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Opinión / A mí no me líe

La korrika de sangre y muerte

Por Javier Ancín 04 abril, 2022 - 9:56

Y llegó la korrika de los aberchándales y volvió a ser lo de siempre, una carrera siniestra a favor de la muerte en la que en Navarra participó hasta el presidente del parlamento foral. 

Varias personas participan en la Korrika junto a la foto de Gorka Vidal, el etarra condenado por intentar una masacre en Madrid.

El borono de Alsasua, del peneuve, para que nadie dude de que esto va de aberchándales de derecha y de izquierda. Todos juntos orgullosos de llevar un palo en forma de rodillo, su rodillo, del que le cuelgan un trapo con los colores de la ikurriña, su ikurriña, que se van pasando de mano en mano, sus manos, por toda su euskkkalerría negra y profunda a favor de un idioma, su idioma ideológico, que más que comunicar solo persigue diferenciar. 

Cruzó la serpiente monocromática trotando por las calles de Irroña y además de lo cutre, que siguen atascados en su estética ochentera, los años de plomo de su ideología, dejó el aroma a estercolero habitual, a cadáver tirado en el suelo, a tiro en la nuca y cuerpo de inocente mutilado o calcinado a bombazos. El aberchandalismo y sus símbolos son indisociables del reguero de destrucción que han causado en el último medio siglo. Ni ellos lo buscan, ojo, que aceptan su historia de violencia con una seguridad, con una fe tan inquebrantable, sin la menor autocrítica, sin el menor arrepentimiento que asusta.

Ellos te lo visten como un acto cultural a favor del euskera baturra, pero lo cierto es que ahí se habla poco. Todo se fía a lo de siempre, enseñar carteles, enarbolar pancartas, hondear banderas, dejar bien claro sin palabras que a quien se homenajea con ese trote cochinero es a una ideología de muerte con sus asesinos como principales actores, siempre presidiendo el akelarre.

Cuando los aberchandales se reúnen hay dos constantes, una son las ikurriñas y otra las pancartas a favor de los asesinos etarras. Bajo la excusa que sea, llámese la korrikaka esta, el Olentzero, un concurso de tortillas estatales o el acto solemne de la euskorreproducción, el polvete misionero y mesiánico -Joseba Andoni, méteme la makila, por la patria, kabentxotx, creemos un aberchándal nuevo- tras cada Aberrieguna. 

No falla. Su bandera y sus matarifes. Su idioma de sangre y sus carniceros. Los aberchándales están orgullosos de sus asesinos, son a los que primero homenajean en todos sus actos, de ellos no se olvidan nunca, siempre en cabeza, siempre presentes, siempre en lo alto. Que se entere todo el mundo, nunca disimulan, las fotos de los pistoleros que no falten en cada estampa que transmiten al mundo. Los sanguinarios coronando el cuadro. 

Nadie en su sano juicio que no lo amparara correría precedido de carteles a favor de violadores, por ejemplo, bajo ninguna circunstancia. Si en una carrera popular aparecieran fotos de violadores y pancartas a favor de ellos, esa carrera o se suspendería por la organización o por deserción de sus participantes o se disolvería por las autoridades o sus responsables acabarían delante de un juez. 

En la korrika ocurre lo contrario, nadie muestra el menor disgusto. Los que dicen correr a favor del euskera no tienen problema en desfilar mezclados con carteles y retratos de criminales. El mensaje es terrible, toda esta gente está orgullosa de haber matado a favor de un idioma de sangre y de una ideología de sangre y tan es así, que no duda incluso en poner a sus propios hijos a correr sonrientes bajo las fotos de los asesinos de otros niños. Y eso es todo.


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La korrika de sangre y muerte