Opinión / A mí no me líe

Con un levante otoñal

Por Javier Ancín 23 septiembre, 2020 - 9:18

La presidenta del Ejecutivo foral, María Chivite, a su llegada al pleno del Parlamento de Navarra. ARCHIVO / EUROPA PRESS
La presidenta del Ejecutivo foral, María Chivite, a su llegada al pleno del Parlamento de Navarra. ARCHIVO / EUROPA PRESS

Echo de menos dedicar más horas a lo absurdo sin apellidos y no sólo a Txibite, que pese a tener a Navarra sumida en el caos: sanitario, económico, escolar... -estamos en el top de las peores regiones europeas en esta segunda ola de la pandemia-, a nadie parece importarle aquí en casa. Si el único mérito de Irene Montero es no ser Tania Sánchez, la ex de Iglesias que acabó tras una columna y que podía haber terminado en un ministerio con piscina, el de Txibite es no ser la presidenta de Madrid. Si no eres Ayuso, el desastre que has generado nadie te lo afea.

Dedicarme, decía, no a la absurdez política en la que estamos atrapados sino a lo absurdo completamente puro.

Como de jovencitos, cuando hubo una época en la que nos pegábamos las tardes en los ascensores. Esperábamos en el rellano, al fondo del portal, a que llegara algún vecino, solo por el placer de aguantar la risa, mirándonos, en el trayecto. Quien se ría pierde, que era también ganar.

¿Por qué lo hacíamos? ¿Todo tiene que tener un motivo? Yo qué sé, era divertido. Quién tuviera de nuevo 14 años para no tener motivo alguno por el que hacer las cosas. Contener un ataque de risa es un esfuerzo titánico y lograrlo te dejaba buen cuerpo, como de reto alcanzado. Si fracasabas y te descojonabas, pues te quedabas con el mismo buen cuerpo, que la risa siempre mata todo lo malo.

Otros tiraban huevos por la ventana, yo qué sé. Nuestras performances eran más inofensivas. Puro teatro de lo absurdo. Una pieza de Ionesco en cada viaje.

Hoy reduciría mi vida social únicamente a esos trayectos de ascensor, pero con conversaciones climatológicas. Me gustaría hablar solo del tiempo. Vaya puta mierda de verano ha hecho que no hemos tenido buenos ni dos días seguidos, querido vecino. Ha llovido todas las semanas de estos meses estivales, a veces, más de un día. No hay derecho. Cosas así.

Ha entrado el otoño, como si no viviéramos siempre en esa estación, que no deja de ser la estación de los despojos, de librarse de ellos, de que se caigan y se pierdan desde nuestro pelo a nuestros recuerdos. Que solo quede la esencia, o mejor, el esquema.

Así va siendo mi vida, lentamente todo lo que fue, los ropones, la pompa, se va quedando en las ramas... desnudas. Y no está mal esta involución, la sensación de ligereza y desarraigo sublimado mola.

Desde que volví hace años a Irroña, en algún lugar hay que lavar las mudas, he sentido el desarraigo ese del exiliado que retorna a un lugar que ya no le interesa o le resulta demasiado hostil porque no lo reconoce, después de dejar otro que pensaba que no era tan interesante o tan suyo y que en realidad fueron los mejores años de su vida.

Me he desprendido de todo menos de una cosa. Cuanto tenía 30 años trabajaba con traje. Tenía unos cuantos en el armario. Hoy pueden pasar semanas sin que descuelgue una simple camisa y eso que alguna de Paul&Shark, azul marina, me siguen gustando mucho. No recuerdo ya ni cuando fue la última vez que me puse unos zapatos... Pues bien, cada mañana cuando lo abro para sacar unos pantalones me hago la misma pregunta, para qué guardaré tantas corbatas pasadas de moda tan perfectamente colgadas. Un misterio.

Yo creo que las corbatas son mi Memento mori. Cualquier día, me digo, todo se tuerce y tienes que volver a ganarte la vida engañando con una de ellas, como Coronalzorriz en la tribuna del parlamento de Navarra cada vez que interviene. Y eso es todo.


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