Opinión / A mí no me líe

Historias del Kronen II: La última juerga

Por Javier Ancín 27 noviembre, 2019 - 9:23

La nueva novela de Mañas es una mezcla entre Jamón-jamón, la peli de Bigas Luna, un Trainspotting cañí y un airbag a lo sórdido, que ya es decir.

Botellas de alcohol tras la barra de un bar. EFE
Botellas de alcohol tras la barra de un bar. EFE

El cínico hedonismo, que tanto adoro, de vuelta. Nihilismo romántico lo llaman otros, arde Roma, y que fluya la vida, sin freno. Eso fueron los noventa. Y música y bares. Y la política, hablar de ella, estaba mal vista. Hasta que llegó el quince eme y lo jodió todo, convirtiendo al personal en candidato aunque sea de mercadillo, a miss America. Aquí no fuimos tan pijos como en el primer libro, Historias del Kronen, el que nos marcó, rulando de mano en mano, sobado hasta hacer redondas las esquinas de aquel finalista del Nadal, por la clase de 3 de BUP, con 17 años, como si fuera una porno del plus grabada en una cinta vhs.

Qué tiempos... parcas verde oliva y botines Martens. Yo no tuve moto por aquella Pamplona, pero hace tres años me di el gustazo de recorrerme una temporada Madrid en Vespa, aparcando en la plaza dos de Mayo, en mitad de Malasaña, para tomarme una cerveza en aquel Vía láctea.

Más que volver al Kronen, que ya me dice poco, regresar a los 90 es lo que buscaba comprándome esta segunda parte: La última juerga, de J. A. Mañas.

No es lo que era, pero zambullirme de nuevo en ese lenguaje trepidante me tranquiliza tanto como cuando era un yonki, conseguía salir del aeropuerto tras un viaje trasatlántico y me encendía un cigarro. Notaba como la nicotina recorría todo mi cuerpo, llegando en tres profundas caladas, a sentir el sosiego de la droga llegando por los capilares hasta la punta más lejana de mis dedos.

No es bueno el libro, la nicotina tampoco lo era, pero necesitaba un tiro de aquella literatura sucia y seca de antes, bien escrita, para bajar la ansiedad de una vida esta, en la que ya la gente no quiere ni follar sino solo salvar las ballenas... o peor, algo tan inmaterial, tan absurdo, tan fuera de nuestro alcance, como el clima. Salvar el clima. Antaño quizás fuésemos unos impresentables, pero es que ahora la juventud es gilipollas. Salvar el clima... ¿de qué?

Hicieron una peli de Historias del Kronen, dirigida por Montxo Armendariz, y aunque protagonizada por el cansalmas de Juan Diego Botto, un actor sin talento, la recuerdo como bastante pasable.

Es curioso como Armendariz, tan alejado de ese mundo del placer por el placer, sin patrias ni identidades, él que sí que las tiene, las patrias, tan de mirada corta hacia el terruñico, el pueblico, las cosas de los aldeanicos, el aquí, el pasado, la carbonera, la pasarela antigua del Arga, le saliera bastante bien la cinta.

La película está dedicada al tío de un amigo mío de la cuadrilla. A Javier... un personaje de una Pamplona que cuando yo empecé a vivir, a dejar de dormir más bien, ya no existía. Tuvo varios bares de copas, un pionero de la noche por lo poco que pude intuir en alguna charla con mi amigo cuando su tío murió, entre ellos el que en mis tiempos era el Ertz, o como se llame ahora, si es que se llama, en la calle Tejería.

La nueva novela de Mañas es una mezcla entre Jamón-jamón, la peli de Bigas Luna, un Trainspotting cañí y un airbag a lo sórdido, que ya es decir. Incluso a veces hay un regusto casi chistoso a Informe Semanal, cuando les dio por hacer un reportaje de la ruta del bakalao.

El libro no funciona, demasiada enfermedad dentro, tanta, que lo invade todo, haciéndolo agobiante. No es que no haya futuro, es que está tan avanzado el tumor que por no haber no existe ya ni presente. Yo esperaba encontrarme con resacas no directamente con la muerte. Y con los Planetas sonando a todo trapo, no como un susurro lejano, como de audiometría, pero qué más da, había que estar en este funeral y hemos estado. Y eso es todo.


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