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Opinión / A mí no me líe

De Gil de Biedma a Karmelo C. Iribarren

Por Javier Ancín 13 diciembre, 2017 - 10:24

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, mucho más tarde de habérselo leído a Gil de Biedma por primera vez, cuando ya no tiene remedio.

Imagen de una libreta
Imagen de una libreta abierta.

La poesía de Gil de Biedma es grandiosa, pero para los que hemos circulado por el filo de tantas circunstancias raras, acarreando mercancías peligrosas, al límite y mucho más allá del límite alguna que otra vez, solo es un acta de notario. No previene del desastre, solo nos cuenta cómo vamos acabando, no cómo vamos a acabar, cuando aún estamos en mitad de la batalla de la que creemos que saldremos con vida.

Gil de Biedma va escribiendo a nuestro lado, pareciera hasta que nos mira, para que le vayamos dictando, y no le hacemos mucho caso. Estamos a otras cosas en ese instante como para leernos. Luego, cuando el estallido deja el suelo perdido de tus restos, y las paredes, las fotografías, hasta los felpudos de casas a las que no vas a volver, ya no te sirve porque ya sabes cómo ha sucedido tu historia. Así: no hay mayor desconcierto que el de asumir que pueden contigo, de rodillas, clavado con los brazos en alto, mirando al horizonte, al ocaso, destrozado, con cara de estúpido. Como en las películas pero sin que nadie filme tu ridícula forma de caer herido. La épica es una horterada cuando te miran y cuando nadie te está mirando una gilipollez.

Gil de Biedma solo sirve para los que nunca vivirán, para tener un sucedáneo que llevarse a los ojos, que les pique un poco sin llegar ni a enrojecérselos el humo que llega desde el borde del precipicio, allí a lo lejos. Muy lejos, cuando lean en la retaguardia segura. Gil de Biedma escribe como Dios, no voy a descubrirlo ahora, pero es que yo no creo en Dios. Mi problema, que a veces Gil de Biedma me atosiga.

A mí me pasó, durante una buena temporada –una mala racha-, cuando las astillas de una pantalla de móvil rota se me clavaron en las yemas de los dedos al intentar pasar la página, que no encontraba ni una lectura en la que concentrarme más de dos minutos. Todo era mentira en las líneas que leía. Lágrimas artificiales, plásticas y destiladas, en laboratorio anticuado.

Hasta que di con Karmelo C. Iribarren. La poesía de Iribarren no quiere nada, sólo te acompaña por una tarde fría y lluviosa de tu invierno. Al lado de tu sombra, su sombra y al lado de las dos, el mar. En un bar -al fondo de un diner de Hopper con los ventanales tapiados con cemento-, embutido en un abrigo grande, con las manos en los bolsillos, fumando, mirando al suelo húmedo, resbaladizo, brillante -no llueve, ha llovido, va a llover dentro de nada-. Rozándote el hombro con su hombro con el rumor de las olas ahí, en el paseo de la Concha vacío y las farolas sepias haciendo como que iluminan algo. San Sebastián en los poemas de Iribarren parece Nueva York. Karmelo C. Iribarren es siempre una ciudad enorme con todos sus bares y sus clientes silenciosos mirando cada uno a su consumición.

La vida siempre acaba mal. A veces varío un poco este verso y le meto un al final delante, para que todo sea más compacto, opresivo, desquiciado, inevitable. Empezar por el final siendo el final el fin, desde el principio: Al final, la vida siempre acaba mal. No hay más. Tarde o temprano todos pasamos por ese acabar y por ese mal. No quiere convencerte el poeta de la parte vieja del Cantábrico de que habrá una segunda oportunidad, de que todo puede comenzar de nuevo, de cero, de ciego, de cuerdo, de algo... de que todo irá bien porque no va a ocurrir. La esperanza es un drama del que ha muerto tanta gente que cuando alguien te lo dice, "mira, chaval, la esperanza mata. Pídete un café y asume la derrota", te reconforta.

¿Qué se le dice a alguien que te dice que ya no le queda vida? Nada, sólo queda acompañarlo, hasta que se desplome y cojas su mano, en silencio, por si aún te siente, para que no se vaya solo, a ninguna parte. Por eso Iribarren es tan importante como escritor, porque da calor, sin decir muchas palabras. Es el humo de una brasa de cigarro en la piel, la ausencia de prisa, el deambular, la derrota junto a todos nuestros naufragios. Solo te promete que no te dejará solo. Que eso llegado a este punto del desastre que es la vida es lo más importante que alguien te puede decir. Abres un poemario y ahí está, en cualquier verso, al azar.

Léanlo. El donostiarra Karmelo C. Iribarren es uno de los mejores poetas de nuestro tiempo. Lo edita Renacimiento. También Visor le ha sacado algo. Incluso mis amigos clandestinos de la riojana editorial 4 de agosto le atraparon para su colección de joyas secretas hace unos años. Búsquenlo por ahí. Lo pueden hasta regalar estás Navidades. No sospechan, amados lectores, la de moribundos que hay a nuestro lado, algunos hasta con una salud de hierro, algunos hasta nosotros mismos, a los que podemos ayudar, haciendo que se sientan acompañados en su agonía con una de sus obras. Y eso es todo.


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