Opinión / A mí no me líe

Navarra, más cerca de París que de Bilbao

Por Javier Ancín 27 septiembre, 2017 - 9:51

Estoy por montarme un blog de viajes y de música, que tanto nacionalismo vasco me tiene saturado, y retirarme ahí. Mientras me lo pienso, sigo con lo mío, que es un poco lo de siempre: Dios, leyes viejas, risas, cerveza fría y estatuto de autonomía.

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El sábado hice una ascensión épica en bici a San Miguel de Aralar para comprobar dos cosas, que sigo en forma, y cómo la santa madre iglesia católica apostólica y romana pone huevos en todas las cestas ideológicas. Hacía frío y niebla, y cuando parecía que iba a levantar, se echó en la cima más niebla, como una metáfora del santuario, más parecido a Monserrat, política pura, siempre pura, y dura, siempre dura, que a un centro piadoso. Cómo me alegro de ser un ateo irredento porque imaginarme en el infierno con un cura nacionalista dándome la murga, comiéndome la oreja, quizás hasta de forma literal, toda la eternidad, me produce escalofríos de espanto.

El retablo impresionaste, como siempre. Me senté en un banco a contemplarlo, extasiado, sufriendo un síndrome de Stendhal de manual. Cuando me repuse un poco, quizás fuera una pájara tardía y prosaica, a saber, recé mi oración personal, donde me cisco sistemáticamente en Eric el Belga, y al bar. Pincho, caña y para abajo de nuevo, hasta Huarte-Araquil. En el pueblo tenían unos palos con bolsas de basura colgadas medio llenas medio esparcidos por el suelo los detritus y por el aire los hedores que yo las hubiera usado mejor para atar al ladrón de arte y fusilarlo al amanecer, o mejor, dejarlo ahí hasta que se lo coman las ratas, que con tanta mierda, haberlas haylas, seguro. Por fin le veo utilidad al batasuno puerta a puerta de esparcimiento de basuras. Los que luego se quejan los primeros de la dispersión, por cierto. Je.

A la tarde acabé por la Navarrería, los aventureros somos así, comprobando una vez más el desconcertante amor que tiene el nacionalismo vasco de Navarra por abrazar la historia de llanto y más llanto del vizcainismo más ramplón. Y que era San Fermín Chiquito y quería hacerme una foto con Caravinagre. Con la historia de grandeza y luz que tiene Navarra por Europa, y por América, que los gigantes han bailado hasta en Nueva York, no sé qué hacen esos llorando por las esquinas como si fueran una anteiglesia perdida en Las Encartaciones, copón.

Ahora les ha dado a los de siempre por una servilleta de cuadros, como a los hijos de Sabino y a los borrachos en las bodas, con lo bonito que es el pañuelico rojo de toda la vida que usamos. El caso es buscar la diferencia, que el rojo lo calzamos todos y eso a los supremacistas del llanto vasco no les mola. En fin, qué se le va a hacer. Ellos son así, tan excluyentes y exclusivos que quedan para fruncir el ceño y echar lloros y hablar de presos y tragarse infumables verbenas que solo las soportan porque los grupos cantan en euskera, porque malos son un rato largo. Juergón. También para escuchar a Enrique Iglesias, es de justicia reconocérselo. Cuando oí a Enrique Iglesias en un bar de la Navarrería, del que omitiré el nombre por compasión, casi se me atraganta del ataque de risa la Voll-Damm que me había comprado en un chino que hay subiendo hacia la catedral para fomentar el comercio de proximidad. Por cierto, en el palacio ese que han ocupado en la plaza de los australianos locos que se tiran de cabeza en San Fermín, y que por lo que parece es del ayuntamiento, también vendían cerveza, y más cara, que fui a preguntar para hacer un poco de periodismo de investigación. El caso es forrarse y privatizar espacios públicos. Puto capitalismo, chico, y puto sistema, que lo contamina siempre todo. Ya quiere hacer negocio hasta el okupa, o sobre todo el okupa.

