Opinión / A mí no me líe

Ezcurra, eterno presidente

Por Javier Ancín 07 marzo, 2018 - 9:19

Cuando me he enterado de que don Fermín Ezcurra se había muerto, he sentido una tristeza acuosa, muy nostálgica, suave pero profunda. He ido al armario, he sacado mi camiseta de Osasuna y escribo este artículo con ella al lado, acariciando el relieve de su escudo al terminar cada frase.

El expresidente de Osasuna, Fermín Ezcurra en la sala de juntas de la directiva de Osasuna.
El expresidente de Osasuna, Fermín Ezcurra en la sala de juntas de la directiva de Osasuna.

Osasuna es para mí mucho más que un equipo y un estadio, aunque básicamente sean eso: un grupo de camisetas rojas y un campo con una grada muy alta. La grada que Ezcurra le arrancó, junto con Tajonar, a aquel fútbol podrido -nada cambia-, cuando les amnistió el gobierno de entonces las deudas a todos los equipos menos a Osasuna, que no tenía por la gestión sobresaliente de aquel hombre, aprovechando que el mundial 82 pasaba por España.

Para mí, Osasuna son mis sueños por conseguir, mis ilusiones trasparentes, mi felicidad pura, mi euforia sincera, es decir, mi infancia.

Supongo que si aún adoro el fútbol -aunque sea una relación de amor con muchos baches y últimamente un poco dejada de lado-, es porque recuerdo perfectamente el día que entré por primera vez en el Sadar.

Con cuatro años, la temporada después del ascenso de Murcia, en los ochenta (años después tuve en mis manos esa camiseta del ascenso, en casa del eterno capitán, Echeverria, y casi se me saltaron las lágrimas de la emoción). Mi padre me metió a falta de diez minutos en el campo, me izó sobre sus hombros y vi el prodigio: el verde brillante del césped, el sonido del golpeó del balón, la luz deslumbrante de aquellas cuatro torretas, una en cada esquina, como enfocando a la camilla de un quirófano en el que nos iba la vida.

Sentí la atmósfera cálida, como si estuviera el campo cubierto por una burbuja. En el palco ya estaba Ezcurra. Me aplastó ver al gigante, nuestro Sadar, para siempre, como cuenta Calamaro en su canción al estadio Azteca. Con los años también yo me quedé con los nudillos blancos de apretar, agarrándome, dándole mi vida, a ese paravalanchas, antes de que todas las localidades fueran de asiento.

Mi Osasuna empieza con él de presidente. Mi Osasuna es el que Ezcurra creó desde el desahucio por ruina más absoluta de la tercera división a tocar el cielo en los dedos de Martin subido a la valla, celebrando un gol en la primera participación en la UEFA, contra el Glasgow o con Zabalza quedando cuartos en la liga. De aquello no me he podido, ni querido, desenganchar nunca.

Luego vinieron muchos más partidos, siempre con mi padre, que aunque no le gustaba el fútbol, le gustaba que me gustara a mí, y cada vez que se lo pedía bajábamos andando desde Iturrama, por aquellos andurriales sin urbanizar, cruzando por mitad de la fábrica del Pamplonica, a ver a Osasuna. Osasuna y su presidente honesto era el mejor ejemplo que podía recibir un niño de mi edad para sobrevivir en un mundo que en poco tiempo se volvería loco. Creo que por eso mi padre me llevó tanto a disfrutar de aquel equipo.

Hasta que un día don Fermín Ezcurra se apartó, en 1994, después de 23 años de gestión ejemplar del club, por entonces un tercio de la historia de Osasuna, sin hacer mucho ruido, como un día nosotros dejamos de jugar con los juguetes de la infancia, también casi sin darnos cuenta. Y fueron pasando los años y haciéndose silenciosamente enorme su leyenda.

Ezcurra nos regaló a mí generación poder vivir el sueño que todo niño que le gusta el fútbol posee, ver a su equipo en primera división compitiendo con los mejores de la liga. Pero sobre todo nos legó un tesoro, el orgullo de ser de tu equipo y no tener la necesidad de ser de ningún otro más. Yo solo soy de Osasuna por él.

Ojalá sepamos honrarle en su muerte como creo que no lo conseguimos en Pamplona en vida. No sé de qué forma, si poniendo su nombre al estadio, a Tajonar, a una calle o a Pamplona entera, pero tenemos que encontrar una forma de conseguirlo.

Si no llega a ser por usted, ninguna de las alegrías que hemos vivido como osasunistas habrían sido posibles. Muchísimas gracias por hacer de nuestro club el mejor lugar del mundo. Descanse en paz, eterno presidente. Y eso es todo.


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