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Opinión / A mí no me líe

Irene Montero, la miembra de Pablo Iglesias

Por Javier Ancín 05 marzo, 2021 - 9:39

La vida es así, una cadena de engranajes, un gran tablero de fichas de dominó que si una cae acciona a la otra y hace caer la siguiente, que golpeara a otra más.

Irene Montero y Pablo Iglesias atienden una intervención en el Congreso de los Diputados.
Eduardo Parra / Europa Press
Irene Montero y Pablo Iglesias atienden una intervención en el Congreso de los Diputados. Eduardo Parra / Europa Press

El título no es mío, es de mi colega de Tuiter David Asurmendi que tiene más mala leche que yo cardando la lana, aunque aquí el que escribe es quien lleve la fama. Búsquenlo a él e insúltenlo como si fuera yo, para que aprenda, porque primero fue el título y luego el texto. Dentro vídeo.

La vida son detalles. Un matiz hace que la existencia cambie completamente. A veces lo llamamos suerte, a veces destino, a veces azar, a veces nos ponemos científicos del caos y lo llamamos efecto mariposa y otras veces incluso no lo llamamos de ninguna forma. Sucede y punto. Como ese anillo en Mach Point, la peli de Woody Allen, que si en vez de caer del lado del paseo, al ser lanzado y golpear la barandilla hubiera caído al Támesis, todo habría concluido de forma dramáticamente diferente. 

La bola golpea la cinta de la red, asciende y en esas milésimas de segundo puede pasar una vida. Si cae de tu lado pierdes el punto y si avanza puedes acabar como Irene Montero, de ministra. Juego, set y partido.

La vida es así, una cadena de engranajes, un gran tablero de fichas de dominó que si una cae acciona a la otra y hace caer la siguiente, que golpeara a otra más... y así hasta que todo cesa. Irene Montero es ministra por ser la pareja de Iglesias. Si Iglesias hubiera seguido con Tania Sánchez, la ministra no habría sido Montero y si no hubiera sido Montero, su amiga de la carrera Ione Belarra no habría llegado tampoco a secretaría de estado ni podría haber enchufado a su novio, un parejo de, a mamar de no sé qué cargo público/carga pública. 

A Tania le pasó lo contrario, cuando parecía que el balón después de golpear el larguero iba a colarse dentro, en su caída lamió la cal de la línea y no subió el gol al marcador. Fue dejarlo con el jefe y perder la portavocía de Podemos y acabar en el gallinero del congreso, ocupando desde entonces la diestra de Iglesias su nueva pareja, dando comienzo a un ascenso de Montero dentro de la estructura de poder de Podemos y después del Estado que ríete tú de los cohetes que iban a la luna... o de los que lleva Calamaro dentro del pantalón, en el nuevo disco de C. Tangana, el Madrileño.

Cojamos el DeLorean y partamos hacia uno de esos universos paralelos presentes, como ese al que regresa Marty McFly, donde Biff Tannen es millonario porque se dio en el pasado el almanaque deportivo que le hizo ganar todas las apuestas de ahí en el futuro.

Ione Belarra e Irene Montero son amigas de la carrera. Si Pablo Iglesias en vez de con Montero se llega a liar con Belarra, ¿quién de las dos sería secretaria de estado y quién ministra? Pues eso... que todos sabemos que Irene habría enchufado a su novio a no sé qué puesto a mamar del estado y que Belarra en vez de decir sandeces de los fruteros, ocuparía el despacho de ministra mujer de. 

Lo fácil, claro, es acusarme de machismo, lo sé, por plantear este tema pero me la pela. En el feminismo, como en la política con la honradez, no basta con decir que se es, también hay parecerlo y lo que no puedes hacer es dejar tan claro que parece que tu puesto no se lo debes a tu talento sino a tu señorito.

Si yo hubiera sido mandamás de un partido y considero que mi pareja es la mejor candidata para ocupar un ministerio, para que no quede sombra de duda de que la propongo por ser mi novia, en el momento que hubiera sido nombrada ministra yo habría presentado mi dimisión. No hay sitio para los dos en esta historia. 

Yo no hubiera permitido jamás que por mí, por ser yo quien soy, quedara sombra de duda sobre que una mujer es ministra no por su valía sino por ser la madre de mis hijos. 

Quizás también por eso ellos tienen un chalet con piscina y jardín y yo nunca tendré mi ático soñado mirando a la Concha o a la luz de la bahía de Cádiz o en mitad de Chamberi en mi añorado Ma-drí y mirar el horizonte con melancolía, Negroni tintineante en mano, preguntándome qué habría sido de mí vida si aquella fría y lluviosa noche de noviembre... Y eso es todo.


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