Opinión / A mí no me líe

Leyendo al escritor navarro Pablo Laporte

Por Javier Ancín 26 enero, 2018 - 8:12

A Pablo Laporte le gusta Cohen. En su libro recién editado ‘Cuatro estaciones en un día’ confiesa que su canción preferida es Take this waltz. Bailemos un rato.

Presentación del libro 'Cuatro estaciones en un día', de Pablo Laporte. IÑIGO ALZUGARAY
Presentación del libro 'Cuatro estaciones en un día', de Pablo Laporte. IÑIGO ALZUGARAY

A mí me van más los Planetas, el tema Desaparecer, por ejemplo, que pega muy bien para este exilio en el que vive y vivo mi Navarra hoy. Si te esfuerzas puedes desaparecer, cantan los granadinos... y desaparecemos unos cuantos, con más o menos esfuerzo, de Pamplona al resto del mundo: escritores, grupos de música, artistas varios, economistas, científicos, abogados, estudiantes, curiosos, aburridos del pueblo, aventureros. La tercera navarra se os está exiliando, más o menos a trompicones, en silencio sin daros cuenta.

Pero el exilio no es triste, más bien todo lo contrario. El exilio es vida. He conocido a la mejor generación de navarros del siglo XXI fuera de Navarra, y he hablado con un montón de ellos, y eso hace mucha más Navarra que esa Nafarroa desmedidamente politizada que hay hoy de donde se fueron, nos fuimos, tan asfixiados algunos, tan carentes de oportunidades otros, tan hartos de languidecer entre juevincho y juevincho, tan aburridos casi todos.

Hoy llevo en el auricular a los catalanes Maria Arnal i Marcel Bages - Tú que vienes a rondarme y la canto a pleno pulmón dentro del casco. Una de las canciones más bonitas que he escuchado el último año. Estoy de buen humor. Hace un sol muy madrileño, de mucha luz y mucho vaho invernal. Me encanta ese frío iluminado.

Remonto Gran Vía. Sin mucho esfuerzo coloco la moto en primera fila de los semáforos, me quito un guante, levantó la visera, saco el teléfono y atrapó todas las luces que puedo. La belleza está ahí, me digo, aquí, donde las ciudades enormes miran al futuro y las identidades se construyen sin mirar al pasado. Y sigo tirando fotos a la luz hasta que empieza a parpadear el verde de los peatones. Cuelgo una muy chula del edificio Capitol en una cuenta medio zombi de tuiter que tengo, para que no se me pierda, por si alguno quiere buscar de qué luz hablo exactamente. Verde, acelero.

Tengo prisa por llegar a un nuevo café o a una tasca vieja de Chamberí, sacar el libro de la mochila y enfrascarme de nuevo en la lectura. Y leo... asombrado. Muy bien escrito, un estilo preciso, muy bien hilada la historia... muy maduro, con buenísimas reflexiones, mucho más cocinado, profundo, de lo que dejó ver cuando lo presentó en la librería Walden estas pasadas navidades.

No sé por qué fluye pero fluye, del todo. Se desliza y no es porque no pese. El libro tiene una masa tan desmedida que podría contener el universo en sus páginas. Creí que iba a ser más ligero, en plan, bueno, qué guay, mi viaje, mis experiencias casi juveniles y tal, pero es que no tiene nada que ver con eso. Es un libro que podríamos resumir con un, cuidado con lo que deseas que a veces se puede hacer realidad y la realidad asusta siempre. Conseguir lo que deseas como comienzo duro de una aventura y no como destino. Esa es la clave.

Un libro sin concesiones, sin justificaciones, sin parapetos, sin esperar quedar bien, sin excusas. Honesto hasta el punto de decir, chico, esto creo que es así y así lo pongo, esté acertado o no, que eso es otra cosa. Y la historia de Pauline, claro, Pauline... la francesita de ojos franceses y labios franceses. Todos hemos tenido una Pauline ahí rondando alguna vez, ya sabemos lo que significa una historia de amor sin terminar, suspendida... y cómo lo sacude todo y los estragos que genera en las entrañas de quién la sufre. Siempre es lo mismo y esta vez también iba a ser diferente. O no.

Laporte se hizo una escapada de casi un año a Australia para reiniciarse como persona. A mí me vale por ahora con hacerme un Salinger por Madrid. Yo deseo desaparecer como Bowie desapareció en Nueva York durante su última década. Con su ropa normal y su normal forma de parar los taxis. Con su gorra azul oscuro de los yankees, como la que me he puesto yo también, para el frío. No sé qué ocurriría después si lo lograra. Quiero quitarme de en medio, pienso, pero no sé cómo llegar tan lejos, cómo llegar a mis antípodas, que están en Manhattan, y reiniciarme sin fracasar, sin decir y ahora qué.

El libro de Pablo Laporte no es un viaje a Disneylandia. El libro es un viaje a tus deseos, cuando se cumplen y se apagan las fanfarrias. Pablo se va a Australia porque era su sueño pero cuando aterriza en su primera cama, se sienta, se mira los zapatos y se acojona diciendo, pero qué demonios he hecho. Llegar al deseo es una forma de adentrarse en una película de terror hasta que no la domas, la moldeas, la vives comiéndote toda la miseria que jamás pensabas que fueras capaz de comerte, resucitando luego. El libro es extraordinario. Léanlo, o cómprenlo al menos, que alguien lo disfrutará alguna vez, seguro. Y eso es todo.


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