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Opinión / A mí no me líe

En Pamplona se habla demasiado y se dicen pocas cosas

Por Javier Ancín 26 mayo, 2017 - 11:22

¿A qué le pegamos hoy? ¿A Rolex o a setas? Tengo una crisis existencial-creativa como columnista de tercera incrustado en una de provincia de cuarta enorme.

Combo de fotos de Joseba Asirón colocadas en la página web del consistorio.
Combo de fotos de Joseba Asirón colgadas en la página web del consistorio.

La ciudad es tan insignificante que ya le hemos dado la vuelta tres o cuatro veces y no hay muchas más novedades. El alcalde Asiron, que rima con feo y con copón, se sigue haciendo fotos en plan mister Euskadi y poco más. Alguien le tendría que decir que deje de hacer el ridículo con su imagen, que asuma su condición de tipo feo, somos legión, no pasa nada, y que se dedique a hacer algo más por la ciudad que la de colgar un trapo ajeno en el Chupinazo.

Han reabierto mi bar preferido de Pamplona, La Guillotine, y aunque le falta aquel cuadro tan cojonudo de Clint Eastwood, para mí es una buena noticia. Hace solete y voy en camiseta y me siento muy a gusto en la terraza del Caballo Blanco, la mejor terraza, con un café solo sin azúcar y con hielo al escribir esto.

Pamplona si no fuera Pamplona, ni te cuento si no fuera Iruña, podría ser hasta una ciudad bastante habitable, pienso, al menos para un par de días a la semana, pero se me pasa pronto el ataque de chauvinismo. Basta con quitarse los auriculares un segundo y descubrir que esta ciudad solo sabe hacer como que habla de política y solo sabe hacer como que habla de historia.

Me encuentro de bruces en medio de una conversación demencial sobre política e historia. Dos jichos, hinchando el pecho palomo, ponen datos locoides sobre la mesa, parcharán en mano, como si la historia y por lo tanto la explicación política a todos nuestros males actuales, fuera una concatenación de respuestas del trivial chorras y con ellas pudieras construir una verdad irrefutable en la que, no solo te explicas el pasado, sino que también construyes un presente incluso un futuro a siglos vista. El resultado es algo completamente absurdo, pero ellos siguen con su matraca.

Es todo tan de coña que me vuelvo a poner la música en el cerebro y me recuesto en la silla hasta que solo veo el cielo. Esta ciudad piensa que comerse una rosca es comerse un quesito amarillo. Ese es el drama. Pues nada, que sigan dándole duro a esa milonga. A ver lo que tarda esto en nublarse y ponerse de tormenta, me digo.

La gente en esta ciudad discute de unas cosas tremendas. Se dan réplicas de partirse el culo y argumentos tan peregrinos como que porque hubo un chalado que en una batalla tal y cual de hace mil años, hoy ellos, que no saben ni quién son ni realmente de dónde han venido, merecen tener más privilegios que otro que está al lado al que le adjudican, siempre, el papel de perdedor en su relato. Dicho de una forma más científica que espero que se entienda, como mi abuela se calzó a Paul Newman yo tengo el derecho a zumbarme a... no sé, ¿quién es el guapo o la guapa oficial del mundo hoy? Estoy fuera de órbita hasta en eso, me quedé en Linda Evangelista.

Siempre me ha resultado curioso cómo la gente coge la historia para exprimir las victorias pero nadie se preocupa nada de nada de las derrotas. Si todos los cansalmas que piensan que merecen algo más porque una vez su terruño tuvo un punto de máxima expansión se fijaran en el punto de menor expansión, la vida sería maravillosa y tendríamos amplias zonas de libertad para montar ahí, por fin, el siglo XXI a los que nos la sopla el ardor guerrero pretérito.

Centremos algo más el asunto. Los historiadores sabemos que lo que aquí había antes de que vinieran los romanos es humo, pero claro, a ver quién tiene huevos de salir a cuerpo gentil, sin chaquetica ni cota de malla por si refrescan chuzos de punta, y decir que ni dios sabe de dónde sale el nombre de Iruña, por ejemplo. Los historiadores, gente sensata que no tiene ni puta gana de enredarse con el populacho, también sabe que la Pamplona romana es infinitamente más importante de lo que se creía antes de que se levantara la plaza del Castillo, pero volvemos a lo mismo, a ver quién es el guapo (Asiron, quieto, que te veo) que quiere salir a decirlo y tener que soportar los gritos, el avasallamiento, la bulla, la catarata, de los de siempre. Para tu tía.

Recuerdo que cuando estudiaba la carrera hablamos bastantes sobre aquellas termas que aparecieron en la plaza del Castillo y de cómo concluimos, creo que todos, que la ciudad romana era mucho más importante de lo que decían los libros, pero, ya sabes chico, porque no te llamen facha, nadie quiso enredar en el tema de la romanización y tal y reescribir la historia.

Sal tú y cáscate un artículo enmendando la historia oficial, que a mí me da la risa. No, por favor, te cedo el honor a que te breen vivo. Y así fueron pasando los meses y quedó todo en nada, como siempre en esta ciudad, que tiene una astenia primaveral eterna como la que estoy sufriendo yo esta tarde de mayo como escritor. A mí a lo mejor se me pasa en cuanto las gramíneas dejen de tocarme las narices, literal, pero a la ciudad lo dudo, es un caso ya para cuidados paliativos y poco más. Y eso es todo. 


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En Pamplona se habla demasiado y se dicen pocas cosas