Opinión / A mí no me líe

La cafetería anticapitalista

Por Javier Ancín 28 septiembre, 2016 - 7:51

Hace unas semanas preguntaba en Twitter si había alguna empresa, la que fuera, que funcionara con criterios anticapitalistas.

Me contestó el perfil de una librería-bar de Pamplona, muy seguro de sí mismo, que ellos eran lo que estaba buscando. Así que, a los días y de incógnito, fui a practicar una cosa que nunca había hecho: periodismo de investigación, es decir, ir a tomar un café y echar un vistazo.

Entro, como Indiana Jones en el templo, buscando el santo grial laico. Servilleteros de plástico con servilletas de papel blanco nuclear, nada de papel reciclado. Sillas de escuela preconstitucional de los setenta.

Una wifi que va como un tiro (no creo que sea de las que provocan enfermedades pero a saber, que en el anticapitalismo caben muchas ideas contradictorias). Azucarillos que dicen que son de agricultura de fuera de la Unión Europea. Las mesas son del modelo de pie tipo pirámide escalonada que en tantas cafeterías anodinas de barrio he visto. Los desayunos anotados en una pizarra tienen nombre de puño en alto, cosa que parece complicada para agarrar la taza, cortar las tostadas o exprimir las naranjas y pagar su precio, que está por encima de los 5 €: Comuna de París, Black Panthers, Lakabe y 1934, supongo que en honor al año de la revolución asturiana que quiso acabar con la II República.

Eso sí, naranjas ecológicas, signifique eso lo que signifique. La música es una mezcla de batucada, reggae y Massive Attack de pueblo. Al fondo, por lo que dice un cartel, está la librería. Luego voy a verla, silbando, para disimular.

Estoy por proponerles un trueque por el café, no sé, alguna buena crítica en alguna página web o un buen artículo laudatorio del garito pero, sospecho desde mi malicia burguesa, que no aceptarían. La cerveza, o al menos su tirador, es Mahou, un detalle centralista madrileño que me agrada. Aún hay civilización en esta ciudad.

Un camarero habla con una clienta de etiquetar cosas sociales, comprometidas, en Twitter. Nunca había estado tan cerca de revolución y eso que no salgo de esa red social. Les ha faltado el clásico «hay que hacer algo, ya está bien» para que mi corazón diera un vuelco, viera la luz de bombillas de bajo consumo y unirme ya sin remedio a las filas subversivas de sus followers. Es emocionante creer que por ir a una cafetería a por un té con sacarina y por tuitear, como yo lo hago a diario, aburrido ya, estás cambiando el mundo.

Cuento como media docena de trabajadores y solo una es mujer. Desconozco el número total de integrantes de la plantilla pero hay que trabajar ese aspecto para que en todo momento el número sea paritario y no clarísimamente decantado por el heteropatriarcado visual.

La turrada de la música sigue una hora después. Está en bucle la misma canción. Es estresante este ritmo, no hay quien se relaje. Es como una taquicardia producto de un fumadón de marihuana. Estoy al borde del ataque de ansiedad. Decido ponerme música del Spotify y aislarme. Autarquía puta. En fin, lo importante, el café es demasiado «cafeinado» y me pone de los nervios, el azúcar poco dulce no endulza y el precio 1’20 €. Lo de siempre para un café en esta ciudad. Vamos a por los libros, ya está bien de hablar solo de comida.

Lo mejor es la librería, sin duda. Aunque muchas repisas estén llenas de hojas parroquiales laicas y progres que no me interesan nada, se pueden encontrar cosas curiosas. El típico comercio pequeño donde no puedes ir a buscar un libro, porque seguramente no estará, pero que la mayoría de literatura que se ve, resulta apetecible para llevártela. Editoriales pijis y casi ninguna minoritaria. También hay morralla. Me entero, por ejemplo, de que un escritor quejica y bastante cansalmas se ha vendido al capital. Ahora le editan lo que parece un best seller a lo Gómez-Cuñado en lo que parece una multinacional. Qué cosas.

Salgamos, ya está bien. Un cuadro de unos antidisturbios disparando contra una batucada en el que no había reparado me hace sonreír en mi huida buscando el sol. Voy con los maderos, claro, si es que lo ponen a huevo, sonrío, no mucho, una mueca, y eso es todo. De nuevo estoy en la calle anodina. Hace sol.

El garito es como un pub de esos ingleses de pega que hay hasta en cualquier pueblo remoto de Cuenca, valga la redundancia, pero dedicado a la revolución pendiente o pulsera o collar o algo que penda o pedante. Parecen buena gente.

Si pasan por Pamplona y encuentran la calle Kalea en la que dice su perfil tuitero que están, entren, pagarán el café tan caro como en cualquier sitio pero se divertirán más, seguro. La aventura de ser un revolucionario de cafetería merece ser pagada. Yo, si fuera ellos, convertiría el negocio en franquicia y a vivir, a vivir como un dios social.

Volveré, más que nada porque no recuerdo el nombre del bar, pero no me convenceréis.


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