Opinión / A mí no me líe

El ataque de ansiedad

Por Javier Ancín 16 Marzo, 2018 - 9:19

Hace unos días un amigo angustiado me contaba que no era capaz de hacerle entender a sus seres queridos el infierno que era un ataque de ansiedad, que siempre se quedaba corto, y le miraban como a un marciano porque no eran capaces de pillarlo.

Una persona pasa por un ataque de ansiedad.
Una persona pasa por un ataque de ansiedad.

Inténtalo tú, me dijo. Y lo intento porque yo también tuve ansiedad y nunca supe explicarlo tampoco entonces, quizás hoy tampoco logre nada..

La ansiedad es esto, toda la ira y la tormenta, toda la violencia de las letras contra un mundo que espero que se destroce antes de que acabe la frase. La furia de dos párrafos contra un estúpido entorno lleno de gente despreciable que ríe grotescamente, como en una pintura negra De Goya, sin entender que tú mientras tanto te retuerces por dentro.

La ansiedad desbocada es un impulso destructivo que por ahora canalizo andando, andando mucho, deprisa. Andando tanto para que se me olvide que tengo que incendiarlo todo, demolerlo, antes de caer fulminado sobre la acera. No dejar ni un trozo de cemento transitable o bajo el que cobijarse. La angustia cabalga por encima de todo ello. Y solo arrasando lo que me rodea puedo robarle segundos al tiempo que ya me tiene condenado, para que me deje un poco más aquí, mirando.

-¿Qué día es hoy?

-Hoy es noche.

Y la noche es lo que camino, con paso firme, apretando los puños que ya van con guantes. Parezco un boxeador en cada reflejo. Podría estrellar los nudillos contra los cristales. Podría meterle un derechazo a la ventanilla de un coche y un gancho a un árbol, para que caigan de una vez todas las hojas que ya tiene muertas. La ira como motor vital de este instante. La furia contra todo lo que me rodea como combustible que me mantiene en pie un segundo más.

Y cuando eso se consuma, alimentar la hoguera con los libros y después con todos los cuadernos escritos para intentar sobrevivir un metro más, dos pasos, una respiración y tres latidos del corazón que ya no esperabas. Cuando ya no haya nada más tiraré las fotos y después los alientos y después me tiraré yo, que el fuego de la tormenta no cese nunca. Si hay que morir que no te mate nadie. Continúa y que te tiren ellos.

-¿Qué día es mañana?

-Mañana es lluvia.

Lo peor de la lluvia es el frío y lo peor del frío el castañetear de los dientes. Cuando todo se agudiza por un ataque de ansiedad puedes ver cómo las muelas saltan de tu boca, muertas de miedo, huyendo despavoridas por entre tus labios que quieren morirse sin dejar de estar vivos: morados o blancos de apretarlos.

La ansiedad cala y hace que respires más de lo más que puedes. Otra vez la ansiedad que es una marea que percute la costa. Otra vez el calvario del frío, de las encías desdentadas, del miedo y la rabia y la lluvia por la sien, del sudor por la espalda, la ola que destroza el paseo marítimo. Otra vez el pasado porque otra vez no hay futuro.

-¿En qué hora estamos?

-En ese eterno segundo de angustia en el que crees, sabes, que vas a morir, pero no mueres.

Todo el rato en ese segundo. Eternamente el segundo de pavor en el que vas a morir pero no cesa porque no mueres. No hay oxígeno suficiente para meterte en el pecho, y revientas. Revientas más, sin salir de ese segundo que te tiene agarrado por los intestinos. ¿La hora, decías? La hora esa en la que a nadie le importa nada. La hora en la que empiezas a despeñarte, como en ese susto que te metes en la siesta y que te hace patalear, pero en bucle.

La calle es una cuesta que se ha congelado y por la que caes ya sin preocupaciones, regalando sin posibilidad de frenar una sonrisa bobalicona a quien te mire. Los tranquilizantes es lo que tienen, que no tienen nada, solo un sosiego artificial en el que puedes escribir un rato.

Un ataque de ansiedad es lo más parecido a ver el futuro: se difuminan los bordes y al final solo está el abismo o la cloaca, no la curación. Así de desesperado te sientes. Al final al menos está el final, que por lo menos es algo seguro a lo que agarrarse. El final no defrauda. La vida siempre acaba mal. Y eso es todo.


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