Opinión / A mí no me líe

Más idiota que un navarro

Por Javier Ancín 24 octubre, 2018 - 10:00

Tenía pensado no escribir más, porque Pamplona me deprime, y yo ya estoy en otras ciudades y en otras cosas, pero supongo que está en mi naturaleza los abscesos eternos de melancolía que me hacen volver aquí de nuevo, hasta que uno de estos paréntesis sea para siempre. Espero...

Vasos en el concierto de Rosendo en el Navarra Arena. PABLO LASAOSA
Vasos en el concierto de Rosendo en el Navarra Arena. PABLO LASAOSA

Lo pensaba hace unos días, tomando un café en la terraza del donostiarra hotel Londres, con la Concha delante, atardeciendo, y el verano aún vivo en otoño. Sanse está espectacular. Quizás en el mejor momento de su historia.

Hice un vídeo para captar la atmósfera. Lo tenía todo la tarde: luz cálida, ambiente sereno, incluso una banda sonora suave, con su saxofonista, como de olas tranquilas rompiendo en la orilla. Creo que lo colgué en tuiter, por si alguno quiere buscarlo para saber exactamente de lo que hablo.

También pensé en que los vascos y los navarros no se parecen en nada. Qué listos son los vascos y qué gilipollas son los navarros, me dije. Urkullu necesita que el “conflicto” esté latente, con el objetivo de seguir trincando dinero regalado a manos llenas vía presupuestos generales del estado para su oligarquía vasca, pero no en su casa, que nadie quiere que el vertedero esté bajo su ventana, porque apesta, sino que lo traslada a Navarra, Alsasua mediante, donde fermenta el pestazo que necesita para presionar al gobierno español de turno sin molestalerles.

Y Navarra, o sus políticos, yo qué sé ya dónde está la frontera, lejos de mandarlo a tomar viento, trinca el engaño y enarbola la antorcha de los asesinos, cuando como sociedad, siempre fue más víctima que victimario. La jugada del nacionalismo vasco hoy es hacer creer la cuadratura del círculo de que lo peor de los años de plomo vino de Navarra y que el País Vasco pasaba por ahí, sin tener nada que ver con el asunto y que hubo un conflicto vasco que aún hierve. Y lo están consiguiendo, con la ayuda inestimable de los navarros, claro, que son gilipollas.

Urkullu debe estar flipando con la poca resistencia a su maniobra que le ha puesto la sociedad navarra. Flipando también con la fe ciega de su tropa nacionalista en navarra, destrozando su propia casa para mayor gloria de la del euskovecino que nunca les pagará los trabajos prestados. El nacionalismo vasco no paga a naburros como Roma no paga a traidores.

Completamente diferentes somos los vascos y los navarros, decía. Si San Sebastián está en el mejor momento de su historia, Pamplona está en el peor. Para qué hablar de eso que llaman amabilización y yo prefiero llamar “esa puta mierda”. Para qué hablar que han creado un cruce rápido y peligroso entre Pío XII e Iturrama, que no existía, y que recuerda a aquel otro que había entre la calle Ermitagaña y la variante antes de que pusieran la rotonda por las hostias que se daban unos coches contra otros. Para qué hablar si lo que trata realmente el nacionalismo vasco es descojonar Pamplona y que con el destrozo también se vaya al guano su autoestima como ciudad.

¿Que es una exageración? Mientras en Bilbao acaban de inaugurar un puente diseñado por Norman Foster, aquí nos ponen esos mismos políticos nacionalistas, al frente de la ordenación urbanística, a unos expertos internacionales consagradísimos como son Spiderman Cuenca y su jefe Asirón, que rima con cenutrio. Un hacha (en vasco con serpiente) el alcalde.

Las calles y las aceras de Irroña son un pantalón de payasoak llena de petachos esperpénticos y de esos conos negros, absurdos, que van a durar lo que tarde en pasar una juerga universitaria cerca o un villavesero kamikaze, valga la redundancia, y que solo encontraría explicación si a quien se los compran es amigo.

¿Qué podría salir mal? Pues eso.

Pero ya he dicho que esto va de otra cosa.

El nacionalismo necesita a Navarra, enmierdarla, para blanquear su verdadero y amado territorio, Euskadi. ¿Ven mucho al criminal de Otegi con el alcalde de Bilbao y San Sebastián? Ez. Ni se les ocurre juntarse con la chusma que puede dañar su imagen exterior. Con quien sí lo ven es con el alcalde Irroña, por aquí lo pasean mucho, que lo vean bien todos de fuera, para desprestigiar a Navarra. Blanquear Euskadi y mantener viva la llama del “conflicto”, recuerden, pero a cierta distancia del País Vasco.

Cómo pierde el culo Asirón para hacerle carantoñas, con la misma cara de palurdo que ponen los adolescentes cuando ven a su concursante preferido de OT, (en vasco OeTa) a mí ya me hace reír. La última, además, ensuciando lo único que quedaba puro en este manicomio llamado Irroña, la comparsa de gigantes y cabezudos, haciéndole posar al criminal etarra con ellos en el estreno en Irroña de una película dirigida por uno con cara de tía Enriqueta yendo al bingo tras inyectarse botox trucho que no recuerdo cómo se apellidaba. Para echar la pota. Si la cabra tira al monte, el jabalí batasuno ni te cuento. Puaj.

En fin, lo dicho, qué listos los vascos, llevando el retrato de su pasado asesino a una Navarra (Alsasua mediante) que han creado oscura y tétrica, mientras en Euskadi disfrutan del apuesto Dorian Gray, paseando por sus hoy luminosas, radiantes, San Sebastián y Bilbao. Y qué bobos los navarros. Qué bobos los navarros que han permitido esta estrategia del nacionalismo vasco para destruir Navarra, para glorificar Euskadi. Y eso es todo.


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