Una de las cosas mas curiosas de las que te das cuenta en cuanto estudias algo de la historia de Navarra es la falta de relación que tuvimos con Vizcaya, epicentro del nacionalismo vasco. Empiezas a indagar y de lo poco que encuentras es que en los jardines de Albia, frente a la casa de ese orate racista que fue Sabino Arana, hoy sede central interplanetaria universal del peneuve, hay un café que se llama Iruña. El café, de principios del siglo XX está decorado con un estilo arabizante tan friki que más que de Navarra, parece que fuéramos capital de Al-Andalus. Es un sitio agradable, pese a los kirsch de sus arcos polilobulados, e incluso tiran un entrañable chupinazo el 6 de julio. Este año, que andaba por Bilbao esperando a que empezara el BBK, me pasé a tomar unas cañas de mediodía y a ponerme el pañuelo rojo con un amigo que vive allí exiliado. Hay ambientillo navarro, pero como una nota exótica. Se parece más a cuando en Pamplona se puede comer pulpo por Santiago en el Lar Gallego que como algo integrado en la ciudad. Bilbao es una gran ciudad, ojo, y me gusta mucho, pero no es un lugar para buscar nuestra historia, la de Navarra.

Para desintoxicarme un poco de tanta ideología triste, de tanto vaho del pueblo, de tanto muro mental para que no entremos los otros, nosotros, donde solo estén ellos, los puros de corazón vasco; y de tanta doble malta, también, el domingo se me cruzaron los cables y me pillé un AirBnb, un TGV, una mochila y hasta París. Tres duros. La vida cuando no tienes patria que construir es tan ligera que puedes salir corriendo a cualquier hora a mirar tus cosas, las importantes, las que te hacen ganar quesitos amarillos al Trivial. Tenía ganas desde hace tiempo de conocer la historia del colegio de Navarra de París, un centro fundado por la reina Juana I de Navarra en 1304 que estuvo abierto casi 500 años, y qué mejor que ir por allí a ver qué quedaba. Quedar no queda nada, bueno, una calle dedicada a Navarre, que algo es algo. Tenemos una calle en París, navarros. Alegraos. La revolución francesa lo guillotinó y au revoir colegio. No pienso contar aquí mucho más porque total, a nadie le interesa la historia verdadera de Navarra, y muchísimo menos la que se desarrolla en Francia, así que si alguien quiere peces que se moje las pantorrillas volviendo de su Santurce mental. Solo diré que fue alumno de nuestro colegio Richelieu, ahí es nada, y que en París un navarro se siente más en casa que en Bilbao, porque incluso tenemos una Estación dedicada a Saint-François-Xavier. Toma, toma, toma.

Paseé también por el Sena y por fin tuve algo de suerte. Uno de los bouquiniste que vende libros de lance encontré de milagro las obras completas de Jean Louis Valenciene, un filosofo francés, (filósofo, político, pensador, vividor.. amante de la buena mesa, de la buena bodega y supongo que amigo de sus amigos) que no está traducido a ningún idioma y del que casi nadie sabe de su existencia. Mejor así. Un genio desconocido que murió en las sombras del reverso de la fama, por eso pude comprar esos libros a un buen precio. Con mi botín en la mochila me perdí por las calles, hacia los Inválidos, buscando un lugar donde poder leer. Encontré un café de modernos en la rue de Babylone, un nombre perfecto para mezclarse sin freno con el mundo y su tiempo loco, que se abraza en una esquina con la mítica rue Vaneau, la más que protagonista calle de la novela de Vila-Matas, Doctor Pasavento. Sin esperar mucho, aún no me habían traído ni el cafeolé, a las dos o tres páginas ojeadas, me encontré con una frase sublime que más o menos se podría traducir así: "Se rompen los amores y las memorias de las personas se olvidan. Nada es eterno, salvo la tristeza y el llanto del nacionalista por un agravio nuevo que se inventa y que renueva y hace viejo cada día". Me puse en pie y aplaudí al libro abierto sobre la mesa. La parroquia que allí había también aplaudió, contagiada de mi entusiasmo. Alguna incluso me abrazo y todo, casi entre lágrimas. Adoro Francia. Me parece que a este autor voy a exprimirlo mucho por estos artículos. Y eso es todo.


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