Opinión / A mí no me líe

Se me ha ido la cabeza completamente

Por Javier Ancín 16 junio, 2017 - 7:26

Me hago mayor. Me he despertado a las seis de la mañana víctima de eso que suelen llamar el insomnio de deportista o algo así, es decir, aquejado de un mal que pensé que nunca podría sucederme a mí, pese a ser tan dado a los excesos, muchos, pero jamás los deportivos.

Vista de una pista de atletismo
Vista de una pista de atletismo

Pues bien, he caído también en la última estación de penitencia del treintañero que se acaba, el de el exceso entrenamiento. No tengo medida. El caso es que en vez de encender la tele me he duchado, vestido y me he tirado a la calle a buscar un café con leche treinta minutos después, para calmar mi síndrome de abstinencia.

A las seis y media no sabía yo que se pudiera andar por las aceras sobrio. A esas horas siempre he tenido un gran complejo de yonki depresivo acojonado, de vuelta a casa, por el cantar de los pájaros, que parecían decirte en su idioma: ¿qué estás haciendo con tu vida?

Lo que puedo señor cuervo, lo que puedo. Lo cierto es que ha sido una grata sorpresa verme caminando por las aceras con la seguridad de las cinco de la tarde. Ya soy un señor mayor, me he dicho, y me he cogido de la muñeca por la espalda, postura oficial de supervisor de obra pública, ese digno y necesario oficio urbanita. Madrugo ya tanto como los abuelos.

Estoy madurando o me estoy matando de una forma diferente, a saber. Es muy raro todo lo que me está pasando y me observo con curiosidad, como cuando fumaba y entraba la nicotina en mí con el primer cigarro del día, por ejemplo, y me dedicaba a tomar conciencia de su avance por mi cuerpo y los efectos que me producía. El deporte te tensa músculos que no sabías que estaban ahí. ¿Son míos? Yo qué sé, a lo mejor me los expropia el cuatripartito porque la igualdad exige que seamos todos amorfos.

Al final he visto una cafetería abierta y he entrado. Confieso que he pensado, egocéntricos que somos los escritores, que estaría solo pero allí había, antes de las siete, esa hora irreal que solo he conocido de jetlag viajero o juerguista, media docena de gente, todos mayores que yo, desayunando. Por lo que he podido intuir con platos vacíos y tazas a medio terminar, desde hacía rato. Y yo dándomelas de intrépido.

Los escritores pensamos que cuando descubrimos algo somos los primeros, que nadie antes lo había experimentado, y tenemos la necesidad de explicárselo al mundo. Error. Aún así lo escribimos, claro, por si acaso, no vaya a ser que alguno quedé sin enterarse. Siempre hay alguien que madruga mucho más que uno. Ay.

A Kevin Spacey en American Beauty, una de mis películas preferidas, le da por lo mismo, el deporte, cuando sufre una salvaje crisis vital por verse cuarentón y apático. También le da por los canutos y las animadoras, pero yo ahí no le sigo porque soy un señor aburrido de provincias, más o menos, o no o yo qué sé.

Me pongo la banda sonora en el Spotify para escribir, ya tengo mi café y un motivo, ninguno, o sea, todos, para seguir machacándome con las zapatillas puestas. Otra forma de nihilismo tan destructivo o más que el que siempre me ha acompañado. Me gusta esta nueva sensación de energía que me recorre entero como antaño me recorría por cada capilar la nicotina.

Que la muerte no nos pille consumidos, que nos pille en plena forma. Si la película es buenísima la banda sonora, de una gran sencillez pero que esconde mil matices, es sublime. ¿Como he llegado a este punto de mi vida? ¿Qué estoy haciendo? Necesito una meta o terminare completamente perdido.

Chico, no sé, un día te da por empezar a hacer deporte para calmar la ansiedad y al cabo de los meses acabas viendo que de la cabeza sigues igual de mal, pero de cuerpo te has puesto bien y que ya te parece poco hasta correr 15 km. Y quieres más, sin saber muy bien por qué ni para qué. Vamos, que te flipas o te enganchas.

Cuando subes un escalón en esa carrera hacia ninguna parte y fuerzas un poco tu cuerpo, no hay quien duerma luego y te da por divagar como ahora lo hago. Sospecho que esto es más insano que ponerse doblado a cervezas porque cuando bebes, no hay ni rastro del insomnio, duermes como un bendito y no te da por escribir a estas horas, pero cuando te pones a correr ya no puedes parar, se te ha ido la cabeza por completo, y encima tienes que teclearlo, para despertar a todo el mundo.

El deporte es tan adictivo como un tiro de farlopa pero de eso nadie nos advierte. No hay un anuncio de un gusano que se te mete por los calcetines, joder, y urge. Las autoridades sanitarias deberían hacer algo. Es una playa entre la gente de mi edad. Yo lo dejo cuando quiero, palabrita, una Behobia-San Sebastián y ya.

No son ni las 8 de la mañana, cojo el iPad y me apunto: 52 euros el dorsal, donativo a Cruz Roja mediante, para correr 20km. Estoy como una puta cabra. A ver cómo termina esta aventura y mis rodillas. Qué he hecho... Pero qué he hecho. Y eso es todo. 


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Se me ha ido la cabeza completamente