no sé qué habría sido de mí a estas alturas. Ay...

Sigo el periplo, estoy mutando en una especie de Max Estrella diurno, más sano, menos oscuro. Busco, sigo buscando, merodeo por las calles pero aún no he encontrado nada. Parezco la canción del Joshua Tree de U2.

En un bar de la Plaza del Castillo el camarero lanza una hoja a un conocido donde hay escritas las opiniones que del local la gente escribe en Trip Advisor. El camarero se indigna: que dice que no somos conocidos, hay que cambiar eso, escupe indignado, tenemos que tener más presencia en las redes sociales. Yo le pido mi segundo café a 1’20€, de nuevo acojonado por la modernidad que me va envolviendo y me siento frente a los ventanales que dan a los porches.

Robo el wifi de otro bar porque me da miedo pedirle la clave, por si piensa que voy a dejar la siguiente opinión negativa. A lo mejor algo está cambiando, yo qué sé, fuera del oficialismo que se ha cargado el café Vienés, un delicado local con aires centroeuropeos, transformándolo en taberna de carretera comarcal vascorra en mitad de un precioso jardín burgués decimonónico. Las ciudades al final van cambiando con pequeñas sutilezas ajenas a cualquier planificación. A lo mejor internet consigue desenroscar unas cuantas boinas en Pamplona. Veremos. Y eso es todo.


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